Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, qué fecha más oportuna para sentarme a escribir esta columna en la que pretendo compartir una pincelada de la vida de grandes mujeres de Irán, un país que hoy por hoy se ha convertido en símbolo de una de las más brutales opresiones contra la mujer desde un Estado teocrático y fanático.
En Irán se considera a las mujeres no solo seres de segunda categoría, sino también un símbolo de pecado, además de ser presas de algunas de las prácticas más aberrantes que los Ayatolás ejercen contra niñas y mujeres, prácticas avaladas desde un Estado que se considera representante de Dios en la tierra. ¡La incoherencia total!
Una cercana y querida amiga iraní, me decía hace algunos días atrás que, con la caída de este régimen, el mundo se enterará y se horrorizará al saber cómo las niñas y mujeres han sido sometidas durante más de 45 años a los actos más violentos, aberrantes y enfermizos.
De hecho, una práctica que personalmente me enfurece y estremece, y que poco se conoce en el mundo occidental, es lo que se denomina “matrimonio temporal” (mut‘ah), que consiste en un matrimonio por un tiempo determinado y que, una vez transcurrido ese período, se disuelve automáticamente, sin proceso de divorcio.
No hay duda de que esta práctica no es más que una forma de legalizar y encubrir la explotación sexual de niñas y mujeres, amparada en un mecanismo religioso considerado como una institución islámica legítima. La edad mínima para que una niña se case es de 13 años, aunque puede ser incluso menor con permiso judicial y del padre.
En este escenario tan oscuro hay historias de mujeres iraníes que, desde dentro y fuera del país, son un símbolo extraordinario de valentía y convicción. Mujeres que se han levantado frente a la injusticia sabiendo el precio que pueden pagar. Ellas son estandartes de la defensa no solo de la dignidad de la mujer, sino de la humanidad en su conjunto.
Una de las voces contemporáneas más visibles de esta lucha es la de Masih Alinejad, periodista y activista iraní que desde el exilio ha denunciado al mundo las leyes que obligan a las mujeres a cubrir su cabello. A través de campañas como My Stealthy Freedom, ha dado voz a miles de mujeres iraníes que desafían pacíficamente la imposición del velo obligatorio en Irán. Su activismo la ha convertido en un símbolo contemporáneo de resistencia femenina frente a la represión del régimen.
Una de sus frases más poderosas es: “El problema no es el velo. El problema es que el gobierno obliga a las mujeres a usarlo”. Esta frase seguramente adquiere aún más profundidad en las páginas de su libro, cuyo título alude de manera poética a una lucha clara contra la opresión: El viento en mi cabello: Mi lucha por la libertad en el Irán moderno. Aunque este libro solo está disponible en inglés, decir que narra su lucha contra el hiyab obligatorio y su defensa de los derechos de las mujeres en Irán.
Otra figura clave es Shirin Ebadi, abogada iraní y ganadora del Premio Nobel de la Paz en 2003. Fue una de las primeras juezas de Irán y dedicó su vida a defender a mujeres, niños y disidentes perseguidos por el régimen. Su valentía la llevó al exilio, pero su voz sigue siendo una de las más firmes en la defensa de los derechos humanos. Una de las frases que mejor refleja su pensamiento es: “Los derechos humanos son un estándar universal. Pertenecen a todas las culturas y religiones”.
Otra voz poderosa es la de Narges Mohammadi, activista iraní y ganadora del Premio Nobel de la Paz en 2023, quien ha pasado años en prisión por denunciar la represión del régimen. Incluso desde la cárcel ha continuado defendiendo los derechos de las mujeres en Irán, convirtiéndose en un símbolo mundial de resistencia.
Pero la valentía de las mujeres iraníes no es solo una historia del presente. Ya en el siglo XIX, Táhirih, poeta, teóloga y seguidora de El Báb, desafió las normas sociales y religiosas de su tiempo al levantar su voz por la dignidad de las mujeres. Su gesto más recordado fue quitarse el velo en público como símbolo de libertad espiritual y social. Por su valentía fue ejecutada en 1852. Una frase tremendamente poderosa resume su legado: “Podrán matarme, pero no podrán detener la emancipación de las mujeres”.
Cierro dando un pequeño contexto, pero necesario de la situación política de Irán y que tiene mucho que ver con la liberación de las mujeres. Hace exactamente ocho días, una coalición internacional encabezada por Estados Unidos e Israel inició una guerra sin tregua. A las pocas horas fue dado de baja al ayatolá Jamenei y a más de cuarenta miembros de su cúpula.
Pese al horror de la guerra, gran parte de la población salió a las calles a bailar y agradecer al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, porque para muchos ellos —más allá de afinidades políticas— representan una esperanza real de que el régimen iraní finalmente caiga y, con él, la opresión que pesa sobre la población en general y sobre las mujeres en particular.
Hoy muchas mujeres iraníes ven en un cambio político la posibilidad de recuperar sus libertades que les han sido negadas durante décadas. Tengo la convicción, y parafraseando a la poeta Táhirih, que podrán matar a muchas más mujeres pero ya no es posible detener nuestra total emancipación como mujeres y así empezar a caminar, lado a lado, juntos a hombres.
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