El año 2018, un grupo de cincuenta estudiantes de medicina veterinaria de la UMSA me solicitaron una charla sobre el perfil del feminicida. Los movía el dolor y el estupor: uno de sus compañeros había sido condenado a treinta años por el femicidio de otra compañera. Hoy, 2026, después de 8 años, apenas han pasado 2 meses de inicio de año y 18 mujeres han sido asesinadas de las formas más crueles, generalmente en manos de quienes decían amarlas.
Mi respuesta, en ese momento y cada vez que me solicitan una charla al respecto sigue siendo la misma: centrarse solo en el "perfil" del individuo que mata es una limitación peligrosa. La violencia debe analizarse como un hecho estructural que involucra a todo el Estado y, Estado somos todas y todos.
Antes de que una mujer llegue a la muerte física (femicidio), atraviesa una "lenta muerte" en manos de un sistema que no protegió su integridad en un proceso de feminicidio estatal. De esta premisa surge mi Teoría de la Espiral de la Violencia, un análisis sistémico que voy compartiendo hace varios años en diferentes espacios académicos pues permite comprender cómo escala la violencia.
Esta espiral inicia con la violencia simbólica: mandatos y normas culturales que nos ubican en lugares de inferioridad o utilidad desde que nacemos. Son frases que hemos naturalizado: a las mujeres se las reduce a objetos de reproducción, explotación, sacrificio y exhibición ("si no eres madre, no eres mujer", “cuanto más soportas en nombre del amor, mejor mujer eres”, “si tu cuerpo no encaja en el estereotipo, eres fea y no pareces mujer”). Paralelamente, a los hombres se los convierte en instrumentos procreación, control, ataque y consumo (“si no tienes hijos no puedes probar tu virilidad", “macho, macho, los hombres no lloran”, “si no golpeas, no eres hombre", “si no has tenido muchas parejas no has vivido como hombre”). Estos discursos, transmitidos de generación en generación, terminan normalizándose como "biológicos" cuando no son más que construcciones sociales. Cuando estos estereotipos son difundidos masivamente para generar consumo o morbo, entramos en la violencia mediática. Los medios refuerzan la idea de la mujer "heroica" que soporta maltratos o del hombre "exitoso" basado en su potencia económica y dominio.
Esta validación pública alimenta la violencia psicológica, que socava la autoestima, el autoconcepto y la autoeficacia de las mujeres, y la violencia sexual, que va desde la deprivación, la hipersexualización, pasa por la seducción asimétrica, el acoso y llega a la violación o a la comercialización del cuerpo y de los genitales; en muchos casos disfrazada como "deber conyugal". Finalmente, aparece la violencia física como el territorio de control exclusivo. Cuando el dominio simbólico y psicológico encuentra resistencia, surgen los empujones, tirones y golpes. Estos tres tipos de violencia —psicológica, sexual y física— escalan en cuatro niveles de violencia -agresión, maltrato, abuso y crueldad- y se manifiestan en formas de violencia patrimonial, económica, familiar, educativa, cibernética, religiosa, salubre, institucional, laboral, política, entre otros escenarios.
Es imperativo comprender la diferencia técnica: mientras el femicidio se refiere a la muerte extrema de una mujer por el hecho de serlo, el feminicidio denuncia la violencia estatal que la va eliminando lentamente en su ser. Un Estado que sostiene la violencia simbólica, que actúa con negligencia ante la violencia psicológica, sexual o física y que, tolera las formas de violencia patrimonial, cibernética, educativa, familiar, religiosa, policial, institucional y que ignora los procesos judiciales viciados, es cómplice del desenlace fatal.
Quien mata debe ir a la cárcel, sin duda, pues es un femicida que acabó con la vida de una mujer. Pero como sociedad, urge reconocer que esa persona suele ser el instrumento representativo de un sistema feminicida que normalizó el desprecio por la vida mucho antes del crimen.
La espiral de la violencia solo se detendrá cuando dejemos de ver el golpe final como el único problema y empecemos a desmantelar los mandatos que sitúan a las personas como objetos e instrumentos utilitarios de un sistema de consumo y poder.
PhD Marynés Salazar Gutiérrez Directora de Psinergia | Doctora en Investigación Transdisciplinar y Ciencias de la Educación. Master en Ciencias Políticas. Especialista en Sexualidad y Psicología Forense. Licenciada en Psicología | Consultas al 69786000 |Fb. Psinergia Bolivia/ Yt. Psinergia Bolivia/ Tiktok Psinergia Bolivia
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