Hay personas que se recuerdan por los detalles más simples. En el caso de Alejandra siempre se empieza por la misma escena: alguien llega a su edificio, toca el intercomunicador y en la pantalla aparece su rostro. Entonces, su voz dice, entre risas: “Le abro… pero suba contando las gradas.”
Arriba, en su pequeño espacio de trabajo, están los frascos de esmalte ordenados, las limas perfectamente alineadas y ese olor inconfundible del material de uñas que impregna todo el ambiente. Alejandra era meticulosa. Rápida. Precisa. Treinta minutos exactos. Ni uno más, ni uno menos.
Pero quienes la visitaban sabían que el servicio era apenas una parte de lo que ocurría allí. Con los años, Alejandra dejó de ser solo la persona que hacía las uñas. Para muchas se volvió amiga, confidente, casi hermana. Había clientas que llevaban más de diez años sentándose frente a su mesa mientras hablaban de la vida.
“¿Hoy qué vamos a hacer?” preguntaba siempre. “¿Qué serie estás viendo ahora?” Entre consejos, risas y conversaciones, las horas pasaban.
Mientras tanto, Alejandra organizaba su vida con una disciplina admirable: hasta diez clientas al día, cuentas por pagar y dos hijos que dependían de ella. Porque, antes que nada, era madre. De esas madres que no negocian con la responsabilidad: trabajar todo el día y luego asegurarse de que los niños hayan hecho la tarea, que todo en la casa siga funcionando.
Era una mujer de casa, casi no salía. Su agenda era tiempo completo.
Un día contó que se estaba divorciando del padre de sus hijos y que se había mudado a un departamento que alquiló. Lo dijo con esa mezcla de sentimientos y esa esperanza que muchas mujeres conocen bien: cuando algo termina, pero al mismo tiempo se cree que todavía es posible empezar de nuevo.
Y entonces apareció alguien.
Muchas amigas y clientas no le tenían buena voluntad a ese alguien. Había algo inquietante en esa relación. Poco a poco, Alejandra fue entrando en una dinámica emocional difícil de explicar para quien no la conoció de cerca: manipulación, desgaste cotidiano, alguien que va ocupando espacios de la vida hasta que el amor empieza a confundirse con el control.
Muchas mujeres pueden ser Alejandra; muchas podrían reconocerse en su historia.
A veces se habla de la violencia como si comenzara de repente, como si un día alguien simplemente decidiera hacer daño. Pero quienes han visto estas historias saben que muchas veces empieza mucho antes: con manipulación emocional, promesas de cambio, alguien que aprende a usar el afecto de otra persona para su propio beneficio.
Alejandra era admirable y jamás fue juzgada por quienes la conocieron. Trabajaba de sol a sol, incluso quiso a la hija de su feminicida como si fuera propia. Intentó sostener una relación como lo hacen tantas personas que creen en el amor, incluso cuando ese amor ya empezó a volverse otra cosa.
Pero nada de eso fue suficiente para su feminicida.
Hace una semana, una discusión terminó en lo que ninguna discusión debería terminar jamás. Él la asfixió. Y cuando su cuerpo estaba en el piso, terminó de estrangularla con una media. No fue de madrugada, no estaba borracho, no fue un arrebato ciego.
Después vino algo totalmente premeditado: la planificación, sacar el cuerpo del edificio, ocultarlo, trasladarlo hasta Charquini para simular un asalto. Pero allí ignoró un detalle.
El parqueo del edificio tenía más cámaras de las que él había calculado. Al pasar con el baúl por el pasillo del área común, nadie lo sospechó. Pero al llegar a las gradas del garaje, algo quedó grabado que no había previsto. Esa imagen fue la evidencia irrefutable que desmintió la versión del asalto.
Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿por qué no se fue a tiempo?
Es una pregunta fácil desde afuera, pero mucho más difícil cuando se entiende cómo funcionan las relaciones donde el afecto se mezcla con la manipulación. Muchas mujeres no se quedan porque quieran quedarse. Se quedan porque el vínculo emocional termina convirtiéndose en un bucle, una forma silenciosa de cautiverio y dominación: un lazo difícil de romper, incluso cuando hay personas alrededor advirtiendo el peligro.
Este es un tema del que se habla poco. Por eso, el 8 de marzo no debería ser solo un día de consignas o de repetir que las leyes deben cumplirse —algo, por supuesto, indispensable—, pero las leyes llegan cuando el daño ya ocurrió.
La prevención empieza mucho antes. Empieza cuando se aprende a reconocer la manipulación emocional, cuando se enseña a las hijas y también a los hijos que el amor no exige sometimiento ni miedo. Empieza cuando se habla de esas relaciones donde alguien va perdiendo poco a poco su capacidad de decidir, porque otro alguien decide someter voluntades y aprovecharse.
Porque muchas veces la violencia no empieza con un golpe. Empieza con alguien que aprende a dominar el sentimiento de otra persona.
Nada, ni una confesión ni una condena de treinta años, devolverá a Alejandra a este mundo. No devolverá a sus hijos a la madre que tenían. No devolverá a sus amigas a la mujer que durante años las recibió con una sonrisa, con cariño, con sus limas perfectas y su agenda llena.
Pero su nombre merece algo más que ser una cifra dentro de una estadística. Por eso, en este 8 de marzo, cuando se vuelva a pensar en Alejandra, no se la recordará como un caso policial. Se la recordará como era: una mujer trabajadora, una madre dedicada, una amiga que durante años sostuvo con sus manos espacios de conversación, sueños, cuidado y confianza.
La misma que, cada vez que alguien llegaba a su casa, escuchaba su voz en el intercomunicador sonreír y decir:
—Le abro… pero suba contando las gradas.
Hoy, en este día, se honra la vida de Alejandra y la de tantas mujeres que fueron arrebatadas por manos que juraron quererlas. No basta con pedir leyes que lleguen después de la tragedia. Se debe asumir un compromiso real para que la prevención sea una voz que desnude esas realidades disfrazadas de amor, esas cadenas invisibles de manipulación emocional con las que los agresores juegan y destruyen vidas.
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