Abril 27, 2026 -HC-

Gobernar con inteligencia artificial ante la crisis de confianza en el ser humano


Lunes 27 de Abril de 2026, 9:45am




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Adela Cortina, en su último libro ¿Ética o ideología de la inteligencia artificial?, expone un fenómeno que me pareció particularmente interesante y que surge como respuesta a la crisis de un liderazgo ético y eficiente. En 2018, Michihito Matsuda se convirtió en el primer “robot” en presentarse a unas elecciones en un municipio de Japón y, lejos de ser una idea descabellada, a muchos ciudadanos les hizo sentido. Su candidatura fue la tercera más votada.

Cuando leí esto, me pareció parte del guión de una película de ciencia ficción. Sin embargo, al pensar en un mundo marcado por una creciente desconfianza hacia las instituciones y los líderes de distintas áreas, producto de constantes actos de corrupción, la pregunta que algunos se plantean —si una inteligencia artificial podría gobernar mejor que un ser humano—, por absurda que parezca, podría ser válida e incluso valiosa, porque abre espacio para reflexionar sobre la decadencia moral de las instituciones y de los liderazgos actuales.

Parte de los argumentos para justificar la promoción de gobernantes basados en inteligencia artificial es que estarían libres de la tan común y peligrosa ambición de poder y de la acumulación de dinero. Tampoco actuarían en busca de beneficios propios ni responderían a presiones políticas o económicas. Asimismo, se sostiene que su actuar estaría basado en datos, evidencia y criterios técnicos, lo que permitiría una gestión más eficiente y objetiva. Estos argumentos, en una primera mirada, parecen razonables.

Las voces críticas, en cambio, señalan que los sistemas basados en inteligencia artificial no son adecuados para ejercer liderazgo, ya que no tienen la capacidad de comprender verdaderamente las necesidades de las personas. De hecho, Adela Cortina advierte que pensar que la IA “resolverá todo” es peligroso y simplista. Además, sostiene que la tecnología no puede sustituir el juicio ético humano y que existe un riesgo elevado de debilitar la democracia y la participación.

El caso de Michihito Matsuda no es aislado. Existen diversas iniciativas que proponen avanzar hacia formas de gobernanza basadas en inteligencia artificial. No me cabe duda de que, al ritmo en que avanza la tecnología, en los próximos años esta posibilidad será cada vez más real.

De ahí surge una reflexión fundamental: gobernar no es solo tomar decisiones eficientes, sino que implica un componente moral. Supone deliberar sobre lo justo, lo bueno, lo humano. Implica comprender contextos, matices, historias y realidades que no siempre pueden traducirse en datos.

El riesgo de estas propuestas no es sólo técnico, sino profundamente moral. Existe una dimensión que ninguna inteligencia artificial puede reemplazar: la responsabilidad moral. Una autoridad no solo debe ser eficiente, sino también actuar en base a virtudes. Sus decisiones deben ser responsables. Debe responder, justificar, escuchar, corregir. Debe, en definitiva, rendir cuentas.

Tal vez el verdadero problema no es si la inteligencia artificial podría gobernar mejor que nosotros, sino por qué hemos llegado a un punto en que esa idea comienza a parecernos razonable. La realidad es clara: los seres humanos, cuando actúan con corrupción e ineficiencia, generan una crisis que no necesariamente se resuelve reemplazándolos por máquinas.

Más que sustituir a las personas por sistemas más eficientes, el desafío parece estar en otro lugar: en la educación. En contar con un sistema formativo que, desde la infancia, apunte a formar mejores personas, quienes en algún momento se convertirán en líderes con criterio, con virtud, con sentido de responsabilidad y compromiso con el bien común.

Una educación basada en virtudes aparece como una vía concreta para formar liderazgos morales capaces de transformar las comunidades. Sin embargo, los gobiernos no siempre priorizan la formación moral como un eje central. Mientras no se avance en esa dirección, seguiremos enfrentando liderazgos frágiles moralmente como los que hoy vemos en distintos rincones del mundo.

Cierro pensando que, en última instancia, ninguna tecnología —por avanzada que sea— puede sustituir aquello que solo puede construirse desde el carácter.

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