Marzo 09, 2026 -HC-

El inquisidor digital


Domingo 8 de Marzo de 2026, 8:30am




...

Edmand Lara sigue siendo un actor relevante del campo político, nos guste o no. Entró al gran juego en pocos meses, ocupó un espacio inimaginable y también sufrió una prematura caída. Nada que un buen político no puede manejar. Hoy parece recentrar su personaje, buscando constituirse en una suerte de gran inquisidor de los tropiezos del gobierno. Vuelve a su personaje original y al mundo digital donde nació. Su éxito futuro no depende tanto de él, sino de las pasiones que emergerán de los vaivenes de una coyuntura que seguirá siendo incierta y peligrosa.

Si algo ha logrado Lara en estos pocos meses de gloria mediática es transformarse en un personaje polarizador. Al hombre se le odia y se le quiere. Es disruptivo sobre todo en las formas, no busca adaptarse, es lo que es, lo que es un pecado para el establishment político tradicional y las elites de las clases medias. Casi compite con Evo Morales en la categoría del malvado ideal.

Sin embargo, como siempre, hay otra cara de la medalla. Sus disrupciones están incrementando su conocimiento, poco a poco se instala en el codiciado lugar de los cuatro o cinco políticos que una gran mayoría de la gente reconoce.

Su furor produce atención. La cuestión no es si es buena o mala, lo importante es que acrecienta su poder de interpelación. Ocupa el espacio y la agenda, a veces en exceso, saturando. Pero en una sociedad sin referentes, sin apegos ideológicos fuertes y emotivamente volátil, esa es una virtud que solo espera un contexto favorable para traducirse en votos y apoyos.

Por tanto, su elevada desaprobación coyuntural no es un problema a priori. Su real desafío es que su rebeldía coincida con malestares generalizados, como en una medida más acotada pero potente ya pasó en los extraños meses antes de las elecciones de octubre del año pasado. Eso puede pasar o no, pero mientras tanto sería un error descartarlo del juego.

Lara es un personaje fascinante, debo reconocerlo, porque expresa en toda su brutalidad la reconfiguración de la política en este siglo XXI. Él no es una anomalía, es una señal del futuro, expresa el fin de un mundo y la emergencia de otro más incierto, peligroso y desconocido. No hay vuelta atrás en eso, porque de por medio están cambios socioeconómicos, culturales y particularmente una transformación tecnológica universal imparable en la manera de comunicarnos y crear vínculos emotivos y sociales.

En tiempos donde el ritmo de la política se descompone y fragmenta, en los que la captura de la atención es la base ineludible para la construcción del poder, en que se disuelve la confianza en las instituciones tradicionales, hay que prestarles atención a estos fenómenos.

Él nació en el tiktok, ese no es un dato menor. Es una criatura del algoritmo que reina en esa red social y quizás su principal virtud es su capacidad para navegar ese ecosistema. Es un lugar de rapidez, ruido y furor, de emociones desatadas y también de frivolidad y escasa lealtad. Ahí está gran parte de su poder, pero también sus límites.

Sin embargo, Lara no sería Lara sin un contenido, sin una lucha, sin un algo potente que vincula sus demonios más íntimos con los de millones de bolivianas y bolivianos. Eso que hace que sus posts tengan sentido, que interpelen, que desaten broncas y adhesiones. En eso se equivocan los cientos de políticos que creen que el medio hace al personaje, la magia no es estar en tiktok, es conectar con los malestares y esperanzas de la gente, la clave sigue siendo la narrativa, no el instrumento para difundirla.

En eso, no hay misterio, Lara expresa la lucha contra los abusos que afectan a los más humildes. Refleja la búsqueda casi eterna de representación de aquellos que no pertenecen a las elites sociales y políticas en sociedades estructuralmente desiguales. La vieja lucha de clases, me dirían mis amigos marxistas, y no se equivocan.

Justamente, la democracia, en buena medida fue inventada para solucionar ese problema, para dar la voz a todos los ciudadanos sin distinciones y devolverles algo del poder. Esa función expresiva es siempre más determinante que la idea tan ingenua de pensar a la política o la democracia como simplemente un mecanismo para gobernar.

Así pues, el ex policía es heredero de una larga historia de episodios populistas, frecuentemente necesarios para hacer avanzar la democracia y el bienestar. Por eso, su discurso tiene raigambre. Solo que ahora se expresa en el tiktok para audiencias cada vez más sin referentes colectivos.

Expresar emociones, ese es su poder, y ahora ya no tiene ninguna camisa de fuerza, ha sido expulsado de las instituciones, pero, a su vez, está ahí adentro, no es cualquier tribuno de la plebe. No está aún claro si aprovechará este nuevo momento pues a ratos se desvía y confunde a su público. Puede que la propia dinámica del tiktok lo vaya destruyendo, como a esos influencers que creen tener el mundo a sus pies cuando logran un millón de likes y que luego descubren que sus cinco minutos de fama desaparecen como llegaron, porque la red es brutal, se alimenta de la novedad permanente.

Por lo pronto, Lara ya es un indicio que el nuevo ecosistema mediático puede quizás hacer ganar elecciones y construir atención pública, pero que no es suficiente para gobernar y mantener el poder. Las batallas futuras del personaje están ahí, en la manera de vincular los malestares de las masas sentimentales con respuestas concretas y mantenerse en un campo político donde los mundos digitales son importantes, pero no determinantes. Mientras, será el gran oráculo de los fracasos del gobierno de Paz Pereira a la espera que sus profecías se cumplan.

///