Estados Unidos ha comenzado a redefinir su política exterior no por capricho ideológico, sino porque el orden nacido después de la Guerra Fría ha dejado de ofrecerle seguridad y ventajas estratégicas. En el nuevo escenario, potencias emergentes disputan abiertamente su influencia. Las naciones no cambian de rumbo por discursos. Cambian cuando la realidad las obliga.
Durante más de tres décadas, la potencia norteamericana actuó bajo la premisa indiscutible de que el comercio global y la interdependencia económica, junto con las instituciones multilaterales, generarían estabilidad y convergencia política. Se creyó que el mercado suavizaría a los regímenes autoritarios y que la integración económica diluiría los conflictos ideológicos. Francis Fukuyama formuló esa idea en su “Fin de la historia”.
Pero ese supuesto ha quedado atrás. La realidad lo desmintió.
China no se convirtió en una democracia de mercado; se transformó en una potencia tecnológica autoritaria con ambiciones globales y una proyección mundial cada vez más agresiva. Rusia no se integró al orden liberal; reapareció como actor revisionista dispuesto a usar la fuerza. Por su parte, el crimen transnacional dejó de ser un problema policial para convertirse en un factor de desestabilización.
En este escenario, Estados Unidos transita hacia una doctrina distinta. No se trata de una formulación cerrada, sino de un conjunto de decisiones que apuntan en la misma dirección. Los acontecimientos recientes en Medio Oriente lo confirman. La acción militar coordinada entre Estados Unidos e Israel contra Irán responde a la nueva lógica de intervenir cuando se perciben amenazas directas al equilibrio estratégico y de preservar la credibilidad de la disuasión. No es una reedición de las intervenciones indiscriminadas del pasado, sino un uso selectivo del poder, apoyado en la capacidad real de acción.
Se pueden identificar cuatro líneas claras.
La primera es la recuperación de la soberanía productiva. Washington ha dejado de ver el libre comercio como un fin en sí mismo y lo subordina a la seguridad nacional. La reindustrialización, el control de las cadenas de suministro y la protección de sectores estratégicos se han convertido en decisiones de poder.
La segunda es la ampliación del concepto de seguridad. Migración irregular, narcotráfico, infraestructura crítica, tecnología y energía forman parte del mismo problema estratégico. La frontera ya no es sólo una línea territorial.
La tercera es la competencia estructural con China. No es una rivalidad ideológica clásica, sino una disputa por tecnología, recursos y cadenas de suministro. La seguridad energética, incluido el control de rutas estratégicas y de zonas clave de producción de petróleo y gas, vuelve a ocupar un lugar relevante dentro de ese tablero. Quien controle esos factores marcará el ritmo del siglo.
La cuarta es el reordenamiento del hemisferio occidental. América Latina vuelve a ser relevante por razones concretas: migración, narcotráfico, minerales críticos y presencia de potencias extrahemisféricas.
Este cambio tiene implicaciones directas para Bolivia.
El país deja de ser periférico. El narcotráfico, la debilidad institucional y la disputa por recursos estratégicos lo sitúan en una posición distinta. En la nueva lógica estadounidense, los países serán evaluados por tres variables: control territorial, estabilidad institucional y alineamiento estratégico.
Un Estado que no controla su territorio o tolera redes criminales deja de ser socio y pasa a convertirse en un problema.
Pero esta lógica también abre oportunidades. Un país con Estado de derecho, seguridad jurídica, reglas claras y estables, y justicia confiable puede convertirse en un buen socio estratégico.
La nueva doctrina estadounidense no es una cruzada moral. Es la respuesta de una potencia que ha comprendido que seguridad y producción vuelven a estar unidas y que, en determinados escenarios, puede traducirse en una demostración de poder, incluso con el uso directo de la fuerza.
El margen para la ambigüedad se ha agotado. Los países que no corrijan a tiempo sus debilidades o pretendan jugar a ambos lados terminarán asumiendo el precio de sus propias decisiones.
Hasta hace poco, Bolivia había optado por un alineamiento claro con uno de los bloques. Hoy, el restablecimiento de relaciones con Occidente sugiere un cambio de dirección.
Bolivia está en el momento preciso de definir qué lugar ocupar.
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