Visiblemente emocionado, con los ojos desbordados y envuelto en guirnaldas, rodeado de quienes le susurraban al oído que ya era el virtual líder llamado a tomar la posta que otros habían dejado, el excandidato que alcanzó la ansiada segunda vuelta con apenas el 9,18 % de los votos parecía haber tocado el cielo. Ya estaba entre las nubes.
En sus primeros discursos, acompañado de quienes añoraban las mieles del poder —aquellos que por más de dos décadas convivieron con él a nombre de sus pueblos—, el entonces candidato llegó a decir: “tal vez ni Rodrigo hubiera sido presidente”, insinuando que, de haber participado en la contienda nacional, el desenlace habría sido distinto.
¿Fue la emoción del momento o una sobrevaloración del 9,18 % obtenido en la primera vuelta en las elecciones subnacionales en La Paz? Un porcentaje que, además, representaba menos de la mitad del respaldo logrado por su contendor.
La expresión “estar en las nubes” alude a la incapacidad de ver el contexto con claridad, a un panorama nublado que impide dimensionar la realidad. Así lo confirman incluso quienes le prestaron la sigla, aunque ellos emplean un término más duro: “soberbio”. Lo acusan de haber marginado a quienes lo llevaron a la papeleta, olvidando que —nos guste o no— la política electoral se articula, por ley, a través de los partidos y del ente electoral.
Los entretelones de su relación con el partido que lo patrocinó se ventilan hoy públicamente en los medios. No hace falta decir más, desde las cámaras lo han dicho todo. Lo que sí queda en evidencia es la inexperiencia con la que el excandidato gestionó una emoción desbordada, la misma que lo elevó a las nubes como si la victoria ya estuviera asegurada.
La política se parece mucho al ajedrez, pero no es solo un juego de piezas. Exige estrategia, cálculo y visión de futuro: anticipar movimientos, cuidar posiciones clave y saber cuándo avanzar o retroceder. Un buen liderazgo, como un buen ajedrecista, no se deja arrastrar por la emoción; piensa varios pasos adelante.
Sin embargo, a diferencia del ajedrez, en la política no hay un tablero fijo ni reglas completamente claras. Las “piezas” son personas, con intereses, emociones y realidades cambiantes.
Aún dista de ser quien sueña ser. Incluso entre las nubes, necesita encontrar un cable a tierra si pretende convertirse en un verdadero alfil de la política. Solo aprendiendo de los errores podrá forjar un liderazgo maduro, capaz de sostenerse y brillar con solvencia en el panorama electoral.
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