La irrupción del senador suplente Nilton Condori en la actualidad política genera interrogantes. ¿Cómo alguien que hasta hace poco era desconocido para el gran público es ahora articulador de multitudes, figura mediática y portavoz de aspiraciones indígenas y populares? ¿Cómo, además, osa amenazar al poder establecido con una revolución, sea esta pacífica o sangrienta?
Hace poco, muchos lo consideraban un charlatán que, amparado en la inmunidad y los privilegios parlamentarios que denunciaba, solo justificaba lo estrambótico que abunda en el Poder Legislativo boliviano. Su capacidad de convocatoria en el Cabildo Abierto en El Alto, este 11 de abril, los ha sorprendido: del menosprecio, algunos transitan ahora hacia la cuasi reverencia.
La comprensión del fenómeno Nilton Condori se facilita si tomamos en cuenta nuestra historia. Bolivia es un caso inconcluso, fallido en la constitución de una nación y en el establecimiento de un Estado funcional. Sus condiciones primigenias —de violencia, dispersión y heterogeneidad— no han sido resueltas ni superadas. En ello ha fracasado la élite criolla —élite en tanto minoría selecta o rectora, no porque represente calidad o excelencia— que se adjudicó esa misión. Esta es una frustración, porque todo Estado-nación contemporáneo ha surgido en condiciones similares, pero las ha superado, construyendo nuevas identidades nacionales y Estados eficaces y eficientes.
Reflexionar sobre las características de nuestra incompleta nación y malogrado Estado es condición para entender la situación actual, pues parecería que nos hemos estancado en el momento histórico del encuentro entre originarios y “conquistadores”. Ello explicaría los ciclos políticos y los momentos de transición que jalonan nuestra historia. Uno de los teóricos de los ciclos políticos, Guido Céspedes Argandoña, remarca que existe una asincronía entre los de la Bolivia criolla y los de los pueblos indígenas. Esta discordancia, sin embargo, tendería a encajar conforme pasa el tiempo.
El momento inaugural de ese encuentro nos permite caracterizar sus consecuencias. Es verosímil que la “heroica epopeya” de conquista con la que divagan algunos hispanistas y sus retoños locales sea solo un mito. Es igualmente artificiosa la idea de una inicial y heroica resistencia indígena contra el invasor. Lo más probable es que se haya dado lo que el investigador Dominique Temple caracteriza como un quid pro quo histórico: el pasmo de los habitantes locales ante la diferencia de los recién llegados, que se expresaba en varios aspectos de su superioridad técnica y que encubrió la discrepancia de valores y mecanismos sociales entre ambos grupos. El indígena pensó que actuaba con un semejante, considerándolo un aliado; el español, en cambio, lo interpretó como sumisión del inferior.
Ello explicaría la alianza con el invasor. Los españoles pudieron derrotar a los Estados indígenas porque estos, en su mayoría, se pusieron a su servicio como tropa. De otra manera, no se comprende cómo menos de 200 hombres con 40 caballos, que desembarcaron en Tumbes en abril de 1532, pudieron derrotar a las tropas del Inca y destruir el Tahuantinsuyo. Desde entonces, los indígenas mayoritarios han sido mano de obra política y guerrera de los españoles en la Colonia y de sus descendientes hasta la actualidad.
De ahí que la historia de la relación entre indígenas y criollos sea de manejo, sumisión, desengaño y rebeldía. El nombre de Felipillo pasó a la historia como el de un traidor. Este, sin embargo, pensaba estar en lo correcto. El intérprete indígena tallán (pueblo que habitó la costa norte del Perú) traicionó primero a los incas y luego a los españoles. Desencantado de ellos y conocedor de la naturaleza de sus ambiciones, intentó oponer a Pizarro contra Almagro y sublevar a los indígenas contra ambos. Murió descuartizado —como luego Julián Apaza— por orden de Diego de Almagro en 1536.
Hasta hoy, la relación entre ocupantes y ocupados sigue parámetros similares, aunque con modificaciones que deben tomarse en cuenta. Ese esquema es posible mientras el originario sea diferente del ocupante. Por ello, todo colonizador impidió siempre el acceso al conocimiento y al poder compartido. En nuestro caso, es el colonizado quien, por su propia iniciativa y empeño, ha adquirido el saber del otro y se ha empoderado en los campos de los que estaba excluido. El indígena, y no el criollo, es el motor de unidad.
Si los ciclos políticos tienden ahora a acoplarse, Nilton Condori perdería la oportunidad de desempeñar un rol adecuado si reproduce conductas rancias y no innova en este panorama. Por ejemplo, el cerco a las ciudades —cuya forma contemporánea son los bloqueos— era válido y oportuno cuando en las ciudades no vivían indígenas o no tenían en ellas ningún poder. Cuando el indígena también es citadino y tiene intereses en ellas, esa estrategia resulta inadecuada y desacertada.
Nilton Condori está en la línea de los caudillos que reaccionaron ante el desengaño. Lo muestran sus arremetidas contra el grupo político gracias al cual llegó a ser senador suplente. Ello, sin embargo, no le ha opacado la capacidad de percibir conductas coloniales y mecanismos contraproducentes, donde otros solo perciben oportunidades personales. Esto, más bien, le permite asumir los roles de liderazgo que ahora exhibe.
La historia es continuidad y ruptura. El liderazgo se asume en la continuidad; el éxito, en la ruptura. Nilton asume la continuidad del mando indígena popular. Sin embargo, ello no es todo en política. El éxito deberá tomar en cuenta el tiempo y las condiciones actuales. ¿Cómo se expresan estas? Nilton y otros emergentes pueden generar una nueva corriente, tal como el indianismo y el katarismo lo hicieron tras el fracaso del MNR, asumiendo que el MAS ya se ha frustrado como proyecto y dirigencia. Pero el tema nacional también puede ser asumido por cualquier otro movimiento, inicialmente encarnado en otras poblaciones del país. No olvidemos la experiencia del MNR en 1952 ni la de Carlos Palenque y CONDEPA posteriormente.
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