A días de celebrar el 6 de agosto, la Alameda, en Santiago, se convirtió en un espacio para traer un poquito de Bolivia a una de las avenidas más icónicas de la capital chilena. Fueron 33 conjuntos folclóricos los encargados de mostrar, con alegría y mucho orgullo, la riqueza de nuestra cultura.
A lo largo de cerca de un kilómetro y medio, desde el Metro Universidad Católica hasta Los Héroes, mis sobrinos Anahí y Matías fueron testigos de cómo la comunidad boliviana, con su colorido, su música y su diversidad, mostraba un rostro de Bolivia que muchos chilenos aún no conocen. Aunque dejaron La Paz siendo muy pequeños, ambos conservan un profundo apego por sus raíces. Mientras conversábamos sobre la experiencia, Matías me dijo una frase que resume perfectamente lo vivido: "Las calles olían a Bolivia". No solo por ese ambiente que evocaba a su tierra, sino también porque, a lo largo del recorrido, el aroma de las salteñas y los cuñapés acompañaba las danzas.
Llevo poco más de 18 años viviendo en Santiago, tiempo en el que, poco a poco, la cultura de nuestro país se ha hecho cada vez más visible. Cuando llegué, encontrar productos típicos de Bolivia era una tarea casi imposible. Quinua, chuño, tunta, papaya, mote, yuca o plátano verde eran alimentos que simplemente no estaban disponibles. Con el paso de los años y con la llegada de nuevos grupos migrantes, la diversidad culinaria en Chile se enriqueció significativamente, y Bolivia también comenzó, poco a poco, a perder la timidez y a mostrar sus riquezas. Hoy, todos esos productos forman parte de la oferta habitual de muchos barrios de Santiago.
Pero la presencia boliviana no solo se percibe en los productos que consumimos. También está en las historias de quienes, con esfuerzo y trabajo, han ido emprendiendo y construyendo una vida en este país.
Ejemplo de ello es Verónica, quien atiende una pastelería boliviana en la calle Conell. También está "Los Conejos", un emprendimiento dedicado a la venta de salteñas que cada vez tiene más éxito en distintos puntos de la capital. Jessica, una paceña, prepara platos típicos por encargo. Y Mario, un camba que trabaja como repartidor de Uber, lleva nuestros pedidos mientras acullica su hoja de coca para sobrellevar la jornada y, de paso, comparte los nuevos lugares donde se puede disfrutar de comida boliviana en Santiago Centro. Estas son solo algunas escenas cotidianas que muestran cómo Bolivia también forma parte del paisaje urbano de Santiago. Y podría mencionar muchas historias más.
Los bolivianos no somos una comunidad pequeña. Según la estimación oficial más reciente del Servicio Nacional de Migraciones y del Instituto Nacional de Estadísticas, en Chile residían aproximadamente 180.266 personas de nacionalidad boliviana (2023). Constituimos la quinta comunidad extranjera más numerosa del país, detrás de venezolanos, peruanos, colombianos y haitianos. Sin embargo, nuestra presencia muchas veces ha sido silenciosa, lejos de los titulares, pero constante en el trabajo, el emprendimiento y la vida cotidiana.
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La lectura que hago de la migración boliviana es que, durante décadas, se integró de manera silenciosa y respetuosa en prácticamente todos los rubros de la economía nacional. Profesionales y trabajadores de distintos oficios han aportado significativamente al desarrollo de Chile. Médicos, ingenieros, comerciantes, emprendedores, temporeros y tantos otros forman parte de una comunidad que, en términos generales, ha logrado integrarse positivamente y contribuir al crecimiento del país.
Siento que ser migrante es un camino de ida y vuelta. Significa aprender de la cultura que te recibe, respetar sus costumbres y adaptarte a una nueva realidad. Pero también implica compartir con orgullo aquello que forma parte de tu identidad. Sin perder nuestras raíces, los bolivianos hemos encontrado en Chile un hogar donde trabajar, formar familias y construir proyectos de vida.
Quizás por eso el desfile de la Alameda fue mucho más que una celebración folclórica. Fue la expresión visible de una comunidad que durante años creció con discreción, trabajando muchas veces lejos de los reflectores, y que hoy puede compartir con orgullo su cultura, su música, sus danzas y su identidad.
Si hay algo que resume lo que significa migrar es mi propia historia. En Chile formé una familia junto a Manuel, un hombre maravilloso. Con él he aprendido que la integración no consiste en dejar atrás lo que uno es, sino en compartirlo. Poco a poco se ha ido animando a descubrir más de la gastronomía boliviana, mientras yo preparo con gusto su infaltable ensalada chilena.
Al final, de eso se trata. De encontrarnos a mitad de camino, de compartir nuestras costumbres y de comprender que las diferencias no nos separan. Al contrario, cuando existe respeto y apertura, terminan enriqueciéndonos a todos.
La verdadera integración no ocurre cuando una cultura reemplaza a otra, sino cuando ambas se reconocen, se respetan y descubren que pueden crecer juntas. Quizás ese sea el verdadero significado de llevar un poquito de Bolivia a Chile. No solo compartir nuestras danzas, nuestra gastronomía o nuestras tradiciones, sino también demostrar que dos culturas pueden encontrarse, convivir y enriquecerse mutuamente.
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