Existen frases que se repiten una y otra vez en una sociedad, y terminan pareciéndose a una verdad. O desplazándola. Una de esas, quizás la más peligrosa, dañina y engañera, principalmente en Cochabamba, es aquella que muchos repiten como un mantra: “roba, pero hace”,
Como si el robo pudiera compensarse con una obra, con una calle asfaltada, con un jardín colorido, con un hospital blanqueado. Como si la corrupción fuera el precio inevitable del progreso, como si la pudrición fuera una condición para administrar una ciudad.
¿En qué momento decidimos que era aceptable que nos roben, siempre y cuando nos arreglen una callecita o nos entreguen un puente que luego se hunde?
Esta frase: “roba, pero hace” revela hasta qué punto hemos normalizado lo que debería indignarnos.
El 22 de marzo, cuando Cochabamba y el país vuelvan a depositar el voto en las urnas subnacionales, conviene recordar algo elemental: hacer obras no es una virtud extraordinaria de un político; es su obligación, es su deber. Para eso se le paga, para eso se le confía el poder, para eso se le entrega el dinero público.
Robar, en cambio, no es un mérito de gestión. Es un delito. Y, como todo delito, tiene cárcel. O, debería, sin titubeos.
No hay una pizca de similitud entre ambas cosas. No hay compensación posible. No hay balance moral que permita decir: “Sí, se llevó algo, pero al menos hizo”. No hay zona gris, no hay matiz, no hay contexto que lo justifique.
Lógica perversa
Esa lógica del “roba, pero hace”es precisamente la que ha permitido que durante décadas la corrupción se vuelva parte del quehacer político en el país, en los departamentos, en los municipios. Y es la causa de la trágica historia de nuestros pueblos. Un político corrupto no sólo roba el dinero del ciudadano que trabaja honradamente, le roba la educación de los hijos, la salud de los ancianos, el porvenir de los jóvenes. Les roba a todos.
Pero hay algo peor, más preocupante y perverso: Ningún corrupto se sostiene solo. Se sostiene gracias a los que lo justifican. A los que relativizan. A los que prefieren defender a su candidato, su caudillo, antes que defender la verdad y la transparencia.
Cuando el fanatismo reemplaza a la conciencia crítica, el ciudadano deja de ser vigilante del poder y se convierte en su cómplice, en su escudo, en su can faldero, ese que, si escucha a alguien cuestionar a su amo, gruñe, enseña los dientes, ladra. Incluso muerde, espumando la boca.
Entonces ocurre lo peor: la corrupción deja de esconderse y aun cuando se convierta en cinismo descarado, pasa como cualidad, y ésta, a su vez, llega a llamársele… gestión. Es cuando se empieza a gobernar con aplausos. Y todo se pudre.
Merecemos algo mejor
Un pueblo no se destruye únicamente por los políticos corruptos. También se deteriora y se infecta desde dentro cuando los ciudadanos renuncian a exigir ética, transparencia y rendición de cuentas honestas.
Cochabamba Y Bolivia entera merecen algo mejor que ese conformismo o esa resignación simulada de civismo. Merece autoridades que hagan porque es su deber, y que no roben porque tienen dignidad. Pero, sobre todo, merece ciudadanos que exijan eso sin negociar, sin excepciones, sin el viejo y cobarde consuelo de decir “todos roban”, como si esa fuera una razón para elegir al mejor ladrón. O al estafador más parlanchín y simpático.
Votar con conciencia no es ser ingenuo. Es el único acto verdaderamente revolucionario que nos queda.
El desafío de estas elecciones no es solo elegir autoridades. Es cambiar una mentalidad. Esa mentalidad que tanto nos empobrece. “Roba, pero hace” es el dicho más caro y dañino que Cochabamba y el país deben enterrar el 22 de marzo.
Porque, lógicamente, mientras sigamos tolerando al que roba porque hace, seguiremos financiando nuestra propia corrupción social, económica y moral.
La política puede mejorar. Las instituciones pueden cambiar. Pero nada de eso ocurrirá si la ciudadanía continúa premiando la corrupción en las urnas.
El verdadero cambio no empieza en el municipio. Empieza en la decisión de no aplaudir más a quienes nos roban. Y esa decisión es nuestra.
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