Para analizar este fenómeno, quiero comenzar compartiendo una definición que encontré en internet sobre los therians. Se describen como personas que se sienten identificadas con el simbolismo de un animal y que, a partir de esa identificación, adoptan elementos estéticos y ciertos comportamientos asociados a ese animal como forma de expresión personal.
Busqué también voces desde la salud y encontré una entrevista a Mariana Labbé, doctora de la Clínica MirAndes y especialista en salud mental en Chile, quien señala que este fenómeno suele manifestarse en la adolescencia como parte de la búsqueda de identidad y de pertenencia a una comunidad. Lo relevante, puntualiza, es que estas personas no creen literalmente ser animales; no existe una pérdida de contacto con la realidad. La preocupación surgiría si se produjera una ruptura con la realidad.
Por otro lado, y como era de esperar, muchos medios de comunicación han comenzado a informar cada vez más sobre este fenómeno. Lo que llama la atención es la diversidad de enfoques con que se aborda el tema. Algunos lo presentan desde lo anecdótico o incluso lo gracioso; otros desde la incredulidad; y otros intentan normalizar apelando al derecho individual de cada persona a construir la identidad que desee, sin profundizar necesariamente en las implicancias culturales, sociales o psicológicas que puedan estar en juego.
En esta exploración también escuché a Agustín Laje, politólogo argentino y autor de varios libros —entre ellos Guerra Cultural—, quien analiza los fenómenos identitarios contemporáneos desde una perspectiva crítica vinculada a los debates culturales actuales.
Laje sostiene que detrás del fenómeno therian existiría una filosofía común con la ideología de género, apoyada en un marco conceptual desarrollado por diversos intelectuales, entre ellos Judith Butler. Desde esa perspectiva, se plantea que cada persona puede autopercibirse —sin importar su sexo biológico— como mujer, hombre o identidad no binaria. Aunque en sus orígenes esta postura no fue ampliamente aceptada, a partir de la década de 2010 comenzó a influir en distintos sistemas educativos a nivel mundial
Advierte además que este tipo de expresiones —que él califica como una ridiculez— estarían siendo legitimadas desde ciertos espacios académicos, mencionando como ejemplo la Universidad de Cambridge, y que podrían constituir la antesala de un movimiento cultural que luego derive en un movimiento político orientado a normalizar y promover nuevas identidades como igualmente válidas.
La pregunta que me surge es: ¿qué viene después? ¿Un sistema educativo que promueva y normalice concepciones que puedan generar confusión respecto de la identidad humana?
En mi investigación escuché la entrevista a una madre argentina que, al referirse a su hijo therian, señalaba que no comprendía por qué actuaba así y que se sentía
incompetente para abordar el tema. Atribuía la situación, en parte, a la influencia de sus amistades.
Esto me llevó a reflexionar sobre la urgencia de que los padres intervengan en los procesos formativos de sus hijos de manera consciente, estratégica y sistemática, no recién en la adolescencia —etapa que suele ser más desafiante—, sino desde una edad temprana. Cuando la intervención comienza a los 12 o 13 años, no solo puede resultar más difícil regular y orientar conductas, sino que muchas bases ya están formadas.
Por ello, considero urgente asumir una postura clara. Desde el mundo adulto, el mensaje no debería dejar espacio a la ambigüedad. La formación requiere marcos regulatorios y orientación; sin ellos, niños y jóvenes pueden sentirse desorientados y experimentar confusión en etapas sensibles del desarrollo.
Si padres y madres vislumbran una forma de ser y actuar sólida en sus hijos, la tarea comienza desde el nacimiento, brindando guía y una orientación clara. Implica impulsar una cultura de virtudes en el hogar y garantizar que sus hijos se relacionen con amistades sanas, con quienes compartan actividades deportivas, creativas, intelectuales y, por supuesto, de servicio a la comunidad.
Cuando esta base se construye desde temprano, al llegar a la adolescencia los jóvenes cuentan con una estructura de personalidad más sólida y encauzada hacia aquello que resulta constructivo para ellos y su entorno.
Los padres están llamados a contribuir activamente a que sus hijos construyan un carácter distintivo, sólido y con una identidad clara y sana, que no dé cabida a manipulaciones e influencias, principalmente redes sociales.
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