Bolivia debate hoy con mucho entusiasmo la descentralización fiscal: el 50% de los recursos para el gobierno central y el otro 50% para las regiones. Suena atractivo, pero redistribuir el gasto público entre más administradores no toca el problema de fondo: el país no genera nuevos recursos, simplemente reparte los que ya tiene. El verdadero 50-50 que Bolivia necesita no es el del pacto fiscal, sino el de la inversión extranjera directa, un modelo de coparticipación entre el Estado boliviano y el capital privado internacional que —curiosamente— ya está metido en la cosmovisión del boliviano de a pie, y que bien podría convertirse en la salida real a la crisis.
Seamos claros: el pacto fiscal que se discute es más de lo mismo. Pasar la administración del gasto a las regiones no va a resolver la crisis estructural, lo que hará es multiplicar burocracias. Ya pasó con los municipios, y pasará de nuevo con las gobernaciones. Se podría hacer algo más sensato: simplificar competencias, dejar al gobierno central la administración pública, seguridad, defensa, protección social, deuda y programas nacionales, y que las regiones se hagan cargo de educación, salud, infraestructura y desarrollo económico. Pero incluso así, repartir mejor la escasez no es lo mismo que generar abundancia. El problema de Bolivia no es cómo distribuye lo que tiene, sino que no está generando nada nuevo.
La conversación que realmente importa es cómo atraer inversión extranjera directa que meta dólares frescos a la economía. La historia lo tiene claro: cuando Bolivia mantuvo una relación contractual que favorecía al inversionista petrolero —82% para las empresas, 18% para el Estado— el capital llegó y el sector se desarrolló. Evo Morales dio vuelta esa ecuación, los inversionistas se fueron, y hoy estamos ante una crisis energética de proporciones que nadie quiere reconocer abiertamente. Todo por mover un porcentaje. El costo de esa decisión lo seguimos pagando.
Ahora bien, lo interesante es que el boliviano ya sabe cómo funciona el 50-50, aunque nunca lo haya llamado así. Cuando un campesino no tiene con qué cultivar su tierra, busca un socio: él pone la tierra, el otro pone la semilla, financia la maquinaria, comparte las labores, y lo que se produce se parte a la mitad. El inversionista no se lleva ni más ni menos. Ese mismo principio, llevado a los acuerdos internacionales, es exactamente lo que Bolivia debería ofrecer: claridad en las reglas, trato equitativo y respeto a quien trae el capital.
El pasanaku y el ayni van en la misma dirección. En el pasanaku, cuando el banco no aparece, el grupo se financia entre sí por turnos: quien recibe primero tiene un VAN positivo, quien recibe al final un VAN negativo, pero todos logran el objetivo. En el ayni la lógica es simple: "hoy por ti, mañana por mí", y la devolución es en la misma medida, a veces un poco más. No es generosidad desinteresada, es una transacción equilibrada. Esa misma manera de entender los intercambios hace que el 50-50 con inversores extranjeros no sea una idea importada ni ajena, sino algo que cualquier boliviano entiende sin mayor explicación.
Y los activos están ahí, esperando. Uyuni podría ser perfectamente el centro mundial del turismo de alta gama: hoteles de categoría, aeropuerto con autopista directa, movilidad aérea urbana, globos aerostáticos como paisaje cotidiano, limpieza y señalización de primer nivel. No lo tiene que hacer el Estado, lo tiene que hacer la inversión privada. Hoy mismo hay inversores mirando el litio y las tierras raras bolivianas, dispuestos a poner capital si ven reglas claras de distribución y normas ambientales que funcionen. En el mundo, los Estados capturan entre 30% y 60% de las utilidades en este tipo de contratos; los pobres piden más, los desarrollados menos. Por historia e idiosincrasia, un 50% fijo por norma es una posición razonable, justa y que cualquier boliviano puede defender.
La crisis no se resuelve repartiendo mejor lo que ya se tiene, sino produciendo más. La deuda externa que crece cada año no es solución, es un parche que profundiza el problema. El verdadero 50-50 —ese que el boliviano practica en su parcela, en su barrio y en sus fiestas— es la palanca que el país necesita para exportar más, atraer capital y crecer en petróleo, minería, turismo y forestal. El pacto fiscal puede avanzar, bienvenido sea, pero que nadie se confunda: por ahí no sale la crisis.
(*) Economista, fue viceministro de planificación estratégica del estado. [email protected]
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