En una entrevista a la filósofa española Victoria Camps, algo me llamó poderosamente la atención. Ella señalaba que la lectura es un medio “para cultivarse a uno mismo”. Esta afirmación me llevó a pensar que, si la lectura es capaz de definir nuestro ser y, por lo tanto, nuestro hacer, resulta necesario considerar —seriamente— el tipo de lectura que buscamos como adultos y, especialmente, qué tipo de lectura estimulamos en niños y jóvenes.
A partir de lo que plantea Camps, busqué un respaldo científico que me ayudara a comprender cómo opera este proceso y encontré a Maryanne Wolf, neurocientífica cognitiva y experta en lectura. Wolf explica que el cerebro humano no nació para leer; a diferencia del lenguaje oral, la lectura es una invención cultural. Esto significa que cada cerebro lector se construye. Al leer, el cerebro crea nuevos circuitos neuronales que integran áreas del lenguaje, la visión, la memoria y la emoción. La autora destaca que la lectura profunda permite desarrollar la empatía, el pensamiento crítico, la reflexión moral y la autorregulación, además de ampliar nuestro conocimiento.
Gracias a los estudios de Wolf, y similares autores, contamos con un sustento científico que explica cómo la lectura influye en lo que pensamos y en lo que somos capaces de hacer a partir de lo que leemos. De ahí que vuelva al punto inicial: la necesidad de elegir bien nuestras lecturas. Preguntémonos entonces qué tipo de lectura resulta más adecuada para cultivar personas de bien y qué lecturas deberían ofrecerse a los niños para ayudarlos a formar un carácter noble y virtuoso.
Consideremos que, si un niño crece leyendo contenidos violentos, que fomentan el individualismo, la competencia desmedida, el prejuicio, las acciones temerarias, la hipersexualización o ideas fundamentalistas o nacionalistas, no hay duda de que sus pensamientos comenzarán a configurarse en torno a esos contenidos y, muy probablemente, sus acciones responderán a ellos.
No debe dejar de preocuparnos lo que los jóvenes consumen en las redes sociales, que para muchos de ellos se han convertido en sus únicas fuentes de lectura. Estos contenidos efímeros, diseñados para entretener pero no para formar, difícilmente desarrollan perseverancia, pensamiento crítico o profundidad interior.
Por otro lado, si a un niño se lo acerca a contenidos que fomenten el esfuerzo, la verdad, la justicia y la responsabilidad; que enseñan que la vida tiene sentido y que las acciones tienen consecuencias; que estimulen el servicio a la comunidad, promuevan relaciones afectivas sanas, fomenten la moderación, reconozcan la igualdad entre hombres y mujeres y desarrollen la autorregulación y una visión crítica, sin duda estaremos frente a niños con una sensibilidad especial y con grandes potencialidades para convertirse en agentes positivos.
En este escenario, el rol que juegan los padres es vital, pues son ellos quienes, de manera consciente, estratégica y sistemática, deben estimular una lectura con contenidos acordes a lo que aspiran para sus hijos. Es necesario que en el hogar los niños encuentren libros espirituales, escrituras sagradas, cuentos que resalten virtudes y prácticas loables, así como biografías de personas que hayan realizado aportes significativos a la historia. En definitiva, que sea en el seno del hogar donde los hijos se vinculen con una lectura elevada.
Me animé a preguntar a la inteligencia artificial sobre autoras bolivianas de literatura infantil y recibí una lista interesante —todas mujeres— cuyos textos, según se destacó, fomentan en los pequeños lectores el desarrollo de acciones positivas. Lo que es un aspecto grandios. Las autoras mencionadas fueron: Verónica Linares, Isabel Mesa, Mariana Ruiz, Liliana de la Quintana y Claudia Adriázola Arze. Un listado a considerar.
Finalmente, resaltar que todo texto que pasa por nuestra mente deja una huella: moldea nuestro pensamiento, define nuestro lenguaje, nos ayuda a interpretar el mundo y, poco a poco, inspira las decisiones y acciones que tomamos. Leer, por lo tanto, no es sólo adquirir información; es una forma silenciosa y profunda de formación del carácter.
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