Hace unos días cayó en mis manos un documento que le pidieron leer a mi sobrino en la universidad, como parte de su formación en el mundo de las comunicaciones. Lo leí con curiosidad y con el interés de compartir luego algunas reflexiones con él. El texto lleva por título “Custodiar voces y rostros humanos”. Es de hecho un mensaje escrito por el Papa León XIV para la Jornada Mundial de las Comunicaciones sociales realizada en enero de este año.
De eso trata esta columna.
Más allá de la fe que cada uno profese, encontré en ese mensaje una invitación a pensar en un tema que nos involucra a todos. Hoy ya no somos solo receptores de información: somos, al mismo tiempo, creadores y consumidores de contenido en el mundo digital. Publicamos, compartimos, comentamos, editamos imágenes, grabamos videos y difundimos información con una facilidad que hace apenas unos años parecía impensable.
El documento comienza desde una mirada espiritual. Plantea que el rostro y la voz de cada persona forman parte de una creación divina y, por lo tanto, poseen una dignidad que merece ser protegida. Seguramente quienes no compartan esa visión religiosa sientan la tentación de dejar el texto de lado desde sus primeras líneas. Yo invitaría a hacer lo contrario.
Porque, más allá de sus fundamentos de fe, el mensaje abre preguntas profundamente humanas y muy actuales. ¿Qué ocurre cuando la tecnología deja de ser solo una herramienta para comunicar y comienza a transformar aquello que entendemos por voz, rostro, identidad y verdad? ¿Cómo cuidamos la autenticidad de las personas en un entorno donde una imagen puede ser creada artificialmente, una voz puede ser imitada y un contenido falso puede recorrer el mundo en cuestión de minutos?
La innovación digital ha traído beneficios extraordinarios. Nos conecta, democratiza el acceso a la información, amplía oportunidades de aprendizaje y nos permite comunicar ideas sin las barreras de otros tiempos. El problema, entonces, no está necesariamente en la tecnología, sino en cómo la utilizamos.
El mensaje, lejos de satanizar el mundo digital o sugerir que debemos abstenernos de esta realidad, nos invita a utilizarlo de manera más consciente, poniendo como pilares la responsabilidad, la cooperación y la educación.
Y aquí aparece, a mi juicio, uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: comprender que cada nueva herramienta no solo amplía nuestras posibilidades, sino también nuestra responsabilidad.
Se requiere un profundo sentido de responsabilidad no solo al consumir contenido digital, sino también al producirlo. Cada publicación, cada comentario, cada imagen que compartimos puede contribuir, para bien o para mal, a construir el ambiente digital en el que todos convivimos.
Por eso, junto al desarrollo tecnológico, resulta indispensable cultivar virtudes que no son nuevas, pero que hoy adquieren una relevancia especial: la prudencia para verificar antes de compartir, la honestidad para no manipular contenidos, la responsabilidad frente a las consecuencias de nuestras acciones y el respeto por la dignidad de las personas.
También necesitamos educar desde temprana edad. No se trata únicamente de enseñar a niños y jóvenes a utilizar las nuevas tecnologías, porque probablemente ellos aprenderán a manejarlas con mayor rapidez que nosotros. El verdadero desafío es ayudarlos a desarrollar capacidades críticas que les permitan ir más allá de aquello que reciben, preguntarse quién creó un contenido, con qué propósito, si es verdadero y qué consecuencias puede tener compartirlo.
La conversación con sobrino en base a este documento fue muy significativa. Ambos coincidimos que no basta con enseñar a utilizar la tecnología. Necesitamos aprender y enseñar a pensar con ella y frente a ella.
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