Junio 25, 2024 [G]:

Bolivia no existiría sin las madres


Lunes 27 de Mayo de 2024, 7:00pm






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De algo estoy segura: una madre crió Bolivia, construyó al boliviano, levantó una nación.

A veces pienso en eso y recuerdo cómo Shaka, comandante de los zulúes en África, murió en vida cuando falleció su madre y, con su dolor, cayó su imperio. Recuerdo también que el escritor Luis Raimundo le dedicó un libro a la ausencia de la maternidad, a la "X", a la que no tenía nombre, a la que le negó aquel amor fundamental. Me pongo a pensar en las variadas formas en las que Cristian Laime retrata a su progenitora en su arte: la ternura de ella entre flores, la fuerza de su piel morena. Ella, su total inspiración.

¿Por qué es tan importante una madre? Ya que himnos, loas, versos y narraciones sobre ella no faltan.

En nuestro caso, Bolivia es un país de la ausencia paterna, de ese fantasma omnipresente que recae en un problema social. Muchos padres fueron y son duros, faltos de afecto o sencillamente abandonan a sus hijos. Si hubiésemos dependido de ellos, este país hubiese padecido entre borracheras y puñetes.

Yo crecí presenciando mucha violencia hacia las mujeres que resguardaban los apellidos de mi familia, criándonos, aunque esos apellidos que custodiaban no eran de ellas. ¿Cómo se sentirían? ¿Cómo sacaban la frustración de criar, trabajar y de paso dar afecto?, cuando ellas no lo tenían. Daniela Catrileo, escritora mapuche, en su libro Piñén, retrató a una madre que, al momento de peinar a su hija, lo hacía torpemente, la lastimaba, le apretaba la cabeza y rasgaba sus ojos en esos tirones, nunca le preguntó si le dolía, aunque escuchara algunos quejidos. La niña lo interpretaba como esos momentos en los que su madre podía desquitarse un poco por la realidad que le había tocado.

En mi caso, pasaba igual, pero un día la Adela, después de contestarle de mala gana, me agarró del cabello, me arrastró hasta la pila e hizo que el agua fría corriera por todo mi cuerpo. Yo intenté escapar entre gritos y empujones, pero ella me sostuvo debajo del agua o para asustarme con la asfixia o en verdad buscaba matarme, no sé. Pero cuando llegaba al límite, ella, como me lo hacía saber gritando, era la única que podía quitarme la vida porque le había costado dármela. Y sí, le había costado.

En cuanto se daba cuenta del daño, como si saliera de un hechizo, dejaba de lastimarme, se volvía cariñosa, me cambiaba la ropa, me peinaba y lloraba conmigo. Se disculpaba y me decía que le perdone. Éramos dos niñas. Yo buscando consuelo y ella buscando de alguna forma sentir menos dolor, buscando ahogar ese peso. Ahora, siendo adulta, la entiendo. Esos dolores que cargaba, esa frustración que acumulaba, nunca la cargó mi padre como ella. Adela me llenó de momentos tristes, pero así mismo los compensaba con un amor constante y desinteresado que se hizo más grande cada día.

"¿Qué cosita quieres que te lo cocine?", me decía cada que cumplía años. Adela no me decía que me quería antes, ambas aprendimos a darnos afectos verbales recién. Antes ella me lo cocinaba nomás, cuando llegaba a visitarla, cuando había un evento importante o cuando llegaba de viaje. Me lo hacía papa a la huancaína, es mi plato favorito. La comida es el lenguaje de las madres, ese gesto de amor tiene tantos sabores y aromas, tantas formas de comerse. Fueron ellas quienes nos alimentaron, haciendo manjares y delicias con lo poco que tenían, con lo tanto que les faltaba, pero con lo mucho que querían darnos.

Ellas podían habernos abandonado como tantos hombres, o podían haber sido indiferentes con nosotros, pero decidieron lo más difícil: criarnos con amor, a pesar de la violencia social que las sigue castigando. Han forjado generaciones fuertes a las que han llevado sobre la espalda en awayos o cuidándolas sobre el pavimento mientras vendían. Ese niño, esa niña a la que un día decidieron criar solas, son los que hoy están haciendo de este país un lugar diferente. Ojalá fuese suficiente. Ojalá pudiésemos corresponder a tanto sacrificio. Ojalá los verdaderos héroes no sean sólo aquellos que empuñan armas, sino quienes, a pesar de la violencia y las adversidades, deciden crear un país con afecto, compasión y un platito de comida.  

Les debemos este país, esta nación es suya. Gracias a ustedes es que aún hay fuerzas y razones para seguir viviendo, porque como dice el comediante Carlos Ballarta, "yo ya no quiero vivir, pero mi mamá se enoja si me muero".

Gracias, madres.

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