Agosto 18, 2026 -HC-

Los milagros del poder


Martes 18 de Agosto de 2026, 9:45am




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No queda más remedio que darles la razón a los más escépticos e incluso a los que, a veces, parecen amargados: a los que dicen que político honesto es como aguja en un pajar o a quienes advierten que los gobiernos cambian, pero las mañas siguen. Y es que todos los días hay más escándalos y menos razones para creer.

Los que creían que bastaba una cara nueva para superar todos los vicios, a estas alturas, seguramente estarán arrepentidos de su voto. Lo peor del pasado ha vuelto al presente, con yapa, y cada vez es mayor la cantidad de gente que va perdiendo la paciencia frente a la ineptitud y los abusos.

Hay de todo en la viña del poder. Hay, por ejemplo, los que siempre eligen un atajo, pero a la velocidad de un vehículo de lujo subvalorado, para que los impuestos sean menos pesados. Los que deberían dar el buen ejemplo se convierten rápidamente en quienes dan la pauta para la ilegalidad.

En el poder se pueden hacer milagros. No los de la virgencita de Urkupiña, tan solicitada en estos tiempos, sino de los otros, esos que permiten, por ejemplo, que un auto caro aparezca como barato o que una propiedad propia figure a nombre de otros, para hacer espacio en una deliberadamente empobrecida declaración jurada de bienes y rentas.

La multiplicación de los panes o de los bienes en la despensa —por si viene otro bloqueo— tampoco está prohibida, como no lo está la multiplicación sorpresiva de los montos en las cuentas personales. Una palabra tuya bastará para que Bs 1.000, en solo seis meses, se conviertan en 7 millones.

En los tiempos que corren, hay escándalos que se “desaparecen” milagrosamente y  culpables que obtienen su libertad “de milagro”. Y solo quedan fantasmas penando entre la droga y el oro.

Hay muchos que hoy juran con la derecha —por Dios, la patria y los santos evangelios—, pero pecan con la izquierda y sin arrepentimiento. Hasta ayer nomás abogaban por el regreso de la “decencia”, del “traje y la corbata”, de las “buenas maneras”, de la “Biblia en la mesa”, pero a la primera de cambio no resisten la tentación de ese diablo que bucea en aguas turbias.

La corrupción no tiene ideología. Hay pillos de izquierda y pícaros de derecha. En realidad, nada los diferencia, aunque unos presuman de linaje independentista y otros, de su ascendencia nativa. A fin de cuentas, por su sangre corre la misma cultura “ancestral” del “puede aprovechar”.

Parecería que algunos piensan que en el poder se puede hacer lo que no se pudo hacer antes: viajar en primera clase o, por lo menos, en primera fila; no hacer colas para ingresar a ninguna parte o, vaya lujo, tener siempre lleno el tanque del vehículo, mientras los otros se desvelan por unos cuantos litros.

Para algunos, ejercer el poder es disponer de los recursos públicos como si fueran propios. En el pasado, un ministro mandó comprar una alfombra persa para su oficina, acaso sin siquiera saber que Persia es el actual Irán y que Ormuz no es la marca de un martillo, sino un estrecho que se hizo más estrecho con la guerra.

La ritualidad, la genuflexión de los “vasallos” y el decorado también importan.

Hay funcionarios que llegan al cargo y ordenan cambiar todo el mobiliario. “Esto es un chiquero y, además, anticuado”, dicen, y, sin saber si hay o no presupuesto, piden los cambios. No quieren sillas, sino tronos. No son austeros ni discretos, sino soberbios y dispendiosos con los recursos ajenos.

En otros tiempos, el que no aprovechaba el cargo para hacerse de “un pisito” era un tonto. Ahora las aspiraciones son más altas: un “pisito” o dos, unas cuantas hectáreas de tierras productivas y, por qué no, un departamento de descanso en algún balneario. De lo contrario, no “sirvieron de nada los sacrificios, las largas noches consagradas a resolver los problemas de Bolivia, Bolivia, Bolivia, siempre Bolivia”.

Los de hoy, como los de ayer, peregrinan por los pasillos del poder en busca de los “milagros” de San Pancracio, el santo de la fortuna y el dinero, que mira de reojo y avergonzado al cielo, mientras sus feligreses toman el atajo más cercano, de preferencia en un auto de lujo, para llegar más rápido al infierno.

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