Bolivia es hoy un cuerpo que intenta avanzar mientras sus propias manos aprietan su cuello. Y le secunda un método cruel que no solo ha dejado pobreza, retraso, miseria; también sangre y luto: el bloqueo. Esa forma inhumana de impedirle al otro vivir su día. Llegar a su trabajo. Llevar pan a su casa. Llegar al hospital. Cumplir su rutina más básica. Ese método violento y cruel tiene nombre y se ha vuelto un oficio perverso.
Durante años nos hemos contado la historia de que bloquear es luchar. Que cortar carreteras o calles es un acto heroico. Que el sufrimiento ajeno es un daño colateral necesario para que «alguien arriba» escuche. Pero ¿en qué momento aceptamos que destruir al semejante sea un método legítimo de protesta? ¿Cómo normalizamos que la crueldad se vista de reivindicación? El derecho a la protesta no puede estar por encima del derecho a la libertad, al trabajo, a la vida.
Protestar es un derecho irrenunciable. Nadie sensato lo discute. Bloquear, en cambio, es quitar derechos al otro, al semejante; es convertir al ciudadano común en rehén, es transformar la demanda en delito. El pequeño productor bloquea al pequeño productor, el asalariado al asalariado, el pobre al pobre, mientras el dirigente —ese que no pasa hambre ni pierde el día— observa desde lejos y se frota las manos. El bloqueador, entonces, se convierte en verdugo que obstaculiza al semejante para que un tercero escuche, normalizando la barbarie. Esta crueldad no requiere odio, solo fanatismo ciego.
Odiar al vecino es más rentable
La normalización del bloqueo nos ha sumergido en una lógica perversa donde el éxito de una causa se mide por cuántas ambulancias no lograron cruzar las barricadas, cuántos alimentos se pudrieron o cuánto miedo se sembró en el que, como nosotros, solo intenta sobrevivir al día. Hemos entrado en la lógica bruta de un país que ha decidido que odiar al vecino es más rentable que producir con él.
Una Ley Antibloqueos no solo ordena el tránsito: ordena la conciencia. Y quizá, solo quizá, nos ayude a construir un país donde nadie tenga que destruir al otro para ser escuchado.
¿En qué momento permitimos que la dinamita reemplazara al diálogo? La crueldad no siempre nace del odio puro; solo basta la ignorancia cultivada por roscas que necesitan un pueblo pobre de ideas para seguir siendo ricos en poder. Progresar obstruyendo es una paradoja indecible, una mentira que nos hemos tragado por décadas.
Peor aún: el bloqueo dejó de ser expresión de indignación para convertirse en delito. Y en oficio. Hay pagos por día bloqueado, listas, dinamita, carreteras destruidas que luego todos debemos pagar. Vandalismo, saqueo, miedo. La protesta se degrada y la violencia ocupa su lugar. El verdugo ya no ve a un ser humano enfrente, sino a un estorbo. Así nace y se alimenta la crueldad: cuando el otro deja de importar. Y el horror se vuelve cotidiano.
Sin embargo, los bloqueos no han derrotado la corrupción, no han fortalecido la democracia, no han traído desarrollo. Al contrario: han empobrecido más a quienes ya tenían poco. Bolivia sigue siendo un país rico y bello, pero pobre en ideas cuando cree que se progresa paralizando, bloqueando.
No más carreteras dinamitadas
Por eso una Ley Antibloqueos no es autoritarismo: es raciocinio, humanidad. Es un grito y a la vez un suspiro de auxilio de la sensatez. Es poner un límite claro a la barbarie. Es decir, como sociedad, que ninguna causa justifica destruir la vida cotidiana del otro. Que la justicia no se construye desde el daño, sino desde la ley, el diálogo, las instituciones fuertes y la educación cívica. Cuando el silencio de la carretera dinamitada se impone, no gana una causa; pierde un país que ha olvidado cómo mirarse a los ojos sin odio.
Protestar es un derecho legítimo; bloquear es arrebatar derechos a otros. Esta distinción es crucial para comprender por qué Bolivia necesita una Ley Antibloqueos. Un país próspero trabaja, produce y crea; no destruye a su semejante. Sacaba, «México Chico», Parotani ya no son solo un nombre en el mapa; son una herida abierta en la memoria colectiva provocada por los bloqueos.
El futuro de Bolivia no se bloquea. Se construye. Paso a paso, juntos, con las manos abiertas, no con el puño cerrado. Peor aún, elevado.
Y solo entonces, cuando volvamos a vernos como hermanos y no como obstáculos, podremos construir el país que merecemos: libre, próspero, digno.
Un país que quiere ser desarrollado no bloquea: trabaja, produce, crea.
///7



