No hay duda de que, para muchos padres, las pantallas se han convertido en una suerte de salvavidas al que se recurre cuando se necesita distraer o entretener a los hijos. Por ello, la escena de niños pequeños con un celular en las manos —interactuando de manera natural y con una maestría abrumadora, realizando sus propias búsquedas o incluso haciendo llamadas— ya no nos resulta llamativa. De hecho, en un mundo hiperconectado, en el que los adultos dedicamos en promedio cerca de seis horas semanales a navegar por redes sociales y aplicaciones de productividad, administrando asuntos financieros e incluso gestionando nuestros propios negocios, las pantallas han pasado a ocupar un lugar casi equivalente al de un órgano vital. Son, en definitiva, un apéndice más.
Ante este estilo de vida, lo importante es que seamos un poco más conscientes de los pros y los contras del uso de las pantallas, principalmente del impacto que tienen en el proceso formativo de los niños. Los padres, de manera activa y responsable, deben informarse para tomar las mejores decisiones en la crianza de sus hijos. Fuentes para ello existen más de las que uno imagina; solo hay que buscarlas.
Un ejemplo a considerar es el documental de Netflix El dilema de las redes sociales (2020). Lo vi en más de una ocasión y extraje una gran cantidad de información que me resultó útil para seguir profundizando en el tema. El documental explora cómo las plataformas digitales y las redes sociales están diseñadas para captar nuestra atención, generar adicción y manipular comportamientos.
A través de entrevistas con exempleados de empresas tecnológicas como Google, Facebook e Instagram, se explica cómo los algoritmos priorizan el comportamiento y la interacción adictiva de los usuarios por sobre su bienestar, afectando especialmente a adolescentes y niños. Este documental debería ser un imprescindible para los padres; casi una obligación.
Si quienes diseñaron las redes sociales hoy advierten sobre sus riesgos para los niños, se trata de una señal de alerta poderosa para los adultos. Resulta revelador que muchos de estos exdirectivos tecnológicos prohíban el uso de redes sociales y pantallas en sus propios hijos, especialmente antes de la adolescencia. Lo dicen con claridad: las plataformas no fueron diseñadas pensando en el bienestar infantil. Se construyen para maximizar el tiempo de permanencia —con los riesgos que ello implica— y no para favorecer el desarrollo cognitivo o emocional de los niños.
Exempleados de Meta (Facebook e Instagram) han afirmado, además, que la empresa conocía —a partir de estudios internos— que Instagram podía agravar la ansiedad, la depresión y los trastornos de imagen corporal, especialmente en niñas adolescentes.
La adicción digital no es un efecto colateral, sino un objetivo buscado. El propósito explícito es capturar y monetizar la atención. Existen numerosos estudios que señalan que las redes sociales y las plataformas digitales pueden resultar tan adictivas como ciertas drogas. Una droga que, en muchos hogares, se consume de manera comunitaria a toda hora del día. Me incluyo en ese grupo, con o sin justificación, porque esa es la realidad: las pantallas saben cómo cautivarnos.
Otro gran “contra” es el impacto en el desarrollo social, ya que se reduce el tiempo de juego libre, esencial para el desarrollo emocional. Se afecta la capacidad de concentración, la tolerancia a la frustración y la empatía, y se debilitan las relaciones cara a cara, fundamentales durante la infancia.
Ante estos “contras”, el llamado es a la regulación y a una responsabilidad ética tanto al interior de los hogares como desde las políticas públicas, especialmente en los sistemas educativos. De hecho, cada vez más países están implementando medidas para regular o prohibir el uso de teléfonos móviles en las escuelas, frente a la creciente evidencia de que estos dispositivos pueden distraer, afectar la atención y tener impactos negativos en la educación y el bienestar de niños y adolescentes. Entre los países que ya han avanzado en esta línea se encuentran Francia, Finlandia, Brasil, Países Bajos y Corea del Sur.
¿Y en Bolivia? Este es un tema que comienza a instalarse en la agenda. Se discute en el Ministerio de Educación y aparece como una preocupación entre algunos legisladores. Ojalá así sea.
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