Agosto 31, 2025 -HC-

El doble filo de la libertad de expresión: deliberación y espectáculo mediático


Domingo 31 de Agosto de 2025, 9:45am






-

Los sistemas democráticos siempre han enarbolado la libertad de opinión como uno de sus pilares más visibles. La prensa y los medios masivos constituyen, en teoría, un espacio para ampliar la transparencia, visibilizar los abusos del poder y fortalecer el control social. Sin embargo, esa misma libertad de expresión se ha convertido en un terreno plagado de anomalías y excesos que, lejos de garantizar una esfera pública deliberativa, han desembocado en la creación de escenarios mediáticos donde se confunden la información, los excesos, la insidia y el espectáculo.

El filósofo alemán, Jürgen Habermas, en su Historia y crítica de la opinión pública, mostraba cómo la esfera pública moderna debía cimentarse en un principio de “racionalidad comunicativa”, donde el debate político esté orientado hacia el consenso y entendimiento común. En contraste, el contexto boliviano refleja una tendencia muy distinta: los medios de comunicación han pasado de ser un canal de mediación democrática a convertirse en plataformas donde predomina la personalización del discurso, la búsqueda de impacto y la explotación de la polémica como valor en sí mismo.

Un ejemplo claro de esta transformación es el programa Sin Compostura y la figura de Carlos Valverde. Su estilo revela las características del doble filo de la libertad de expresión: por un lado, se ampara en el derecho de cuestionar, interpelar y denunciar; pero, por otro, transforma la crítica en un espectáculo ambiguo que oscila entre la investigación grosso modo y la teatralización mediática. En lugar de consolidar un espacio de debate ciudadano, sus intervenciones se inscriben en la lógica de la vedette digital, donde la notoriedad, la ironía y el golpe de efecto, valen más que la consistencia argumental o el compromiso con la construcción democrática y la reflexión verdaderamente ética.

Valverde ilustra el modo en que los medios pueden construir liderazgos efímeros y carismas artificiales. Su figura crece más en la dinámica de las redes sociales y la búsqueda de reacciones virales inmediatas, antes que el impulso de la función de esclarecimiento o la generación de opinión pública, “racionalmente informada”. Esa ambigüedad lo convierte en protagonista de una paradoja: es, simultáneamente, crítico del poder y dependiente del mismo espectáculo político que dice combatir, alimentando un círculo en el que la denuncia se convierte en entretenimiento y el enfrentamiento se transforma en decadencia del pensamiento libre y proclive a la intriga.

La anomalía que encarna Sin Compostura, pone en evidencia que la libertad de expresión no siempre se orienta a garantizar el pluralismo, ni tampoco a enriquecer la deliberación pública. Al contrario, puede derivar en formatos donde la búsqueda de audiencia y la reafirmación de egos personales, desplazan el ideal democrático del entendimiento y el consenso racionales. Allí donde debería primar la racionalidad comunicativa, aparece el ruido de la polémica calculada y la explotación de la indignación como mercancía. El escándalo emocional se convierte en un extraño profesionalismo de mala calidad.

La democracia requiere de una esfera pública sólida, plural y con capacidad crítica, pero no puede confundirse con la proliferación de vedettes mediáticas, ni con la conversión de la libertad de expresión en un simple dispositivo de marketing personal. Para evitar esa deriva, resulta indispensable pensar en una ética de la comunicación, donde periodistas y líderes de opinión asuman responsabilidad pública por los efectos de sus mensajes y no busquen, únicamente, maximizar audiencia o notoriedad.

La libertad de expresión, lejos de ser un terreno de licencia ilimitada, debería articularse con el principio expresado por Habermas sobre la “deliberación racional”: abrir el debate, contrastar argumentos, ofrecer información verificable y promover el entendimiento mutuo. Solo así los medios pueden cumplir su verdadera misión de fortalecer la ciudadanía y generar confianza democrática.

Por otra parte, siguiendo al filósofo inglés, Karl Popper, una “sociedad libre y abierta”, necesita cultivar la autocrítica permanente como norma de convivencia. Esto implica que los medios, en lugar de asumirse como instancias intocables de fiscalización, también deben estar dispuestos a someterse al escrutinio ciudadano y a revisar sus propios excesos. La crítica debe aplicarse con el mismo rigor, tanto al poder político como al poder mediático, pues ambos son actores que influyen decisivamente en la democracia.

En consecuencia, el doble filo de la libertad de expresión puede transformarse en una herramienta de construcción democrática, si se orienta hacia la responsabilidad pública, la ética periodística y la deliberación ciudadana, dejando atrás la tentación del espectáculo y reconociendo que la crítica política, para ser auténtica, debe estar siempre acompañada de una fuerte dosis de autocrítica. Valverde que quiere aparecer como oposición radical al poder, se inserta en una lógica contraria: la distracción y manipulación que sostiene, en el fondo, al statu quo.

///

 

.