Marzo 01, 2026 -HC-

La utopía del gran reinicio


Domingo 1 de Marzo de 2026, 8:30am




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Nada funciona, la respuesta del momento es que hay sacar a todos los masistas incrustados en el Estado, así no tendremos “manos negras” ni saboteadores que impidan nuestro inexorable ascenso a la modernidad. Así estamos, ese es el debate, otra vez ante extraños dilemas que emergen de la tentación del borrón y cuenta nueva. Seamos claros: no va a funcionar, suponiendo que se pueda hacer, lo cual dudo. Porque, ese no es el problema y mientras más rápido nos demos cuenta, no perderemos el tiempo en discusiones peregrinas.

Es natural que un nuevo gobierno eche la culpa de todo lo malo al anterior, es lo usual desde hace miles de años, no hay sorpresa. También que cada nuevo presidente o líder desea, en algún momento, ser el gran refundador de la nación. De hecho, sus partidarios esperan algo de eso, las ilusiones son siempre necesarias para sostener la fe. Y, la verdad, el cuento puede funcionar por un tiempo, incluso un largo tiempo si los operadores de la propaganda oficialista son inteligentes y tienen habilidades.

Pero, como suele pasar también, las cosas nunca son tan fáciles y la fortuna de los políticos es caprichosa. En algún momento se verá clarito que el discurso resulta hueco. Porque, errores propios inocultables habrá, como, por ejemplo, dinamitar sin necesidad la confianza en la moneda en efectivo de todo un país durante una bizarra mañana de sábado. Evidencia no de un fallo técnico, sino de sentido común. Anécdota menor pero que habla de la confusión existente.

De igual modo, es obvio que un nuevo gobierno tiene que realizar un recambio de altos funcionarios y decisores políticos, eso pasa en cualquier democracia. Pero, eso tampoco garantiza eficiencia ni comportamiento ético por la gracia del remplazo. No todo lo nuevo acaba siendo mejor, a veces incluso es peor. Hay muchas otras cosas más que se deben hacer y garantizar para que el Estado funcione mejor con una nueva administración.

Pero, volvamos a lo importante, el problema de fondo es la idea misma de un Estado aislado de la sociedad y de la política, una suerte de artefacto que basta con llenarlo con otros operadores para que produzca resultados diferentes.

Esa es una falacia, por una parte, porque el Estado es un producto de la naturaleza de las relaciones sociales y políticas predominantes, no es algo totalmente autónoma del mundo y la sociedad en que se desenvuelve. Y, por otra, porque los supuestamente refundadores y que van a entrar al Estado a purificarlo, pertenecen y se han criado en la misma sociedad y cultura de los que desplazan.

En los primeros meses del 2006, andábamos en las mismas, discutiendo como desmantelar el Estado neoliberal, empezando una caza de brujas de los “malvados” tecnócratas gonistas, expectantes a la llegada de los iluminados que iban a reconstruir el Estado mancillado por la codicia y la privatización.

A la postre, se produjeron cambios, que fueron mucho menos rupturistas de lo que se desea reconocer, en lo bueno y lo malo. Y conste que los dirigentes de esa época venían con una fuerza política que deja pálido al apoyo con el que entró Rodrigo Paz al gobierno.

En veinte años masistas, emergieron algunas nuevas instituciones, pero también se mimetizaron y se mantuvieron buena parte de las heredadas del periodo nacional revolucionario y del neoliberalismo noventero. Nuestro actual Estado es una expresión barroca de esas múltiples culturas institucionales. Y me animo a decir que los mayores errores se produjeron cuando se intentó el “borrón y cuenta nueva” y lo mejor emergió cuando se refuncionalizaron viajes tradiciones e instituciones para cumplir nuevos objetivos.

Por tanto, el principal problema de Paz Pereira no es la cantidad de infiltrad@s que no puede sacar porque se pasaron a última hora al PDC o al MIR, están embarazados o andan ocultos en los sótanos de los ministerios listos para apuñalar su gestión. Se entiende que, en parte, esa discusión tiene que ver con el nerviosismo de varios que estaban listos a servir a la patria en altos cargos y hasta ahora no lo pueden hacer, eso se soluciona con un poco de paciencia, no es la cuestión.

Lo crítico para la gobernabilidad y la capacidad de impulsar las reformas urgentes que estabilizaran la economía, que por si acaso no están completadas, es considerar que la única manera de avanzar en el corto plazo es con una acción quirúrgica y focalizada en el aparato estatal y un reajuste gradualista de las relaciones e incentivos que orientan las relaciones entre el Estado y los actores políticos y sociales que son el fundamente de cualquier real transformación.

Implica comprender que es una utopía el gran remplazo y sobre todo si la referencia es la nostalgia por un pasado que ya no volverá, que el Estado de hoy tiene poco que ver, en tamaño, capacidades y disfuncionalidades con el que existía hace veinte años. No hay vuelta atrás y la actual estructura tiene que seguir funcionando porque si no, viene el desorden.

Hasta para desmantelar, como sueñan los extremistas liberales, se necesita método y sentido de realidad, no se podrá hacer de la noche a la mañana sin generar ingobernabilidad. Hay que cabalgar el dinosaurio e intentar que mute poco a poco, ese es el arte.

Para reformar el Estado, paradójicamente hay que conocer al monstruo, entender íntimamente sus entrañas, pero también sus fuerzas y potencialidades. No se trata de un remplazo, sino de una mutación que tomará un largo tiempo. De lo contrario, más allá de los discursos grandilocuentes, lo único que pasara es su readaptación para los fines de una nueva elite de otro signo político, más de lo mismo, en la que la crítica acida al pasado sea simplemente una justificación del presente y un taparrabos de la ineptitud y otras cosas peores.

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