En los intersticios de la tertulia radial, cuando los colegas de Estudio Estadio hacen una pausa entre las acerbas críticas y las tímidas loas a la Selección Boliviana que se prepara para un repechaje sin brújula, surge —como quien no quiere perturbar el cauce del debate— un recuerdo que se desliza con la suavidad de un susurro, “el nostalgia fútbol club”, una vez más la frase que prácticamente se volvió patrimonio del programa radial que tarde a tarde invita a los oyentes a escuchar criterios diversos en el ambiente futbolero de Monumental: el Bolívar de antaño, aquel que bajo el liderazgo del extinto Mario Mercado, solía estremecer los titulares con contrataciones que parecían arrancadas de un sueño continental.
Porque eran otros tiempos, años de epopeya y de resonancia. La llegada de Luis Galván, campeón del mundo con Argentina, no era simplemente un fichaje: era la materialización de un ideal, la encarnación de un club que se atrevía a mirar de frente al Olimpo futbolístico. Javier Zeóli, arquero de la selección uruguaya, Jorge Olaechea y Jorge Hirano, seleccionados peruanos, el primero con presencia mundialista; Miguel Sanabria, ariete paraguayo, Thomas N’Komo, estandarte camerunés, y Rafael Dudamel, voz y manos de Venezuela; solo por dar algunos nombres al azar, conformaban un mosaico de personalidades que se pronunciaban con reverencia, como si fueran versos de una epopeya escrita en césped y sudor.
Por supuesto, ni qué decir de los jugadores nacionales; todos y cada uno, marcaron la historia del fútbol boliviano desde hace una centuria. No por nada quedó la frase de Fernando Diez de Medina, destacado intelectual, historiador y escritor boliviano que dijo “veo jugar al Bolívar y siento que se me aclara el alma”.
La Paz, con su aire enrarecido y su cielo de azul profundo, se convertía entonces en escenario de un teatro universal. Cada contratación era un golpe de gong que resonaba en periódicos, programas deportivos y conversaciones de café. Bolívar no solo reforzaba a La Academia, sino que construía la ilusión de un país que, por instantes, se sentía protagonista de la Copa Libertadores. Era la época de lo rimbombante, de lo fastuoso, de lo que se anunciaba con fanfarrias y se recibía con multitudes.
Hoy, sin embargo, la sinfonía se ha tornado más discreta, más austera, más prudente. Tras un centenario que se deslizó como sombra, Bolívar ha optado por un perfil bajo, casi monástico. La incorporación de Christian Alemán, volante de oficio, y Xavier Arreaga, zaguero de probada trayectoria en su país y en su selección, es un gesto sobrio, contenido, que contrasta con el estrépito de antaño. Son nombres respetables, sí, pero no evocan la magnificencia de aquellos que llegaban con la aureola de campeones mundiales o ídolos continentales.
No se trata de crítica, sino de constatación. Los tiempos han mutado, como cambia la luz al caer la tarde: de la incandescencia al crepúsculo, del ruido al silencio, de la ostentación a la mesura. Bolívar, otrora símbolo de la exuberancia, hoy se mueve con la cautela de quien sabe que la grandeza no siempre se mide en nombres rutilantes, sino en proyectos sostenibles. La antítesis es evidente: donde antes había estrépito, hoy hay discreción; donde antes había vértigo, hoy hay prudencia.
Y, sin embargo, la memoria insiste en recordarnos que hubo un tiempo en que cada contratación era un poema épico, un relato que se escribía en titulares y se recitaba en cabinas radiales. Ahora, el relato es distinto: más íntimo, menos espectacular, pero quizá más acorde con la realidad de un fútbol que ha movido sus coordenadas. El romanticismo de ayer se enfrenta al pragmatismo de hoy, y en esa tensión se dibuja la historia de un club que sigue siendo faro, aunque su luz ya no enceguezca, sino ilumine con discreción.
Así, entre comentarios sobre la Selección que aún no encuentra mejora y la evocación de un Bolívar que ya no rompe titulares, se instala la certeza de que los tiempos han cambiado. Y en esa constatación, más que nostalgia, hay un reconocimiento: el fútbol, como la vida, es un río que nunca se detiene, que fluye entre lo grandilocuente y lo sobrio, entre lo memorable y lo olvidable. Bolívar, ayer coloso de contrataciones, hoy discreto en sus anuncios, sigue siendo espejo de un país que busca, entre la memoria y la esperanza, su lugar en la historia.
El fútbol, como la tecnología, se ha convertido en un organismo que muta con una rapidez vertiginosa. Cada temporada parece un nuevo software informático que exige actualización inmediata, capacitación constante y una comprensión casi algorítmica de sus códigos. Los sistemas tácticos se asemejan a lenguajes de programación que cambian de versión sin previo aviso, y los jugadores deben adaptarse como procesadores que buscan no quedar obsoletos. En esa vorágine, el espectador común, incluso el periodista avezado, pierde el hilo de la velocidad y se siente como un usuario que intenta descifrar un programa que ya ha sido reemplazado por otro más sofisticado.
Sin embargo, en medio de esa aceleración incesante, nos aferramos a los recuerdos del pasado como quien guarda un viejo disco de vinilo en una era de plataformas digitales. Evocamos las contrataciones rimbombantes, los nombres que resonaban como sinfonías, porque en ellos encontramos un ritmo más humano, menos mecánico, más cercano a la épica que a la lógica binaria. El deporte, en su metamorfosis hacia lo tecnológico, nos obliga a aceptar que la nostalgia es también una forma de resistencia: un refugio contra la fugacidad, un recordatorio de que hubo un tiempo en que el fútbol era relato, y no solo actualización de sistema.
-Don Mario, ¿cómo se le ocurre contratar a Maradona y pagarle un millón de dólares por partido?
- Tengo un sueño, quiero que el Bolívar sea Campeón de la Copa Libertadores de América.
“Nostalgia fútbol club… nada, nada es como ayer”.
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