Con frecuencia, al iniciar conversaciones con padres sobre la importancia de educar a los hijos en virtudes, surge una aclaración casi inmediata: “Nosotros no somos personas religiosas”. Esta reacción, repetida en múltiples encuentros formativos, revela un error profundamente arraigado en nuestra cultura: creer que el desarrollo de virtudes pertenece exclusivamente al ámbito religioso.
Reducir o limitar la práctica de las virtudes a una experiencia de fe es, en realidad, un error que empobrece su verdadero alcance. Más allá de profesar o no una religión, de creer o no en Dios, las virtudes constituyen un camino universal hacia el desarrollo integral de la persona. Son herramientas que permiten formar carácter, fortalecer la convivencia y favorecer el crecimiento emocional y social de los niños.
Educar en virtudes no busca imponer creencias, sino promover hábitos que orienten a los niños hacia el bien, la responsabilidad, la empatía y el respeto por los demás. En ese sentido, la formación en virtudes trasciende cualquier marco religioso y se convierte en una contribución concreta a la construcción de sociedades más armónicas y humanas.
En esta reflexión sobre la educación en virtudes, resulta fundamental comenzar por comprender qué entendemos por ellas. La palabra virtud proviene del griego areté, que significa excelencia. Este concepto alude a la capacidad de desarrollar lo mejor de uno mismo, transformándolo en una forma de ser que se expresa en acciones concretas. Practicar virtudes implica, por tanto, cultivar conductas que generen bienestar tanto en quien las ejerce como en su entorno.
Entender las virtudes desde esta perspectiva nos permite reconocer que no son ideas abstractas ni exigencias morales rígidas, sino hábitos que se construyen día a día y que acompañan el desarrollo de los niños, ayudándolos a convertirse en personas íntegras.
Ahora bien, también es importante comprender en qué momento histórico se produjo la vinculación entre religión y virtudes. Al respecto, se puede señalar que fue en la Edad Media cuando las virtudes comenzaron a relacionarse más estrechamente con la religión católica, por lo que su entendimiento y su práctica pasaron a enmarcarse en lo espiritual y normativo, íntimamente vinculados con el contacto con Dios.
Sin embargo, el concepto de virtud ya había sido ampliamente desarrollado antes de la era cristiana. Uno de sus mayores representantes fue Aristóteles (siglo IV a.C.), quien la concebía como un modo de vida que impulsa a las personas a actuar correctamente por la búsqueda de lo bueno y lo justo, en todos los ámbitos de la vida, desde la familia hasta el entorno escolar y laboral.
Ahora bien, en este punto surge una pregunta fundamental: ¿por qué insistir en una educación basada en virtudes? La respuesta es que, progresivamente, estamos tomando conciencia de que la práctica de las virtudes constituye una de las principales herramientas para enfrentar las carencias éticas de nuestra sociedad y promover una cultura que facilite una convivencia más armónica entre todos los miembros de la comunidad y del mundo en su conjunto.
Cierro reiterando la importancia de no pensar que las virtudes son prácticas exclusivas de quienes profesan una fe, aunque tampoco debemos ignorar que la mayoría de las tradiciones religiosas impulsan conscientemente la necesidad de desarrollarlas.
Podemos reconocer que muchas tradiciones religiosas atribuyen un origen trascendente o divino a las virtudes; sin embargo, ello no significa que una persona deba ser religiosa para vivir la honestidad, la veracidad, el respeto, la generosidad, la compasión o la responsabilidad.
///



