Junio 19, 2024 [G]:

Una solución civilizada


Viernes 26 de Abril de 2024, 12:30pm






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Aunque lo intento y persisto hasta la extenuación soy incapaz de escribir una historia decente. Como te dije, trato de hacerlo, busco el momento adecuado y me rodeo de extraordinarios guías al alcance del bolsillo agujereado de un profesor de literatura latinoamericana del siglo XX en una universidad de medio pelo perdida en un ubérrimo lugar entre Nuevo México y Texas que no merece siquiera la mención. Pero, en fin, aquí me tienes de nuevo, enfrentando ese insondable océano de aguas turbulentas que es la pantalla de plasma de mi ordenador personal. Por fortuna, tengo a Beatrix al lado, preparando la cena mientras repaso los exámenes semestrales. Tú sabes perfectamente cuánto odio ese ejercicio. Detesto leer las respuestas de mis alumnos a quienes desprecio desde lo más hondo de mi ser. Considero que son una pandilla de zafios que no merece siquiera un minuto de conmiseración intelectual. Sin embargo, admito que necesito la cátedra porque ahí están las cuentas por pagar y las deudas contraídas con los bancos que no te perdonan un día de atraso. Pero, como te decía, aún me queda Beatrix y sus ensaladas en verano y sopas en invierno, su mirada serena y, en algunos casos, condescendiente durante todo el año y sobre todo su silencio. Creo, sin temor a equivocarme, que eso es lo que más aprecio o, corrijo, he aprendido a apreciar, en veinte años de matrimonio. Ella es discreta y prudente, jamás hace una pregunta a destiempo y su voz suele ser áspera y cálida al mismo tiempo, sin altisonancias ni estridencias. Lo admito, tuve suerte.

  El problema, como comprenderás, es que tanta corrección acaba liquidando el matrimonio y uno no es de piedra. Me explico para que no pienses mal de mí, sobre todo después de todo lo que se dijo, incluso se publicó en la prensa local causando, naturalmente, una conmoción entre los respetuosos de las buenas costumbres y el formalismo conservador de esta sociedad pacata e hipócrita. Pero, ¿qué hubieras hecho tú en mi lugar? Probablemente lo mismo. Todo empezó con la invitación a la cena anual del rector de la universidad, un académico estirado de modales elegantes. Aquella nota rezaba: “El doctor Herbert Murray tiene el honor de invitar a usted al banquete para recaudar fondos destinados al departamento de investigación social. La recepción comenzará a las siete en punto”. Hasta ahí, todo era adecuado. No era la primera vez que recibía una invitación de aquellas características y, por lo general, nunca me había excusado. Pero las circunstancias eran diferentes. El sobre rotulado estaba dirigido a mí, es decir, Profesor Joseph Durant y añadía un respetuoso y considerado “y señora”. Pensé, primeramente, en disculpar mi ausencia alegando un “fuerte resfriado”; luego analicé la posibilidad de viajar a la costa por el fin de semana o, en un caso extremo, matar a mi madre (fallecida por causas naturales hace tres años) y, después de recibir las condolencias que amerita una pérdida tan sensible, solicitar tres días de permiso para viajar al sepelio. Creo que leí sobre algo parecido en algún relato corto de Hammet o quizás de Chesterton, no lo recuerdo con precisión; como fuere estaba en un aprieto muy serio y necesitaba resolverlo de inmediato sin herir la sensibilidad de Beatrix y, por supuesto, de Eulah.

  La conocí en una de mis clases. Ella se había sentado en la última hilera de bancos, allá donde suelen hacerlo los oyentes o aquellos que huyen de otros cursos y encuentran un refugio en las palabras de un catedrático apasionado de García Márquez y Octavio Paz, aunque se trate de estilos contrapuestos. Recuerdo, perfectamente, que levantó su mano derecha reclamando mi atención. De hecho, lo consiguió. Conozco a cada uno de mis alumnos (sí, los mismos a quienes repudio) y jamás había reparado en una joven de no más de ventipocos años, cabello crespo, negro azabache y la piel bronceada, como si hubiera nacido en una de las magníficas y soleadas islas del Caribe. “Disculpe, señor. Acabo de leer Cien Años de Soledad y me pregunto si el coronel Aureliano Buendía está basado en algún personaje real”, dijo poniéndose en pie, elevándose entre el resto, mediocre y empobrecido, con una media sonrisa, quizás un tanto pícara, y la mirada lo bastante impertinente y seductora para provocar en este hombre una sensación de placentera inquietud que creía olvidada en algún rincón de mi vida errática y desordenada, únicamente apaciguada por el carácter pacífico y silente de mi buena Beatrix. Por un instante congelado en el tiempo, aquella joven me pareció la encarnación del pecado carnal, alguien por quien merecía la pena perder la cabeza, el honor y, si mi apuras, algo más. No es que fuera una belleza destinada a alentarme a cometer una locura como dejarlo todo e irme de casa dando un portazo y explicándole a Beatrix que pasan cosas como esas, uno se enamora y, qué se le va a hacer, mi vida, sabes que no era mi intención pero… Tú ya me entiendes, Paul.

  Lo cierto es que dejé los complejos de lado y le propuse responder a su pregunta en el cafetín de la esquina, un lugar donde era habitual que profesores y alumnos intercambiaran criterios sobre esto y aquello en un ambiente distendido, alejado de la solemnidad del aula. Allí, en medio de dos tazas de café expreso, me enteré de que su nombre era Eulah y que, evidentemente, leía con desenfreno. De hecho, había aprendido español en secundaria y lo entendía a la perfección. Ignoro cuánto tiempo destiné a explicarle mi particular interpretación sobre la metáfora del personaje del coronel Aureliano Buendía que retrataba a los militares que gobernaban varios países de América Latina, pero lo cierto es que comenzamos a frecuentar aquel local todas las tardes a eso de las cinco. Si quieres puedes llamarlo amor, no te lo voy a reprochar ni tengo intención de esforzarme un segundo en ello. Es posible, y en eso tal vez termine dándote la razón, que haya sido pasión; sí, del tipo que surge entre dos personas con una química intelectual muy particular, incomprensible para el común denominador de las personas enfrascadas en el trabajo, el dinero y el acceso al poder. Aunque no lo creas, apenas hubo un roce, un beso furtivo y, lo reconozco, un escarceo exploratorio por debajo de la mesa pero no pasó a mayores. Por Dios, amigo mío. Soy un hombre casado muy leal y muy fiel, sin intenciones de dañar a Beatrix porque no se le merece. Ni yo tampoco, a decir verdad. Entonces, te preguntarás a estas alturas, cómo resolví el entuerto. Pues, en realidad, fue bastante sencillo.

  Considerando inviable separarme de Beatrix por sus conocidas virtudes, esperé a que llegara la noche y después de cenar y a punto de irnos a dormir, le conté sobre la estudiante que había conocido en la universidad. “¿Estás enamorado de ella?” me preguntó a bocajarro. “Supongo que sí”, repuse con la honesta inocencia de un niño atrapado haciendo trampa en un examen de matemáticas. “Pero yo soy tu esposa y no tengo intención ni ganas de separarme ni de cambiar mi modo de vida. Estoy segura de que encontraremos una solución civilizada”, dijo tomando a sorbos una taza de té que recién apuró cuando leyó en mi mirada, al fin, la quietud que tanto anhelaba. “Quizás algún día escribas sobre esto”, sentenció equivocándose de principio a fin, porque no consigo desbloquearme y, en resumidas cuentas, he acabado aceptando mi nulidad creativa. En cambio, y esto se lo debo enteramente a Beatrix, me presenté en la cena del rector. Lo hice vistiendo un terno azul marino, clásico y distinguido, una camisa Oxford, blanca con rayitas azules y mi único par de zapatos bien lustrados. El doctor Murray daba la bienvenida en la puerta de su casa con una sonrisa amplia. Al verme enarcó las cejas y yo, sin pensármelo dos veces dije:

-Le presento a Beatrix mi esposa y a Eulah, la mujer que amo.

Y de ese modo tan civilizado cavé mi tumba en el cementerio de las almas perdidas.  

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