Junio 02, 2026 -HC-

Pasa todo y no pasa nada


Martes 2 de Junio de 2026, 7:45am




...

Al expresidente Víctor Paz Estenssoro se le atribuye la frase: «En Bolivia pasa todo y no pasa nada». Y la verdad es que este es un país de una eterna suma de conflictos sin soluciones definitivas o, en todo caso, un país donde suele ocurrir que una solución aparente solo engendra un nuevo conflicto. Esa dinámica perniciosa es, posiblemente, la que nos hace repetir lo dicho en algún momento por VPE.

Sociólogos, antropólogos, politólogos, economistas y, seguramente, también otros especialistas han intentado descifrar las raíces de los problemas que enfrentamos con desconcertante recurrencia. Sin embargo, cuando creían haber visualizado una respuesta, se encontraban con que una nueva pregunta los esperaba a la vuelta de la esquina.

A fines del siglo pasado, cuando se pensaba que el tema de la consolidación democrática era ya una cuestión más o menos superada, llegaron la “guerra del agua” y los prolongados bloqueos del altiplano: un sacudón no del todo previsto que nos devolvió a los peores tiempos de inestabilidad y confrontación.

Emergían entonces no solo los problemas de inclusión y desigualdad, sino también el agotamiento de un sistema político que no había logrado dar respuesta a esas demandas y que condicionaba casi todo a la estabilidad económica, pero muy poco a las políticas de bienestar y al cambio cultural necesario para superar asuntos pendientes como el racismo.

La agenda del “progreso”, establecida en la mentalidad de las élites, tropezaba con un país en el que, veinte años después de la recuperación democrática y poco menos de diez años después del cambio de modelo económico, la democracia estaba restringida a unos cuantos partidos con cada vez menos representación real, mientras que la economía había dejado en la periferia a la mayoría de la población.

El estallido se produjo mediante una sucesión de conflictos y levantamientos populares que desembocaron en gobiernos de emergencia y salidas apresuradas. Estas condujeron a nuevos procesos electorales para resolver, por la vía del voto, lo que la confrontación política no había conseguido resolver.

Los años siguientes fueron tiempos en los que pasó de todo, pero cambió muy poco. Hubo revolución en algunos ámbitos y estancamiento en la mayoría. Hubo más inclusión, sí, pero paradójicamente a costa de menos democracia y una mayor concentración autoritaria del poder.

Se vivió un simulacro de cambio económico sustentado en coyunturas externas favorables, acompañado, sin embargo, de un grave deterioro estructural que, a la larga, determinaría el fin del ciclo. Casi como a fines del siglo XX, aunque con las particularidades propias del XXI.

Y el nuevo ciclo, que se vive desde noviembre del año pasado, no parece haber representado el fin de nada. En pocos meses reaparecieron problemas similares, diferencias irresueltas y los mismos escenarios de conflictividad de otras épocas: El Alto, el altiplano paceño y diversos puntos de las fronteras departamentales andinas.

Es probable que detrás de todo ello existan nuevas determinaciones; que el mundo del crimen organizado contamine con sus intereses y sus rutas otras reivindicaciones. Sin embargo, el caldo de cultivo social sigue allí: una brasa que no termina de extinguirse, una alarma que vuelve a encenderse cada vez que se la ignora o se la desprecia.

Tarde o temprano, la crisis actual será cosa del pasado. Pero nada garantiza que, después de estos días de ira y división, Bolivia deje de ser, repentinamente, el país en el que pasa todo y no pasa nada.

///