Junio 19, 2024 [G]:

La soledad de estar contigo


Sábado 30 de Marzo de 2024, 10:00am






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Siempre movía su pie izquierdo con la esperanza de sentir la piel tibia del tobillo de Samanta, pero la respuesta era la misma: la fría y tersa superficie de la sábana de lino con aroma de lavanda, como a ella le gustaba. Habían pasado dos años desde que un tal señor Alzheimer le robó uno por uno todos sus recuerdos entre estos aquellos relacionados con Samanta Egger, una de las poetisas más renombradas de su generación, “una voz tan clara como contundente capaz de cautivar con sus versos la atención de los lectores de todo el orbe, más allá del idioma de las palabras para incidir en el común lenguaje del corazón”, escribió un crítico a modo de sentido obituario. Pero Bosco persistía. Deslizar el pie entre las sábanas formaba parte de una rutina que se negaba a abandonar, aferrándose a los últimos destellos de lucidez que proyectaba su cerebro.

Era entonces cuando comprendía que ella se había ido y, por cierto, no había noticias de que alguien hubiera regresado de la muerte. Eso lo sabía muy bien la gente de la estirpe de  Bosco Cúper, avezado reportero de sucesos, acostumbrado a leer informes forenses que reportaban terribles asesinatos, crímenes en proceso de investigación y formas violentas de expresión que nada tenían que ver con la dulzura que Samanta imprimía a cada uno de sus versos. Aquel era el único analgésico que surtía efecto. No importaba lo tarde que fuera, incluso de madrugada, soportando la feroz arremetida de los primeros rayos del sol después del intenso trasiego de la noche entre bares, comisarías, morgues, hospitales y callejones donde la muerte se había paseado a sus anchas; siempre había tiempo para perderse en un poema que atemperaba el odio y la furia convirtiéndolo en un ser apacible.

Sin embargo, ahora temía enfrentarse a las palabras de Samanta. Era incapaz de adentrarse en su mundo porque sabía que éste ya no existía salvo por la señal intermitente que alertaba de su presencia en las primeras estanterías de la biblioteca. En un principio, poco después de incinerarla, consideró cerrar el escritorio; luego pensó que sería buena idea donar todos aquellos libros que sólo acumulaban polvo a un club de lectura de viejas solteronas o a un colegio para familias de bajos recursos del barrio obrero de la ciudad, pero desistió cuando el ministerio de Cultura le otorgó el premio póstumo a la Creación Intelectual. Además, coligió Bosco, no podía desprenderse de la esencia de la mujer que había amado durante cuarenta años, con altibajos, crisis de por medio, alguna infidelidad furtiva, intrascendente pero dolorosa para el amor propio de cada quien, y sobre todo aquellos silencios cómplices que no necesitaban subtítulos. De este modo, una vez asumido que el presente no era más que eso, el día a día, y que los recuerdos se desvanecían en una nebulosa etérea de imágenes fijas o en movimiento que la enfermedad borraba sin tomar prisioneros, Bosco se levantaba de la cama, aprovechaba el envión de entusiasmo matinal y se dirigía a la cocina donde esperaba una tetera, el mejor remedio para combatir la ansiedad que aqueja al reportero adolorido por los lacerantes rigores de la cotidianidad.

De algún modo, Bosco admitía que echaba de menos aquellos días interminables a salto de mata entre los juzgados y las celdas policiales, las sesiones de reconocimiento de presuntos criminales, los testimonios de las víctimas, las chicanas de los abogados y los apaños corruptos de la fuerza del orden. Toda esa podredumbre era tolerable cuando cruzaba el umbral de su habitación y oía la respiración suave y acompasada de Samanta, durmiendo con la tranquilidad que otorga una conciencia sin cargos ni asuntos pendientes de resolución. A veces, aprovechaba la quietud para penetrar en la guarida de la poetisa, el pequeño escritorio con vista al parque donde las parejas de enamorados construían castillos en el aire que solían derribarse piedra a piedra cuando había que pagar facturas. Allí se topaba con la máquina de escribir y, a su derecha, un montón de cuartillas escritas o por escribir, siempre dispuestas a acoger palabras con un sentido artístico, alejado de cualquier futilidad surgida de la vida cotidiana. Bosco Cúper pensaba que Samanta no pertenecía a este mundo; era una especie de ser de luz que contrastaba con la penumbra que lo envolvía con un manto de ordinaria sordidez. Quizás por ello se entendían a la perfección. Probablemente, si hubieran pertenecido a un mismo gremio de poetas rebeldes o autores atormentados por el eterno fuego de la pasión, lo suyo se habría quebrado a los pocos segundos, diluyéndose en la marea de las incomprensiones humanas. Pero en algo coincidían: les encantaba salir a pasear los domingos, a media tarde y tomarse un café en una de las terrazas del parque central. Era entonces cuando se ponían al día. Bosco trataba de  compartirle los casos más sencillos o aquellos que había resuelto su buen amigo, el comisario Sarres, evitándole el dolor de los detalles que son, definitivamente, los que le otorgan interés a un crimen. Samanta, por su parte, le leía su último poema sin dejarse ni una palabra en el tintero. Ella usaba con maestría las figuras literarias; navegaba a gusto entre metáforas, epítomes, tropos y sinécdoques, elevando su arte a un nivel excelso, envidiable y en ocasiones incomprensible para el reportero de infantería acostumbrado a la trinchera sucia, triste y devastadora. “Mucho más terrible debe ser que la peste te carcoma el intestino”, concluyó volviendo la mirada a un montón de medicamentos sobre una mesita plegable, de jardín, al lado del escritorio de la autora de La soledad de estar contigo.

Bosco cerró los ojos por un instante. Cuando los abrió vio aquella colección de potingues que sólo sirvieron para postergar unos meses el desenlace inevitable. Samanta era consciente de ello. De algún modo sabía que su vida se apagaba poco a poco y por ello escribía de un modo frenético, sin descanso. Algunas tardes se permitía una siesta, aprovechando la resolana que se filtraba por la ventana del escritorio, pero después de un descanso sin duda reparador, retomaba su trabajo.

-¡Maldita mierda! Exclamó Bosco Cúper deshaciéndose de los envases de medicinas de un manotazo. Decenas de pastillas de colores, de diferentes tamaños, quedaron esparcidas por doquier y el reportero comenzó a aplastarlas con los pies como si se tratase de una plaga de molestos insectos amazónicos. Cuando se sintió satisfecho, tomó una bocanada de aire y recobró la serenidad echando un vistazo a su reloj cuyas manecillas marcaban las nueve y cuarto de la mañana de una fresca mañana de mediados de septiembre que anticipaba la inminente llegada del otoño. Debía ir a la redacción del periódico para reunirse con los jóvenes reporteros, editores y redactores que tenía a cargo.

-Hijos de la gran puta. Dijo apretando la mandíbula. No es que tuviera algo personal contra ellos, ni mucho menos; envidiaba su juventud y entusiasmo, esas ganas de comerse el mundo y escribir la mejor crónica del año, una sensación que durante años fue su propia fuerza motriz hasta que enfrentó el caso de la pequeña Dolores Axe.

 -Tengo entre manos una historia que te enloquecerá enseguida- Le dijo el comisario Albert Sarres mordiendo el filtro de un cigarrillo apagado, con aire enigmático. Es el cadáver de una niña de apariencia común y corriente, el cabello negro, ensortijado, la piel cobriza, casi indígena, pero los ojos color azul celeste, con un tono entre turquesa y aguamarina que le otorgan un punto de femenina adultez con que algunos pederastas exoneran sus pecados ante los psicólogos forenses convocados a los estrados judiciales.

Bosco acompañó al policía de homicidios al lugar de los hechos, un callejón sin salida en el barrio obrero, lúgubre y apestoso, infestado de ratas que se alimentaban de la basura y que habían mordisqueado el cadáver de la pequeña de trece años. Dos policías de uniforme levantaron despacio unos cartones de embalaje de electrodomésticos descubriendo el cuerpo menudo. El reportero se fijó en que sólo vestía un calcetín corto en el pie izquierdo.

-Presenta laceraciones en la piel-Comenzó a describir Sarres-Seguramente el asesino utilizó un arma punzo cortante, un cuchillo o una navaja. ¿Ves? Le cortó la yugular. Lo hizo de un tajo, de izquierda a derecha. El asesino, con toda probabilidad un hombre, no se lo pensó dos veces. Pobrecita. ¿Sabes? A veces los padres no somos conscientes de los monstruos que aguardan agazapados en la penumbra hasta que ya es demasiado tarde.

  Las palabras del comisario solían reproducirse en la mente de Bosco Cúper con frecuencia, pero desaparecían de inmediato hasta convertirse en un recuerdo vago, como si perteneciera a su infancia o a una vida pretérita; tampoco descartaba que el fragmento no fuera más que el producto de su imaginación o una escena de una película de cine negro clásico. Sí, también cabía esa posibilidad. Pero Albert Sarres era real, al menos lo había sido. Fue el comisario quien investigó durante tres meses aquel tatuaje en el tobillo izquierdo de la víctima, un sello impreso con la fuerza de un puñetazo que el asesino supo asestar con perversa brutalidad quizás para reducirla. “Puede ser un error, por supuesto, pero si el asesino quiso dejar su marca personal, debo afirmar que es tan torpe como imbécil”, expuso el comisario ante sus superiores con extraordinario profesionalismo. “Si ustedes se fijan con detenimiento, advertirán la figura de un triángulo y un ojo en su interior, un compás y un sol radiante con las iniciales S. D. Hechas las indagaciones respectivas, he llegado a la conclusión de que se trata de un miembro del capítulo local de la masonería”, explicó provocando que los presentes cruzaran miradas que clamaban una respuesta más precisa que les permitiera tomar una decisión sobre la deriva del caso Axe.

-Lo sacaron. Eso es. Lo apartaron del caso. Dijo Bosco llevándose las palmas de las manos a las sienes, frotándolas suavemente con la punta de los dedos. Así lo hacía Samanta para frenar la arremetida de la jaqueca pero ella ya no estaba a su lado y las punzadas de dolor comenzaban a aturdirlo tanto como haber sido testigo de los entretelones del abuso del poder establecido. S.D. Sebastián Dieler era miembro de una de las familias notables de la sociedad capitalina. Si bien no tenía antecedentes penales y era un hombre de mediana edad, educado y culto, sólo Dios sabe qué desconexión hubo entre su mente y sus instintos salvajes que aplacaban las letras y las artes. En ausencia del freno, se transformó en un monstruo sediento de sangre que secuestró a Dolores Axe de la misma puerta de su colegio y la llevó a un oscuro y apartado callejón para degollarla.

-Tampoco me dejaron publicar. Argumentaron “falta de consistencia en la investigación policial y presunción de culpabilidad en vez de inocencia”. Para ellos nunca existió Dolores Axe. Aseveró Bosco Cúper dejándose caer en el diván donde Samanta se recostaba con un antifaz para permitir que una musa inspiradora se abriera paso entre las densas lagunas de su atribulada mente artística. 

-Si tan siquiera estuvieras aquí-Lamentó Bosco preso de una profunda melancolía-No te puedes imaginar cuánto te necesito.

“Pero si estoy aquí, contigo. Nunca me fui. Ni siquiera me he ido”.

El reportero oyó la voz de Samanta. Algo o alguien habían liberado el registro sonoro de su voz dulce pero severa. Azorado, Bosco miró alrededor. Su cuerpo temblaba como el de un chiquillo que sabe que está a punto de perder su virginidad y la jaqueca adquirió categoría de cefalea en sí mayor. Trató de incorporarse irguiendo la espalda, le resultó difícil pero lo consiguió al primer intento. Como fuere, su sentido del equilibrio había resultado afectado por las vicisitudes de aquella mañana y Bosco se tambaleó hasta que encontró estabilidad apoyándose en la pared del escritorio que daba vueltas como un carrusel pasado de revoluciones. Es más. Bosco creyó que un terremoto remecía la ciudad desestabilizando las estanterías, provocando la caída de los libros que Samanta había acumulado durante años de visitar ferias en mercadillos y plazoletas perdidas en algún rincón del casco viejo donde aún era posible conseguir ediciones rústicas de segunda mano. El reportero veterano no creía en hechos paranormales aunque había visto cosas difíciles de explicar desde un pensamiento racional.

“Por favor. La soledad de estar contigo página treinta y dos”.

“Esto no puede estar sucediendo” se dijo Bosco tratando de despejar los recuerdos que sobrevenían a su mente, atropellándose en un de cajón de sastre donde nada tenía un sentido práctico. Pero esa voz era tan real que…

Vienes del valle de las sombras, valiente caballero andante,

recortando tu noble estampa en la tibia luz del poniente

y en esta etapa de gélido sentimiento silente,

descubres que no hay muerte ni abandono

sólo la certeza de que la vida perdura más allá del amparo de la mente.

Y Bosco Cúper ordenó cada uno de sus recuerdos en las gavetas de su memoria un minuto antes de que ésta cerrara sus puertas para siempre sin posibilidad manifiesta de redención.

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