Paz es sistema; Lara es reacción. Paz es historia; Lara es herida. Paz es cálculo; Lara es arrebato.
Hay gobiernos que nacen con expectativas, otros con disputas, y unos cuantos —muy pocos— con el espectáculo involuntario de mostrarse, desde la primera semana, como una pareja política que jamás debió casarse.
El binomio Rodrigo Paz Pereira – Edmand Lara pertenece a esta última categoría: dos hombres que llegaron juntos al poder y que, tan pronto juraron a sus cargos, empezaron a comportarse como si hubieran despertado en el cuerpo equivocado, o en el gobierno equivocado.
No sorprende que un mandato político esté atravesado por tensiones. Lo anómalo es que esas tensiones se expresen en TikTok, se insulten con transmisión en vivo y terminen compitiendo por quién tiene el sentido común más debilitado. Y así, entre acusaciones de “mentiroso”, “cínico” y “títere de Samuel Doria Medina”, Edmand Lara se ha encargado de inaugurar un nuevo género: la vicepresidencia performática, más preocupada por likes que por leyes.
Mientras Lara graba videos caseros denunciando conspiraciones, dolencias familiares y traiciones: amorosas y palaciegas, el presidente Rodrigo Paz se limita a mirar hacia otro lado, como quien observa a un pariente incómodo en una fiesta y decide fingir que no es de la familia.
La Asamblea Legislativa Plurinacional sigue sin rumbo, la reforma judicial duerme el sueño de los justos, y la cruzada anticorrupción es apenas un eslogan que se repite por inercia. Pero ahí está Lara, convertido en influencer institucional, gritando al vacío mientras su propio rol constitucional se marchita.
El linaje y el instinto
El estadista en formación
Para entender esta fractura temprana hay que mirar el origen de ambos. Rodrigo Paz, por más que su juventud biográfica ya quedó atrás, aparece como una suerte de estadista en ciernes, un dirigente que intenta —a ratos contra su propio temperamento— ordenar el caos típico del poder boliviano. Paz no improvisa; hereda. Y esa herencia pesa.
Su linaje es un árbol genealógico injertado directamente al tronco de la historia nacional:
Un tío abuelo, Víctor Paz Estenssoro, que en 1952 refundó el país desde la revolución, el voto universal y la reforma agraria… y que en 1985 refundó de nuevo, pero en sentido inverso, al invitar al capital transnacional a la fiesta.
Un padre, Jaime Paz Zamora, que pasó de cura a la aventura guerrillera inspirada en el Che Guevara a la responsabilidad institucional de un presidente que descubrió que administrar la democracia desgasta más que combatir a una dictadura. Ríos de sangre de por medio.
Rodrigo Paz bebe de esas dos aguas: revolución y pragmatismo, romanticismo político y fría aritmética institucional. Y aunque muchos lo acusan de ser “títere de Samuel ”, él se comporta como quien cree estar construyendo algo más grande que su gabinete: gobernabilidad. Lo suyo es la técnica, el contrato internacional, la mesa de negociación, el gesto diplomático. No enamora a las masas, pero tranquiliza a los inversionistas. No incendia la plaza Murillo, pero intenta ordenar los papeles del Estado. Ordena la casa, como reza su slogan.
El impulso animal
El Tiktokero irreverente
Edmand Lara es hijo de la otra Bolivia: la del ascenso social intermitente, la de la pobreza rozada de cerca, la del uniforme policial como vía de reconocimiento. Su mayor sueño no fue una utopía ideológica, sino una aspiración personal: convertirse en policía, tener autoridad, portar un símbolo de orden en un país que rara vez lo tiene. Su notoriedad surgió gracias a la denuncia de corrupción dentro de la propia institución, lo que lo convirtió en referente de sectores populares hartos de los abusos estatales.
Para miles, Lara no representaba una ideología: representaba venganza moral. Era el tipo que se atrevía a gritar donde otros callaban. Ese respaldo lo llevó a la Vicepresidencia, y ese mismo impulso lo mantiene hoy convertido en un francotirador político —sin estrategia, sin cálculo, sin red— disparando contra su propio gobierno. Sus videos se explican más desde la visceralidad que desde la política. Lara actúa por instinto, no por formación. Y su instinto le dice que la traición está en todas partes, incluso en el Palacio donde ahora trabaja.
Un gobierno partido por la mitad
Rodrigo Paz quiere estabilidad y mercado. Edmand Lara quiere justicia y protagonismo.
Uno piensa en el largo plazo; el otro vive en la inmediatez de la pantalla vertical.
Uno proviene de una estirpe que gobernó; el otro de una Bolivia que nunca se sintió gobernada.
Ambos llegaron al poder por necesidad electoral, no por afinidad. Y ahora que gobiernan, sus “instintos naturales” han salido a la luz, revelando una convivencia imposible:
Paz es sistema; Lara es reacción. Paz es historia; Lara es herida. Paz es cálculo; Lara es arrebato.
El país observa, perplejo, cómo su presidente mira hacia el futuro mientras su vicepresidente transmite en vivo el derrumbe del presente.
Lo que estamos viendo no es una simple disputa personal. Es el choque de las dos Bolivias: una que administra, negocia, calcula y sueña con transnacionales; otra que desconfía, sospecha y se atrinchera en la rabia popular.
Un desenlace animal: razón contra instinto.
Bolivia ha visto muchas peleas internas en el poder, pero pocas veces un gobierno ha comenzado con una ruptura tan pública, tan cruda y tan… zoológica. Paz intenta imponer el orden de la razón política; Lara impone la fuerza del instinto inmediato. Y mientras ambos se desgarran, el Estado queda suspendido entre la tecnocracia tensa y la emoción desbordada.
Quizás ese sea el verdadero dilema del país: no es Paz contra Lara, sino razón contra instinto.
Y como suele ocurrir en la naturaleza, los animales heridos siempre hacen más ruido que los animales seguros.
Los fantasmas de la historia
Bolivia conoce bien esta tensión.
Y por eso, lo que parece un simple pleito entre presidente y vicepresidente tiene un eco más profundo. La historia boliviana está repleta de vicepresidentes que terminaron derrocando, desplazando o suplantando a los presidentes que los llevaron al poder.
—Baptista terminó presidente sin quererlo.
—La crisis de 1946 acabó con el presidente Villarroel ahorcado en un farol y su vicepresidente tomando control.
—Víctor Paz fue derrocado por su vice, René Barrientos, miembro de la célula militar del MNR
—Siles Suazo fue empujado por la fractura interna. Además abandonado por Jaime Paz, su Vicepresidente —Y más recientemente, la caída de Goni dejó a Carlos Mesa ocupando el cargo desde la implosión del propio gobierno.
Los vicepresidentes en Bolivia no son acompañantes honoríficos. Son herederos potenciales, antagonistas naturales y, en ocasiones, verdugos pacientes.
Por eso, cuando Lara llama “mentiroso”, “cínico” o “títere” a Rodrigo Paz, no solo está insultando. Está evocando un guion viejo, peligrosamente repetido, donde el vicepresidente se transforma en protagonista de un drama institucional. El problema es que aquí el ruido se ha instalado en el corazón del poder. Y, para colmo, gobierna.



