Abril 05, 2026 -HC-

Una pascua sin paz


Jueves 2 de Abril de 2026, 11:45am




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En el medio oriente se vive una Semana Santa más incomoda que devocional. La semana litúrgica más importante del año para diversas confesiones cristianas se percibe como “particular” por el contexto internacional marcado por los conflictos bélicos y tensiones crecientes.

El domingo de Ramos, la policía israelí impidió el acceso a la basílica de Santo Sepulcro al patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, y al custodio, Francesco Ielpo, quienes debían celebrar una misa con la decena de frailes que viven allí permanentemente.

La nueva guerra iniciada con Irán el pasado 28 de febrero por Israel y Estados Unidos ha afectado el normal desarrollo de la liturgia en este sitio donde la tradición cristiana sitúa la muerte y resurrección de Jesús. Y, aunque el mismo patriarca, dos días después, intento minimizar el incidente calificándolo como un “malentendido” la repercusión mundial ha provocado condenadas de líderes como  el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez; el presidente de Francia, Emmanuel Macron; y la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni.

Luego, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, defendió la actuación policial, pero —ante la oleada de condenas— acabó anunciando el “acceso pleno e inmediato” al Santo Sepulcro para que Pizzaballa celebre misas “cuando desee”.

Lo cierto es que, más allá de las declaraciones oficiales y los intentos por dejar atrás este impase “diplomático”, el problema de fondo sigue provocando llamados urgentes al respeto de los derechos fundamentales y la paz.  

Y en esto, el papa León XIV ha sido mucho más claro que en ocasiones pasadas al concentrar el mensaje de su primera Semana Santa como pontífice en el tema de la guerra y la paz. Presentó a Jesucristo como el “Rey de la paz” y lanzó un firme llamado a detener la violencia y las guerras afirmando que Dios no puede ser usado para justificar el enfrentamiento y recordando que las heridas de Cristo reflejan hoy el sufrimiento de las víctimas del conflicto, la pobreza y la desesperanza. “Cristo, Rey de la paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!”.

En la misma Jerusalén donde Jesús fue aclamado, juzgado, condenado, muerto y resucitado, hoy las procesiones y celebraciones publicas se restringen por la guerra.  Esto resulta casi paradójico: los ritos que rememoran el acto de amor de Cristo por la humanidad hoy debería ser para los creyentes en una interpelación urgente.

La imposibilidad de celebrar la Semana Santa en la misma Jerusalén no es un hecho circunstancial. Allí donde Cristo fue aclamado como Rey de la paz, el miedo limita hoy el testimonio público; mientras la liturgia proclama la paz, la realidad la contradice.

Tal vez esta Semana Santa nos obligue a comprender que la Pasión de Cristo no ha terminado, porque el rechazo a la paz sigue siendo una constante en el corazón humano. Pero, desde la teología cristiana, la Pasión no es solo memoria del sufrimiento, sino anuncio de redención: la cruz no tiene la última palabra. La fe recuerda que el misterio pascual no termina en el dolor, sino en la resurrección. Allí donde el hombre insiste en la lógica de la violencia, Dios responde con la lógica del amor que se entrega.

Ojalá que esta Semana Santa, vivida en el contexto de la guerra, obligue a redescubrir que creer en Cristo no es solo conmemorar su sacrificio, sino asumir el compromiso de hacerlo presente en la historia. Si la cruz revela el rostro del sufrimiento humano, la resurrección exige una respuesta: elegir, una y otra vez, el camino de la paz.

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