Sí, está leyendo bien. Hace algunos días leí una noticia que me impactó y sentí pertinente hacer eco de ella. Tiene que ver con la divulgación de los resultados de una interesante investigación que no debe ni puede pasarse por alto, ya que representa una alarma en varios frentes, siendo los más importantes el sanitario y el educativo; áreas que, sin duda, impactan en el desarrollo de toda una civilización.
Si bien hace algunos meses, en otro artículo, ya había reflexionado sobre la creciente adicción de niños y jóvenes a las pantallas y todo lo que esto acarrea, ahora, al conocer el trabajo de Mike Nagel, neurocientífico australiano, tengo más elementos que me ayudan a reafirmar la necesidad de regular el uso de las pantallas en los niños, porque existe un impacto fisiológico en su cerebro.
Los hallazgos de Mike Nagel, a partir de escáneres cerebrales en niños y adolescentes expuestos intensivamente a pantallas durante varias horas al día, muestran la existencia de cambios en la masa cerebral similares a los que se observan en demencias de adultos.
Los niños pequeños que pasan entre dos y tres horas diarias frente a dispositivos ya muestran un desarrollo anormal de la sustancia blanca. Los adolescentes que promedian entre seis y ocho horas exhiben crestas cerebrales ensanchadas y adelgazamiento en áreas clave, patrones que reflejan características similares al Alzheimer temprano.
Como parte de estas investigaciones, también se ha observado una de las primeras caídas del coeficiente intelectual promedio en la historia registrada, además de un aumento del 400 % en signos de demencia de inicio temprano entre personas de 35 a 44 años.
Asimismo, se ha advertido que muchos jóvenes presentan síntomas que antes eran poco comunes a edades tempranas, como dificultades severas de atención, problemas de memoria, fatiga mental, menor tolerancia al aburrimiento y dependencia constante de estimulación digital.
Todo lo que comparto es tan solo un pantallazo de lo que la ciencia está descubriendo sobre el impacto de las pantallas. De ahí que muchos gobiernos hayan comenzado a tomar medidas para ayudar a que los niños desarrollen una relación más sana con la tecnología y las pantallas en edades adecuadas. Ojalá cada vez más gobiernos avancen en la misma dirección.
Pero, como la crianza no es responsabilidad del Estado, considero que son los padres y las madres quienes deben, de manera proactiva, informarse más sobre los efectos que sus hijos pueden estar experimentando debido a la exposición excesiva a las pantallas.
¿Cuántas veces hemos visto que son los propios padres quienes entregan una pantalla a los niños porque así garantizan que su atención estará ocupada, otorgando un respiro momentáneo a los adultos, pero muchas veces a costa de consecuencias que todavía no terminamos de dimensionar?
La responsabilidad de los padres implica diseñar en conjunto un modelo educativo; es decir, iniciar conversaciones significativas sobre cómo educar a sus hijos, estableciendo actividades recreativas en familia, delimitando normas, planificando actividades de servicio y, por supuesto, decidiendo sobre el uso de pantallas.
Muchos neurólogos, ante la evidencia, señalan que entre los dos y cinco años el tiempo de acceso a las pantallas debería ser igual a cero. ¿Qué dicen los padres? ¿Tomarán medidas al respecto o preferirán asumir el riesgo?
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