La persistencia de la prebenda en las campañas electorales contemporáneas representa una de las anomalías más desconcertantes de la cultura política democrática, una suerte de atavismo que sobrevive no por su eficacia, sino por la inercia de una clase dirigente incapaz de trascender la lógica del clientelismo básico.
En el contexto de las elecciones subnacionales en Bolivia, este fenómeno alcanza niveles que rozan lo tragicómico: candidatos que, en pleno auge de la inteligencia artificial y el análisis de grandes datos, prefieren medir su éxito por la cantidad de platos de comida servidos en una reunión o por el volumen de una marcha que paraliza una ciudad.
Esta práctica no solo es un gasto insulso de recursos económicos que podrían destinarse a la formación de cuadros o a la elaboración de planes de gobierno técnicos, sino que constituye un profundo autoengaño colectivo. El candidato se miente a sí mismo creyendo que el asistente a una rifa es un voto asegurado, cuando la ciencia política moderna y la sociología del comportamiento electoral han demostrado que la relación entre el beneficio material inmediato y la lealtad en las urnas es, en el mejor de los casos, espuria.
El ciudadano, en una respuesta adaptativa de supervivencia, acepta el regalo, participa de la cena y se suma a la movilización como quien cumple un trámite social, pero mantiene su decisión de voto en una esfera de privacidad e independencia que la prebenda rara vez logra penetrar.
Desde una perspectiva ética, la prebenda es una afrenta a la dignidad del elector. Tratar al ciudadano como un sujeto cuya voluntad es transable por una dádiva despoja a la política de su carácter deliberativo y la reduce a una transacción mercantil de bajísima ralea. Se asume que el votante carece de la capacidad intelectual para evaluar propuestas programáticas y que solo reacciona ante estímulos gástricos o materiales. Esta visión paternalista y degradante se ve agravada por el uso que se les da a las nuevas tecnologías en la actualidad.
Resulta paradójico y decepcionante observar que herramientas diseñadas para la segmentación precisa de mensajes, el diálogo bidireccional y la transparencia, terminen siendo utilizadas como simples vitrinas para transmitir, en vivo y en alta definición, las mismas prácticas de hace un siglo. Las redes sociales se han convertido en meros álbumes de fotos de concentraciones masivas, donde el valor se mide en "likes" a una foto de una plaza llena, replicando la lógica de la política de masas del siglo XX en un entorno que exige profundidad y personalización. Lejos de democratizar la información o elevar el debate, la tecnología se ha subordinado al espectáculo de la movilización física, convirtiéndose en una caja de resonancia de un ritual vacío.
El costo de oportunidad de este modelo es incalculable. Mientras las campañas se consumen en la logística de las marchas y el financiamiento de regalos, se descuida la construcción de una visión de país o de región que sea capaz de responder a los retos de la modernidad. La política boliviana parece atrapada en un bucle temporal donde el progreso tecnológico es solo el envoltorio de un contenido arcaico. Si la legitimidad de un candidato sigue dependiendo de su capacidad para llenar una avenida mediante el acarreo y la promesa de un beneficio efímero, la democracia se debilita, pues se fundamenta en la ilusión del apoyo y no en la convicción de la idea.
Es imperativo que la sociedad civil y los actores políticos cuestionen esta dependencia de la prebenda; de lo contrario, seguiremos viendo cómo la innovación tecnológica solo sirve para documentar la persistencia de nuestra propia obsolescencia política, perpetuando un sistema donde el recurso se derrocha y el ciudadano se ignora bajo la máscara de una fiesta electoral que no deja más que resaca y desencanto.
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