Junio 20, 2024 [G]:

Final feliz


Lunes 10 de Junio de 2024, 10:30am






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Desde que ejerzo, hace ya demasiado tiempo, he sido testigo de la manipulación del poder en los medios de comunicación, en realidad, un manoseo obsceno y pornográfico que pone de manifiesto el estado de progresiva degradación del definido “mejor oficio del mundo”.

En alguna ocasión, en esta misma columna, ya me referí al mito de la independencia del periodismo y, ciertamente, me quedé muy a gusto después de establecer una asociación directa entre las empresas dedicadas al rubro de la comunicación de masas y el poder político, sus satélites de intereses económicos sectarios y el brazo del sicariato judicial. Resulta que con frecuencia asisto impávido al patético espectáculo en que se han convertido los sets de televisión y los estudios de radio donde el poderoso de turno (político, gobernante, empresario, sindicalista o representante de un movimiento social) se pone en manos de las aceitadas manos de un masajista dispuesto a garantizarle un final feliz después de media hora de sobarle el lomo porque así lo define la pauta publicitaria que garantiza cumplir con la planilla a fin de mes.

Los quinesiólogos del poder, expertos en aliviar contracturas políticas, economías dislocadas y lesiones financieras, han olvidado que el periodismo consiste en interpelar, jamás en un mero ejercicio de obsecuencia. Naturalmente, la interpelación debe ser educada y en el marco del respeto a la autoridad competente (o in), manteniendo una distancia correcta y obligatoria, observando el equilibrio informativo (ese mantra de parte y contraparte) y, ante todo, siendo rigurosos. Pero de ahí a la felación media un abismo que ningún periodista debería siquiera bordear.

Sucede que, en este año preelectoral, candidatos y candidatas, arribistas y arrimados, gatopardos y sinvergüenzas se presentarán en los medios con su discursito bajo el brazo para que se les “dé cobertura” (estúpida expresión que nada tiene que ver con el quehacer del periodismo que discrimina lo importante de lo accesorio). Alguno, como debe ser en esta suerte de negocio de riesgo compartido entre el poder y las empresas de comunicación, pagará por el espacio, venderá humo sin ruborizarse y más de uno comprará un manojo de estupideces demagógicas y sofismas de dudosa legitimidad, que terminarán colocando a otro títere en la Casa Grande del Pueblo.

En este contexto, qué duda cabe que los masajistas ya preparan velas con aroma a incienso, sándalo, aceites, cremas y lubricantes para que el servicio sea tan placentero  y el cliente repita. Sobre todo, si el masajista sabe qué fibra del cuerpo político tocar para que regrese a casa con una sonrisa de oreja a oreja.

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