"Mi mamá no era de las que dijeran ‘te amo’ o ‘te quiero, hijita’, dice Mery Vaca, cuando recuerda a la mujer que marcó su infancia y definió su vida. La frase no habla solamente de su madre, sino de una generación de féminas que amaron desde el sacrificio, el trabajo y la presencia silenciosa. Ellas despertaban antes del amanecer, sostenían hogares, criaban hijos y encontraban la forma de estar siempre, pese al cansancio. Hoy, muchas hijas que crecieron viendo ese amor abnegado y sacrificado construyen historias diferentes.
Sin embargo, no cuestionan la crianza que recibieron, miran hacia atrás, agradecen y reconocen que sus madres hicieron todo lo que estuvo a su alcance con las herramientas y realidades de entonces. La historia de la destacada periodista Mery Vaca es una de ellas. La suya empieza lejos de la ciudad. Su niñez muestra lo que implica ser madre en una realidad muy común en Bolivia, donde las lecciones de vida son cotidianas.
En el campo tarijeño, entre huertas, animales y jornadas de trabajo para producir alimentos, existió una madre que, pese a no saber leer ni escribir, construyó el futuro de siete hijos. “Hacíamos nuestras tareas con mechero porque en mi comunidad no había luz eléctrica. Mi mamá era analfabeta, no escribía ni leía, entonces nosotros hacíamos nuestras tareas con lo poco que nos ayudaba”, recuerda.
Hoy, décadas después, Mery es mamá de Sabrina, una niña de 12 años que crece en un contexto completamente distinto, en el que cuenta con tecnología, acceso a mejor educación y disfruta de hobbies y lujos diferentes.
Y aunque la distancia entre ambas infancias parece muy grande, para la periodista hay una línea que las une: el sacrificio de su madre.
Las diferencias no son solo materiales, también emocionales. Mery explica que su madre pertenecía a una generación donde el amor no se expresaba con palabras ni abrazos, sino con sacrificio y disciplina. Ella, por su parte, cambió a su manera esa forma de criar.
“Mi mamá no era de las que dijeran ‘te amo’ o ‘te quiero, hijita’. En cambio, yo combino muchísimo el amor con el rigor, pero sobre todo amor. Obviamente es mi única hija y tengo que decir que, hasta el momento, me está resultando bien. Yo no me puedo quejar”, afirma.
Para Mery, los recuerdos de su niñez incluyen trabajo y obligaciones que ocupaban gran parte de su tiempo. Ahora, la infancia de Sabrina transcurre entre otros intereses: el anime, el manga, las series y la tecnología.
Mientras la mayor ilusión de la periodista era viajar a la ciudad de Tarija y conocer cosas que no existían en su comunidad, hoy su hija encuentra felicidad en un libro de manga o una salida familiar.
Los pequeños lujos también muestran el cambio generacional. Cuando era niña, Mery recuerda que, en las fiestas santorales, ella y sus hermanos insistían para que su madre pudiera comprarles pasteles de cebolla, rellenos de queso o empanadas blanqueadas. Ahora, las celebraciones terminan con el plato favorito de Sabrina: el sushi.
“Mi mamá era tan dura y tan ahorrativa que nos decía: ‘Hay comida en la casa’. La molestábamos hasta que nos comprara pastel con cebolla y queso frito o empanadas blanqueadas. Esos eran nuestros dos lujos. Ahora el lujo es ir a comer sushi porque a ella le encanta. Obviamente han cambiado los contextos”, apunta.
Más allá de las diferencias, hoy Mery construye una maternidad desde la decisión. Cuando supo que sería madre, tomó tres años fuera del trabajo para acompañar la infancia de su hija, lo que, según reconoce, estableció un vínculo único entre ambas y las hizo más unidas.
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