Abril 13, 2026 -HC-

Malestares y paciencias


Lunes 13 de Abril de 2026, 8:00am




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Mientras la dinámica política parece acelerarse, cuesta descifrar las informaciones que una coyuntura desordenada nos aporta cada día. Se acumulan señales de malestares, pero, de igual modo, de paciencias y expectativas positivas. Hay un clima sociopolítico bizarro, muy influido por factores coyunturales que alimentan la confusión, pero también por la consolidación de un escenario de mediano plazo sin referentes políticos sólidos, con sentimientos colectivos volátiles y en el cual la incertidumbre es la norma.

En las redes hay un debate animado y un contraste de opiniones acerca de lo que nos dicen sobre el rumbo del país algunas recientes encuestas y eventos políticos, como la interpelación al Ministro de Hidrocarburos en la Asamblea Legislativa, la novela turca sin fin en la que se ha transformado el lio de la “gasolina basura” o la notable convocatoria que tuvo el cabildo convocado por Nilton Condori en El Alto.

Como suele pasar, de esa torre de babel emergen interpretaciones esquizofrénicas de la coyuntura, algunas profetizando inminentes conflictos y rupturas azuzadas por un malestar generalizado y otras atrapadas en una autocomplacencia basada en la supuesta satisfacción de las “mayorías silenciosas” frente el ruido de las “minorías revoltosas”.  Unas y otras subvalorando o descalificando las evidencias que no ratifican sus creencias polarizadas.

Lo paradójico es que hay elementos objetivos que podrían sustentar ambas versiones. Estamos en un momento en el que coexisten malestares, paciencias y deseos de mejora de la situación. Por otra parte, los resultados de las elecciones autonómicas ratificaron la descomposición del sistema político, con partidos sin presencia nacional, atomización de fuerzas, surgimiento de populismos de todo pelaje y al menos un cuarto de los votantes muy poco interesados en la oferta política existente.

Estamos pues, estructuralmente, en una coyuntura caracterizada por una crisis de representación, autoridad debilitada, un poder político en mutación y actores que intentan encontrar su lugar en ese panorama descompuesto. La única certeza es que el viejo mundo político colapso y que lo nuevo no termina de precisarse. A eso yo le denominó un interregno.

Todo esto, además, en un momento en el que la angustia económica se está volviendo a intensificar debido a la contracción de la actividad y a un encarecimiento de costos que se agrega a la inflación del 25% con la que se cerró el 2025. Es visible la merma del poder de compra de los ingresos y la falta de empleo.

Por lo tanto, la ciudadanía observa y percibe señalas contradictorias deseando, al mismo tiempo, que los problemas se solucionen y que la situación mejore. Hay incluso disposición a sacrificarse por un mejor futuro. Pocos desean el conflicto o el colapso y no se ven alternativas creíbles al actual gobierno. Todo eso es potencialmente una base sólida para la estabilidad.

En una primera etapa, que duró más o menos hasta febrero, esos sentimientos sustentaron un optimismo moderado sobre el rumbo del país y un apoyo apreciable a la gestión presidencial. La sensatez popular llegó al punto de generar un acuerdo bastante extendido que respaldó el fin de las subvenciones, aunque esa misma opinión pública se posicionó con escepticismo frente a otros aspectos del DS 5503. El cierre “concertado” de ese primer conflicto fue un alivio y fortaleció el buen ánimo de la ciudadanía.

Pero, ese clima social favorable nunca fue una expresión de un “enamoramiento” con el personaje presidencial o sus ideas políticas, como algunos sugirieron apresuradamente. Fue más bien una especie de “matrimonio de conveniencia” con poca pasión y mucho cálculo. Por eso, su impacto en los resultados electorales del oficialismo fue marginal y está resultando insuficiente para evitar conflictos y movilizaciones sociales.

Hay actualmente señales que esa fase se acabó. Lo primero que se erosionó fue el optimismo moderado con el que se juzgaba la coyuntura: en la encuesta de IPSOS CIESMORI, el porcentaje de persona de las ciudades del eje que dicen que el país va por “un rumbo correcto” disminuyó del 68% al 53% desde enero y en la ciudad de El Alto y Cochabamba los pesimistas ya son hoy más numerosos que los optimistas. Y esto está sucediendo en lugares donde los segmentos medios son mayoritarios.

El quiebre provino, sin lugar a dudas, de la muy mala gestión del lio de la “gasolina basura”, que está provocando molestias concretas en la cotidianidad de la gente y que sigue sin solucionarse generando cansancio y desagrado por la insensibilidad, inefectividad y falta de explicación de las autoridades.

A este gran malestar se agregan otros problemas de intensidad y localización variada que están también erosionando el inicial buen ánimo y credibilidad de la gestión gubernamental: el escándalo por la anulación de la segunda vuelta en La Paz, las decisiones electorales incomprensibles del TSE o la incertidumbre sobre la circulación de billetes de la serie B.

Aunque algunas de ellas no se relacionan con responsabilidades del gobierno central, introducen incertidumbre y una sensación de abuso que daña la confianza en las instituciones. En escenarios donde hay además un vacío dirigencial, como sucede en La Paz, el resultado es un fuerte y creciente malhumor social.

Por esas razones, en la encuesta de IPSOS CIESMORI, la aprobación de la gestión del gobierno nacional se reduce del 58% al 43% entre enero y marzo, y las desaprobaciones suben del 27% al 39%. Esa desafección aún no está afectando severamente la credibilidad presidencial, pero la tendencia es complicada.

Al mismo tiempo, si se ve el vaso medio lleno, casi la mitad de los ciudadanos aún mantiene expectativas positivas, eso no es desdeñable, es un valioso capital. Pero, las tensiones se acumulan y no siempre la satisfacción de algunos compensa la bronca de otros. Es muy difícil gobernar con solo una parte del país, hay que hacerse cargo del conjunto.

Hay que asumir que este mundo social descompuesto, fragmentado y descreído es un dato de una nueva normalidad que durará por muchos años. Por tanto, hay que surfear en esas olas, entenderlas y actuar sobre los malestares, sin olvidar las esperanzas.

Poco a poco, el discurso positivo e integrador del gobierno ha ido perdiendo fuerza frente a una realidad difícil e imprevisible, quedando atrincherado en un contraste obsesivo con el viejo mundo que desapareció, polarizando en un contexto donde esas ya son viejas historias.  Quizás es tiempo de hacerse cargo política y emotivamente de las complejidades de una sociedad que reclama estabilidad y orden, pero también respeto y capacidad de inclusión de todas sus diversidades.

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