Mayo 10, 2026 -HC-

Malestares invisibles


Domingo 10 de Mayo de 2026, 11:00pm




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Buena parte de las elites políticas y mediáticas parecen desconectadas frente a la acumulación de malestares y problemas concretos que enfrentan las mayorías populares. Desde su perspectiva, la actual conflictividad sería únicamente la expresión de oscuras luchas de poder o de la resistencia cultural de una sociedad atrasada frente al progreso liberal que ellas representan. A lo largo de nuestra historia, esa visión anacrónica de modernidad versus barbarie no solo ha demostrado ser falaz, sino que ha hecho difícil el verdadero reformismo y ha acelerado las crisis.

No soy ingenuo, las turbulencias sociales son, por supuesto, un terreno propicio de todos los oportunismos e instrumentalizaciones políticas. Es lo usual y tampoco debería escandalizar demasiado. Es parte del juego. Pero esa constatación, no debería distraernos de una lectura adecuada de los malestares que están a la base de la protesta social.

La inflación acumulada en 12 meses hasta abril de 2025 fue de 15% (20% en alimentos) y hasta abril de 2026 de 14% (15% en alimentos). Fuertes pérdidas consecutivas de poder adquisitivo que prácticamente no fueron mitigadas por el aumento del salario mínimo decretado a inicios de este año, que solo concierne a una pequeña parte de los trabajadores. En recientes encuestas urbanas, alrededor del 70% de los entrevistados dicen que los precios están más altos de lo normal, percepción que se mantiene sin cambios desde finales del año pasado.

Por otra parte, las señales concretas de una contracción de la demanda interna se siguen acumulando ratificando las proyecciones del Banco Mundial y del FMI que pronostican un retroceso de la actividad global de la economía de 3% para este año. En los dos primeros meses de esta gestión, por ejemplo, el consumo de cemento y el número de permisos de construcción fueron los más bajos de los últimos diez años. Y aunque la tasa de desempleo urbano aumentó levemente en el primer trimestre hasta el 3,2% de la población ocupada, la tasa de ocupación informal alcanzó el 84,2%, la más elevada desde 2015.

Esa difícil situación no implica necesariamente olvidar el déficit fiscal o las dificultades financieras de los empleadores, pero tampoco se la puede desdeñar, pretendiendo que no existe o que es un capricho de los sindicatos. Hay un problema real de deterioro de la capacidad de compra, de calidad de empleo y de debilitamiento de la demanda interna que se está profundizando, y que será aún más fuerte con el ajuste macroeconómico en curso. Habría al menos que reconocerlo y pensar en cómo tratarlo.

A este deterioro social que se está sintiendo con cada vez mayor intensidad, se agregan otros fenómenos que no se entienden en toda su magnitud. Por ejemplo, en las zonas rurales, la cuestión de la gasolina basura está produciendo un malestar masivo que va más allá de las personas dedicadas al transporte, por la gran cantidad de vehículos y maquinarias dañadas, una gran parte de ellas sin papeles ni maneras de certificar su arreglo. Lo cual se exacerba aún más por la impresión bastante extendida que el gobierno mandó gasolina de mala calidad a esas zonas cuando en las ciudades ya no podía ser vendida.

En otro frente, el intento de imponer reformas sobre la propiedad de la tierra sin entender las desigualdades que definen el acceso de diversos grupos a ese activo valioso y la larga y conflictiva historia que fue configurando el actual escenario agrario, están desencadenando un conflicto en el cual se cruzan razones objetivas, pero también poderosas emociones colectivas en todos los grupos involucrados, desde indígenas hasta empresarios agropecuarios.

Si todo eso no fuera suficiente, en ciertas regiones, como el departamento de La Paz, el malhumor se amplifica aún más por una percepción de grandes segmentos de la población de que están siendo políticamente excluidos, sentimiento alimentado por la imagen de un gobierno en el que no se ven representados, por haberles impedido votar por su gobernador, por un notable vacío de liderazgos o por la molestia con discursos mediáticos que los estigmatizan.

Por supuesto, no todos esos problemas son responsabilidad de las actuales autoridades, son una mezcla de una crisis económica que empezó hace dos años y que se está agravando para los más pobres, de desequilibrios políticos  que se exacerbaron por la implosión del MAS, la única fuerza que representaba, con todos sus defectos, a muchos sectores, de problemas vinculados al cambio social que experimentó el país en los últimos veinte años o de los imprevisibles efectos de sucesos no esperados como la gasolina basura.

Frente a esta colección de malestares sociales, las actuales elites políticas parecen más entretenidas en verse en el espejo y hablarse entre ellos mismos, empeñadas en una ideología de seudo modernidad que no está cuajando en parte de la sociedad. Los resultados electorales de 2025 expresaron las dudas de la mayoría frente a la doctrina del cambio radical, pero pocos lo entendieron. El problema de estas dirigencias, como en otros momentos de la historia, es pretender gobernar un país que a veces solo existe en sus aspiraciones distorsionadas. Su problema sin solución son “los otros”, aquellos que supuestamente no les permiten progresar.

Sin embargo, nuestra historia ha demostrado que Bolivia puede construir su propio camino de modernización y emancipación asumiendo su diversidad. En el último medio siglo, el país cambió profundamente, se modernizó y prosperó, aunque también fracaso en muchos aspectos. Somos tremendamente resilientes, más innovadores y adaptativos de lo que piensan algunos, por eso hay cierta estabilidad pese a tanto desmanejo en el estado y acumulación de desigualdades.

El gran desafío del nuevo tiempo tenía que ver con hacerse cargo de esa compleja historia, trascenderla, ir más lejos, sin volver a ningún pasado, ni detenerse en la revancha o la inercia improductiva, entendiendo que nadie es remora ni está por demás. No pretendo pronosticar el futuro, pero si el gobierno no logra comprender y ensamblar los diversos componentes de la nación, sin exclusiones y además demostrando concretamente que está preocupado genuinamente de sus necesidades, me temo que los cambios no van a funcionar, para nadie.

Armando Ortuño es ciudadano boliviano y politólogo

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