Abril 26, 2026 -HC-

El limbo de la adolescencia


Domingo 26 de Abril de 2026, 10:15am




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El limbo es un concepto teológico no oficial de la tradición católica medieval que describe un estado o lugar para las almas que, aunque no han cometido pecados personales, cargan con el pecado original, lo que les impide entrar al cielo sin condenarlas al infierno. En el habla cotidiana, "estar en el limbo" se ha convertido en la frase predilecta para describir a quien está desconectado de la realidad o se encuentra en una situación de incertidumbre, falta de claridad y suspensión, habitando un "borde" difuso entre dos estados.

Este limbo simbólico se manifiesta con crudeza en nuestra sociedad boliviana a través de una prisa casi violenta por "adultizar" a niñas y niños, especialmente a quienes transitan entre los 14 y 18 años; queremos que asuman responsabilidades, que tomen decisiones definitivas y que se comporten con una madurez que la naturaleza aún no les ha entregado. Esta realidad se ha hecho evidente en estos días cuando en las calles, en las redes sociales y, hasta en encuentros universitarios, nos hemos enfrentando a un vacío ético en la discusión de lo que la sociedad debe o no hacer para proteger su integridad sexual.

Para entender este estado de suspensión en el que situamos a la adolescencia, es imperativo detenernos en los saberes del desarrollo humano, tomando cuatro pilares fundamentales:

  • En primer lugar, la fisiología nos enseña que el crecimiento no es un evento que concluye con la pubertad. Somos adultas y adultos cuando nuestro cuerpo —piel, huesos, músculos y órganos internos— completa su maduración osteomuscular y orgánica; un proceso que suele consolidarse apenas entre los 18 y 25 años. Antes de eso, el organismo sigue siendo un territorio de cambio que invierte toda su energía en terminar de construirse a sí mismo.
  • En segundo lugar, la neurología revela el secreto más profundo de este limbo. La madurez biológica real ocurre cuando las conexiones neuronales de la corteza cerebral, específicamente del lóbulo prefrontal, terminan la llamada "poda neuronal" y el proceso de mielinización. Este es el centro de mando de las funciones ejecutivas como el pensamiento abstracto, la previsión de consecuencias y la verdadera toma de decisiones. Este proceso fundamental concluye también entre los 18 y 25 años.
  • En tercer lugar, la psicología establece que la adultez es la culminación de un complejo tránsito biopsicosocial: pasar de la autonomía -capacidad de autorregulación ética para actuar por cuenta propia- a la independencia -capacidad de sostenerse integralmente, asumir las consecuencias de las acciones y alcanzar el sustento económico-. Este proceso es fruto del desarrollo humano, y rara vez ocurre antes de los 18 años.
  • En cuarto lugar, la sociología del curso de vida nos indica que la adultez es una transición fundamental en el contrato de cuidado social. Este hito se alcanza cuando la persona logra la estabilidad para transitar del rol de sujeto protegido —sostenido por el andamiaje comunitario— al rol de protector activo. Sociológicamente, una persona es adulta cuando su desarrollo le permite dejar de ser el centro del cuidado para convertirse en el garante de la seguridad de las nuevas generaciones.

Gracias a este amplio conocimiento, nos hemos percatado que la legislación interna, en su afán de modernización, ha generado grietas en la necesaria protección de niñas y niños, y, comenzamos a recordar que el año 1990 Bolivia ratificó la Convención sobre los Derechos del Niño -instrumento vinculante que establece que la niñez comprende desde los 0 hasta los 18 años-; que el año 2000, en el gobierno de Hugo Banzer, se redujo la mayoría de edad en el Código Civil, de los 21 años a los 18 años; que, el año 2014, en el gobierno de Evo Morales, se promulgó el Código Niña, Niño y Adolescente, que, reconoce como niñas y niños a menores de 12 años y como adolescentes a quienes se encuentran entre los 12 y 18 años.

Esta evolución legal ha derivado, paradójicamente, en una vulnerabilización de la protección, pues socialmente se está utilizado la etiqueta de "adolescente" para retirar el escudo de protección social a niñas y niños de 14 a 18 años. Hoy, quienes viven en este limbo son víctimas de una triple lectura distorsionada: para la sociedad de consumo, son "jóvenes" con poder adquisitivo o capacidad de mover la economía en su deseo de hacerse personas adultas; para las personas depredadoras, son “adolescentes coquetos” que pueden ser seducidos por su inquietud hormonal; y para las familias, son “infantes sin voz” que no supieron o no pudieron proteger.

Si bien, la discusión sobre leyes dirigidas a la protección de la sexualidad de las y los adolescentes sucedida en nuestro país, resultó molestosa y hasta polarizadora, también está resultando útil para evidenciar la ética y la moral en la que nos estamos desenvolviendo. Más allá de ello, es preciso tomar este momento de crisis para eliminar el peligroso lugar en el que estamos situando a nuestras niñas y niños, denominados adolescentes, pues no podemos permitir que el vacío legal sea la puerta de entrada para la violencia.

La sociedad debe volver a abrazar a las personas adolescentes como lo que son: niñas y niños con derecho a habitar su tiempo, a terminar de podar sus neuronas, a fortalecer sus huesos y a encontrar su capacidad de ejercer sus funciones mentales ejecutivas, sin el acoso de una "adultez" impuesta.

La comunidad debe elegir, de una vez por todas, ser su escudo y no su trampa. En las manos y conciencia de la sociedad adulta está el evitar sumergir a las niñas y niños llamados adolescentes en el limbo en el que por comodidad los estamos situando.

Marynés Salazar Gutiérrez Ph. D. (Investigadora, educadora, filósofa, política, forense, sexóloga y psicóloga / Directora de Psinergia / Docente UCB, UMSA, UPEA / Consultas al 69786000)

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