Marzo 11, 2026 -HC-

Algunas reflexiones para prepararnos para nuestro viaje


Lunes 12 de Enero de 2026, 7:15am




...

Todos somos conscientes de que nuestra existencia como seres humanos atraviesa dos procesos vitales que no son resultado de una voluntad o acción que dependa de nosotros, y no siempre los enfrentamos con la misma actitud, preparación ni con el mismo nivel de entendimiento. Me refiero al nacimiento y a la muerte.

Coincidiremos en que, cuando se trata de un nacimiento, nuestra energía, expectación y disposición son muy distintas a las que surgen frente a la muerte. Ante un nacimiento, el amor, la gratitud, la admiración, el reconocimiento del milagro de la vida, la alegría, las risas y la esperanza se hacen presentes. En cambio, frente a la muerte, una profunda tristeza suele apoderarse de nosotros. La desolación, la incomprensión, el dolor, la soledad, la culpa, el abandono y el miedo nos acompañan y determinan la forma en que encaramos este proceso vital que, de manera inevitable, todos transitaremos.

La manera en que respondemos a estos procesos está determinada por patrones científicos, culturales y religiosos que moldean nuestra comprensión. Por un lado, desde las posturas materialistas, tanto el nacimiento como la muerte son entendidos únicamente como el resultado de fenómenos biológicos: materia que se transforma y llega a su fin, sin que el razonamiento espiritual tenga cabida. Desde esta mirada, el sentido de la vida probablemente se reduzca a alcanzar objetivos, tener éxito en distintas áreas, vivir con comodidad y acumular bienes, todo ello mientras dure la existencia. Siempre muy valido y respetable.

En cambio, para quienes poseen una visión espiritual de la vida, el entendimiento es distinto. De hecho, las diversas tradiciones religiosas, a lo largo de la historia, han buscado contribuir a que podamos comprender ambos procesos desde una lectura espiritual que trasciende lo meramente material. Desde esta perspectiva, el ser humano es concebido como la suma de materia y espíritu, y la “muerte” se intuye como un tránsito, una continuidad, que invita a que nuestras decisiones, vínculos y responsabilidades adquieran en el plano material tengan un peso distinto.

En estos últimos días, al interior de mi familia y de mi círculo cercano, surgieron preguntas existenciales que dieron lugar a conversaciones significativas y a reflexiones necesarias para dar sentido a la partida de mi suegra, mi suegro y el esposo de una amiga entrañable, todo ello en el lapso de nueve días.

Sin duda, nunca es fácil aceptar la muerte de quienes amamos. Sin embargo, si despertamos nuestra fe y profundizamos en los argumentos religiosos, podemos comprender que, al momento de la muerte, nuestra alma se libera para habitar en un mundo espiritual. Algunos dirán que lo que afirmo no puede probarse y que es una postura cuestionable, y lo respeto.

Mi comprensión, sin embargo, nace de la fe, y es ella la que me permite ver la muerte como un viaje. Tal como expresó ‘Abdu’l-Bahá, pensador persa, cuando le preguntaron cómo debía esperarse la muerte: del mismo modo en que se espera el fin de cualquier viaje, con esperanza y expectación. En el otro mundo —decía— el ser humano se encontrará libre de muchas de las preocupaciones que hoy le hacen sufrir.

Por lo tanto, así como nos preparamos para un viaje, es sabio prepararnos día a día, conscientes de que nunca sabemos cuándo iniciaremos ese tránsito. Parte de esa preparación implica procurar desarrollar cualidades espirituales, reconocer a Dios y esforzarnos por actuar correctamente en todo momento.

Cierro diciendo que estas reflexiones las comparto pensando en el viaje que han iniciado Yolita, Manuel e Iván. Mis oraciones los acompañan, con cariño, en su camino, las mismas que se convierten en un medio para continuar fortaleciendo nuestro vínculo, pues aunque no los veamos con nuestros ojos,  hay que tener la confianza que ellos están.

//