Hay algo curioso en la política boliviana. Algunos personajes pasan los años sin pagar nunca el precio de sus decisiones. Cambian de bando, abandonan las causas que antes defendían, renuncian a convicciones y continúan avanzando como si nada hubiera ocurrido. Durante un tiempo, parece que la apuesta les ha salido bien.
Pero a veces da la sensación de que existe una fuerza silenciosa que no olvida.
Los antiguos griegos tenían una explicación para fenómenos de esa naturaleza. Hablaban de las Erinias y de Horkos. Las primeras eran las encargadas de perseguir las traiciones, las lealtades rotas y los compromisos abandonados. Horkos era la personificación del juramento. Ninguno actuaba con prisa. Observaban. Esperaban. Dejaban que el tiempo siguiera su curso.
Lo fascinante es que no eran considerados seres malvados. Pero eran siniestros.
Tenían una especie de mecanismo destinado a recordar que ciertas deudas morales no prescriben con el paso de los años.
Tengo la sensación de que algo parecido ocurre con ciertos personajes de nuestra política.
No porque hayan cambiado de opinión. Eso puede sucederle a cualquiera. La política, como la vida, obliga con frecuencia a revisar certezas.
Lo que parece atraer a estas modernas Erinias no es el cambio de posición, sino la renuncia a principios proclamados durante años, seguida de la pretensión de que nadie recuerde lo que alguna vez se defendió con tanta vehemencia.
Conozco a muchos de los protagonistas de la política boliviana. Mi actividad profesional me permitió compartir espacios con ellos, construir amistades con algunos y relaciones de respeto y confianza con otros.
Entre ellos hubo uno que siempre me llamó particularmente la atención.
Lo recuerdo como un profesional brillante. Joven, pero extraordinariamente maduro. Ocupaba funciones importantes en el área económica y destacaba por una combinación poco frecuente de rigor técnico y serenidad.
Lo invité a participar en la mesa chica presidencial especializada en economía. Nos reuníamos dos veces por semana, muchas veces en la madrugada. Las discusiones eran intensas y del más alto nivel académico y político. Los participantes variaban según los temas, pero algunos eran habituales. Cada encuentro terminaba convirtiéndose en una verdadera lección sobre la compleja realidad económica del país.
Él destacaba.
Llegaba siempre humilde y respaldado por datos sólidos. Defendía sus posiciones con argumentos bien estructurados. Discutía de igual a igual con personas que acumulaban más décadas de experiencia política. Jamás se dejaba interrumpir, pero tampoco necesitaba elevar la voz. Su fortaleza estaba en la claridad de sus ideas. Era firme sin ser agresivo y técnico sin perder la capacidad de persuadir.
Por eso me sorprendió observarlo.
Me sorprendió verlo declarar con una seguridad que rayaba en la soberbia sobre debates que ni siquiera habían comenzado.
Me sorprendió verlo situado en el centro de controversias innecesarias.
Me sorprendió verlo incapaz de reconocer cuestionamientos legítimos que antes habría analizado con serenidad.
Sin embargo, lo que más me sorprendió fue otra cosa.
Aquel joven profesional que había dedicado años a desmontar, con evidencia y argumentos, las equivocadas políticas económicas del MAS que llevaron a Bolivia a su situación actual parecía ahora empeñado en ofrecer trabajo, espacios, influencia y oportunidades precisamente a algunos de los operadores más cuestionables de aquello que antes combatía.
Era como si hubiera iniciado un camino paralelo. Un camino discreto, casi invisible para muchos, pero perfectamente visible para quienes lo conocieron antes.
Y avanzó por ese sendero durante algún tiempo.
Tal vez convencido de que nadie recordaba.
Tal vez convencido de que las antiguas lealtades y los antiguos juramentos pertenecían ya al pasado.
Pero las Erinias jamás se caracterizaron por su impaciencia.
Esperan.
Observan.
Acompañan.
Y aparecen precisamente cuando su presencia parece más improbable.
Por eso, al observar los acontecimientos recientes, resulta difícil no pensar en aquellas antiguas figuras de la mitología griega. Como si Erinia y Horkos hubieran seguido sus pasos durante años, aguardando en silencio el momento adecuado para el ajuste de cuentas.
Y cuando finalmente llegaron, no sólo le arrebataron el cargo y el poder.
Le quitaron algo mucho más importante.
El prestigio.
Si ello, incluso las carreras más prometedoras comienzan a perder brillo.
Y entonces ocurre algo curioso.
No es el enemigo quien derrota a la persona.
Es la sombra de sus propias decisiones.
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