Dos letras minúsculas explican buena —o al menos una importante— parte de lo que nos pasa con el dólar. Están al lado del cargo de quien firma las decisiones monetarias del país "Presidente a.i. del Banco Central de Bolivia". Y también al de los directores que juraron con él en noviembre de 2025, con el encargo de reinstitucionalizar la entidad. Reinstitucionalizar de manera interina. Oxímoron.
Para quien no lo sepa, porque el —Banco Central se volvió visible cuando empezaron a faltar dólares—, la ley lo define como institución autárquica y única autoridad monetaria y cambiaria del país. La Constitución de 2009 le agregó otra capa, que el Ejecutivo fija los objetivos de la política monetaria y cambiaria, y el banco los ejecuta en coordinación con él. Causa gracia que en este país cualquier palabra derivada de "autonomía" suele terminar como sugerencia.
Para cada cargo del directorio, presidente incluido, la Asamblea propone una terna, el presidente del Estado elige y el mandato dura cinco años. Un directorio que dura más que un ministro es lo que hace creíble que una decisión monetaria sea técnica y no política. Hace veinte años que eso no funciona; desde que don Juan Antonio Morales dejó el cargo en 2006 pasaron siete presidentes. Siete. Cada uno duró lo que duró la comodidad de quien lo puso.
Un interino comunica como cualquier interino. A fines de febrero, cuando se inhabilitaron los billetes de la Serie B, el ente emisor y el ministerio dijeron cosas distintas sobre el dinero que la gente tenía en el bolsillo. En junio, quince años de dólar fijo terminaron con dos resoluciones del mismo día, una del ministerio y otra del banco; después, el banco aclaró que no buscaba estabilizar el tipo de cambio, sino evitar sobrerreacciones. En julio, el vocero presidencial prometió que el precio se estabilizaría. Ese mismo gobierno, en su memorando con el Fondo Monetario Internacional, se compromete a evitar cualquier percepción de que persigue un precio para el dólar. El vocero prometió justo lo que el memorando pide no sugerir.
Cada declaración, por separado, se defiende. Juntas producen un país donde nadie sabe a quién escuchar para saber cuánto valdrá su plata en treinta días, y donde el empresario que decide una importación depende de quién dio conferencia esa mañana. Alan Blinder lo llamó cacofonía y sucede cuando la autoridad monetaria habla con demasiadas voces, la política pierde previsibilidad. Más micrófonos, peor información.
Seamos justos, este año el Banco Central publicó por primera vez su Programa Monetario, difunde minutas y dejó de financiar al Tesoro. Técnicamente, hizo la tarea. El ruido lo produce un país cuya Constitución reparte la palabra monetaria entre dos casas, que nunca decidió de quién es y que, por las dudas, se la presta a todos.
El precio cuenta el final. Tras subir 25% en su primer mes sin tipo fijo, el dólar llegó a 12,64; esta semana el Banco Central salió a vender dólares y hoy el oficial está en 12,42. Un régimen flexible se mueve, para eso es flexible; lo que no debería moverse tanto es la expectativa, y la expectativa está hecha de palabras. Durante tres años el dólar de la calle costó más que el del banco; hoy cuesta menos, y la ansiedad se quedó donde estaba. Ya no discutimos cuánto cuesta el dólar, discutimos quién lo decide.
Casi todo se arregla comunicando, se dice en mi oficio con demasiada facilidad. En realidad, se arregla decidiendo quién habla, sobre qué y con qué firma abajo.
En su memorando, Bolivia le promete al Fondo mejorar la autonomía de su banco central, con una reforma legal que llegaría a la Asamblea en 2027. En las diecinueve páginas no aparece la palabra terna ni la palabra interino. La reforma puede esperar su calendario; pero nombrar un directorio por la vía que ya está escrita cuesta casi nada —por no decir nada—. La autonomía plena exigiría tocar la Constitución. La operativa solo exige cumplirla.
Nada de eso genera un solo dólar, es cierto. Pero al menos deriva en una sola voz, diciendo una sola cosa, con nombre completo, sin el "mientras tanto" escondido en dos letras.
*Nabilia Rivero es Comunicadora Estratégica y Gerente de Comunicación y Reputación Institucional de CAINCO



