Mayo 10, 2026 -HC-

De caciques a dirigentes


Domingo 10 de Mayo de 2026, 11:00pm




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Hace unos días, campesinos de tierras bajas pusieron al cepo a dirigentes que fueron considerados traidores a la causa. Aunque estoy de acuerdo en que fue una falta la de estos dirigentes, me llama la atención el castigo del cepo, pues es un resabio de las misiones, del periodo virreinal e incluso del breve pero trascendental tiempo del caucho. Tiempos en los cuales los indígenas eran puestos al cepo como castigo por diferentes faltas. Al final, por mucho que nos queramos descolonizar, no podemos evitar heredar el modo de actuar del colonizador, es más inquietante cuando se replica la humillación que estos castigos representan.​

En occidente no se salvan. Hace días un dirigente afirmaba que su chicote no era adorno y que iban a usarlo. Claro, en tiempos de los españoles, los azotes eran un castigo muy común, y a los alcaldes, mandones y mandoncillos (no es un término peyorativo, ese es el nombre del cargo) les entregaban un chicote para que hicieran cumplir lo mandado.

Esa tradición se quedó con las autoridades originarias hasta el presente y por ello el chicote es símbolo de autoridad y hoy se usa para chicotear a quienes buscan pasar por los bloqueos.

​Actualmente el castigo al cuerpo es muy mal visto, pero cuestionar las prácticas violentas de los indígenas movilizados, mucho más si es contra otros indígenas, no es muy redituable ni ayuda al discurso polarizador de los oenegeros que sirven a los patrones del colonialismo ideológico progresista que reina en estos lares, así que se mira a un costado o se marea la perdiz con algún estribillo, performance o post indignado para mostrar superioridad moral en redes sociales.​

Pero bueno, hay dirigentes y dirigentes, porque lo que se les hizo a los dirigentes campesinos de tierras bajas, no se les podría hacer a los bien alimentados dirigentes de la COB y otritos más, que ostentan altos salarios sin hacer mucho pero que el pueblo no cuestiona con el entusiasmo con el que cuestiona los salarios –injustificados también– de senadores, diputados y demás bultos que habitan el gobierno.

¿Por qué ocurre esto? Pienso que al igual que el cepo y el chicote, está relacionado con la época virreinal. Ya, no estoy diciendo que todo lo malo vino de entonces, estoy diciendo que por alguna razón estamos manteniendo prácticas del pasado, aunque en el discurso nos queramos mostrar adelantados, liberados, antiimperialistas, democráticos, despiertos, etcétera. Pero más bien parece que seguimos repitiendo prácticas del pasado, porque no hemos encontrado unas nuevas que funcionen.

​Me explico. ¿Se acuerdan del dirigente de El Alto, Policarpio? Él recibió automóviles de tres presidentes: Áñez, Arce y Paz. Bueno, esta práctica era bastante común en tiempos de los reyes, pues la corona española solía premiar a sus aliados, los caciques y élites indígenas por su servicio a la misma con ganado, tierras, permisos para comerciar productos y títulos nobiliarios.

En efecto, no debemos olvidar que, ante la dificultad de administrar América para los españoles, se creó un sistema de pactos mediante los cuales eran las élites indígenas las que controlaban las regiones, manteniendo el orden colonial a cambio de dádivas, algo muy parecido a lo que viene ocurriendo con los gobiernos y las dirigencias sindicales.

​Es un modelo común en muchos sitios. Se cree que también lo usaron los incas, puesto que las crónicas cuentan cómo los líderes étnicos de distintas regiones, en audiencia con el Sapa Inca, se postraban ante él y esperaban sus recompensas, que podían consistir en mujeres, tierras, ganado, etcétera.

Todo a cambio de que se aseguraran de que su región pagara tributo y participara en la mita, entre otras obligaciones. Esta práctica es muy similar a la que hoy vemos, donde a los dirigentes se les da regalos, altos salarios, declaraciones en comisión y hasta rentas de invalidez para que miren a un costado y mantengan la paz.

​En el periodo hispánico, los caciques acumularon mucho poder, tanto que en muchos casos abusaban y despojaban de sus tierras y ganados a los indígenas de sus regiones sin que estos pudieran decir mucho o pudieran ser escuchados por las autoridades españolas.

Claro que también hubo caciques que obraron bien, algunos de los cuales invertían parte de su dinero para cubrir las deudas de los indígenas de su comunidad.

Los privilegios de las élites indígenas se parecen mucho a los que hoy tienen los dirigentes sindicales, incluida esa invulnerabilidad a pesar de sus faltas, ante autoridades del Estado que en muchos casos ganan menos que ellos.

​¿Y por qué la gente los aguanta? ¿Por qué incluso los justifica? Pues porque es algo que se practica desde antes de que el país exista. Hay una suerte de identificación con estos líderes y una legitimidad que también ostentaban los caciques, en el pasado, por discursos que tenían que ver con sangre, herencia y territorio y, hoy, por discursos de luchas sociales, derechos conquistados e identidad étnica.

​Los caciques también solían agasajar a las autoridades españolas ofreciendo corridas de toros y fiestas en su nombre. Era un modo de recordarles la lealtad con la corona, pero también de mostrarles el poder económico que detentaban y la cantidad de indígenas que tenían bajo su tuición.

Hoy se puede ver con el otorgamiento de doctorados honoris causa de parte del rector de la UPEA, primero a Fidel Castro, luego a Evo Morales y ahora a Rodrigo Paz: un agasajo, no por admiración real sino para congraciarse con el poder y mostrar la convocatoria de los jóvenes estudiantes para que el Presidente vea la cantidad de gente que puede movilizar. Solo faltaba la corrida de toros…

​El ánimo de este artículo no es criticar a unos ni a otros, sino reflexionar sobre cómo nos hemos estancado en prácticas anacrónicas, humillantes y poco democráticas, a pesar de que todos los actores sociales, políticos y económicos repiten mil veces la necesidad de cambios. Han pasado muchas generaciones desde que nuestros padres y abuelos intentaron construir una nación moderna, incluso con diferentes nortes e ideas de lo que sería el futuro, pero no hemos podido salir del pasado.

Seguimos a la deriva, sin un proyecto de país y con la mentalidad anquilosada en un estilo de vida rentista y en la creación de discursos nuevos, pero que solo sirven para justificar viejas prácticas que no podemos dejar.

​Sayuri Loza es historiadora.

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