Sebastián tenía 21 años y un examen que rendir. Llevaba en su mochila los apuntes de Derecho, el sueño de ser abogado y el propósito de defender causas justas. Pero nada de eso frenó al micro violento que lo embistió en plena avenida Melchor Pinto de Santa Cruz. Esa ciudad carcomida desde dentro por la vorágine del caos. En un segundo, todo se apagó. Sebastián es ahora solo un nombre más en la lista interminable de vidas que perdimos por nuestra propia barbarie llamada prisa e inconciencia.
Sebastián Vespa Morales no falló el examen; fue nuestra sociedad la que reprobó con esa nota sangrienta. Un micro, ese monstruo de hierro impulsado por la urgencia de ganar unos segundos al reloj, le arrebató el mañana en un instante. Sebastián esperaba el momento para cruzar, pero la muerte no sabe esperar.
Podemos culpar a la Alcaldía, al transporte público, a la señalización deficiente, a la falta de educación vial. Todo eso influye, sin duda. Pero hay algo más profundo y cruel: hemos normalizado la inconciencia. Perdimos el respeto por la vida propia y ajena. Corremos como si la muerte nunca fuera a tocarnos la puerta.
Somos una cosa cuando manejamos y otra cuando caminamos. Como pasajeros exigimos velocidad. Como conductores gritamos al peatón. Bocina, insulto, furia. Y nadie se reconoce en el retrovisor.
El asfalto que nos deshumaniza
Bolivia se desangra en sus vías. De Santa Cruz a La Paz, de Cochabamba a cada rincón del país, las calles se han convertido en cementerios sin lápidas. Solo en el último año, más de 3,800 accidentes vinculados al alcohol y la imprudencia, y casi 1,200 tragedias nacidas del cansancio, han sembrado nichos donde debería haber hogares. En 2025, el país registró cifras que aterran: entre 4 y 6 personas mueren cada día por causas que pudieron evitarse, según un reporte de la Defensoría del Pueblo. Echamos la culpa al semáforo, al bache o al mal tiempo, pero el mal es más profundo: es la ausencia de humanidad.
¿En qué momento el volante se convirtió en un arma y el peatón en un estorbo? Corremos como si ganarle unos metros al de adelante nos hiciera más valientes, cuando en realidad solo nos hace más miserables. Gritamos desde la cabina, ignoramos las líneas de cebra y exigimos velocidad al chofer, aunque sepamos que el retraso es nuestro, la impuntualidad, nuestro mal endémico.
La calma necesaria para volver a casa
Hoy hay tres vidas truncadas: la de Sebastián, que ya no reirá en la próxima reunión familiar ni dará examen en la U. Su silla estará vacía. La del chofer, cuya existencia quedará marchita y con remordimientos tras las rejas; y la de ese padre de corazón noble que, aun perdonando, tendrá que aprender a respirar con un vacío que no se llena con nada.
Tal vez sea momento de frenarnos. De comprender que la vida no se gana corriendo, sino viviéndola con conciencia. Que cada vez que salimos de casa, alguien nos espera de vuelta. Que nada vale más que regresar enteros, abrazables, vivos.
Quizás llegó el momento de apaciguar el trajín que nos aturde, que nos estresa, que nos mata por dentro. Y hace que también quitemos la vida a otros. ¿Para qué correr tanto si, tarde o temprano, todos llegaremos al mismo nicho de la muerte? Nada tiene más valor que la vida misma. Seamos choferes o peatones, alguien nos espera en el hogar. Ojalá mañana, al salir de casa, entendamos que nuestro único gran éxito del día no es llegar primero, sino regresar vivos para abrazar a quienes nos aman. Que el sacrificio de Sebastián no sea un nombre más en una lista, sino el freno de mano que nuestra sociedad y nuestra conciencia necesita con urgencia.
Sebastián no volverá. Pero nosotros sí podemos elegir ser mejores, más humanos, más conscientes. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que otro padre tenga que perdonar lo imperdonable mientras entierra a su hijo.
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