Abril 26, 2026 -HC-

Dudas y aceleraciones


Domingo 26 de Abril de 2026, 9:30pm




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La resaca de las derrotas y problemas que está enfrentando el oficialismo se está intensificando. Lo más llamativo es el incremento de la desilusión en su flanco derecho acompañada de una gran ofensiva de los creyentes en el método de shock. Aumenta el riesgo de que el gobierno quede atrapado entre los anhelos rupturistas de algunas elites y el creciente malestar de las mayorías sociales frente a los costos del ajuste.

Jacques Chirac decía que “las mierdas, siempre llegan en bandadas” con la experiencia de un viejo y astuto político que conocía los vaivenes de la opinión pública y la escasa lealtad y consistencia de opinadores y dirigentes, sobre todo cuando las cosas parecen estar saliendo mal. Supongo que algo de eso deben estar sintiendo las autoridades oficialistas después de una semana para el olvido.

Es evidente que el mal resultado electoral de los partidos que apoyan al Presidente, la exacerbación del desaguisado de la gasolina basura y la montonera de conflictos que se están desatando preocupa y muestra grietas ya inocultables en el dispositivo gubernamental. Todo eso genera inquietudes.

En medio de la desilusión de algunas franjas de la opinión, abundan los llamados, entre desesperados y amenazantes, por mano dura, transformaciones radicales, purgas sanadoras y shocks económicos refundadores. La caza de los tibios parece haber empezado, acusándoles de todos los males. El reformismo gubernamental parecería ser el gran error y el culpable de todos los males.

En algunos casos, esos sentimientos llevan a un repentino transito del enamoramiento al empute cuando se habla del gobierno, con bastante exageración desde mi humilde opinión. Por supuesto, eso no quiere decir que la estrategia electoral del oficialismo haya sido buena, que no sea preocupante la descoordinación gubernamental o que siga sorprendiendo su dificultad de comunicar más allá de los intentos del Presidente de marcar la agenda.

Hay pues problemas, algunos graves, pero llama la atención la virulencia de algunas reacciones y la poca serenidad de muchos actores. El gobierno está lejos de derrumbarse y su juego tiene aún mucho margen. Porque si bien es fácil ver la paja en el ojo ajeno, es menos corriente reconocer la viga en el propio.

Digámoslo, las victorias de unos y otros en los comicios autonómicos fueron parciales, nadie puede proclamarse como el gran triunfador. Tampoco se percibe ningún mandato político rupturista en serio en esas votaciones aparte de cierto deseo de renovación y mucha lógica de descarte.  Haciendo sumas y restas, los que se impusieron fueron los populismos y localismos de todos los pelajes, mientras las fuerzas nacionales obtuvieron resultados modestos.

Por otra parte, si bien la fuerte molestia por la “gasolina basura” y el auge de las voces populistas, particularmente en el Occidente, son señales inocultables del descontento de amplios segmentos de la población, se trata de un malestar, por ahora, sin un fuerte contenido político, que muestra principalmente que la gente exige resultados concretos y menos discurso, pero también que el contexto social no está para experimentos políticos.

El gobierno parece, a ratos, atrapado entre esas dos tenazas, el reclamo por un lado de un aceleracionismo liberal que le reprocha su moderación y gradualismo y el malestar larvado de otra franja de la población que empieza a sentir y a rechazar los costos concretos del ajuste y el estancamiento económico. Para unos, la purga no habría sido suficiente, para los otros está ya habría sido excesiva. Ambas lógicas son muy arriesgadas y juntas podrían ser letales.

Paradójicamente, en este mundo de miedos y dudas, de ausencia de grandes liderazgos o de ideas hegemónicas, el gradualismo y la medianía del gobierno siguen siendo su gran ventaja si sabe regularlas con inteligencia. Su acción homeopática permite avanzar sin demasiada brutalidad. Está llenando el vacío sin muchas rispideces, lo cual es mucho en estos tiempos. Sigue siendo nuestro menos peor, razón contundente, por cierto, por la que ganó la elección y por la que podría seguir siendo el actor central de la política por un buen tiempo más.

Porque además olvidamos que la mayoría de la ciudadanía se ha vuelto tremendamente pragmática, desea que no le molesten, que la dejen trabajar, esta cansada de las revoluciones de todo signo, no espera mucho de los políticos, salvo que no le quiten alevosamente algunos derechos ni le desordenen la vida excesivamente. No es una sociedad que se sienta decadente, al contrario, sigue siendo poderosamente aspiracional pero también oportunista, nacionalista y conservadora en muchos aspectos. Por eso aguanto a Arce y también le da sus posibilidades a Paz Pereira, sin gran pasión, eso es cierto.

Por esas mismas razones, el rupturismo de los ideólogos liberales no logró ganar la elección del año pasado, aunque tenía todo a su favor. Nunca hubo mandato para la terapia de shock ni apetito real por un cambio radical salvo en las encuestas de Claure y sus reuniones de convencidos. Las propias mayorías legislativas de derecha actuales son en buena medida artificiales, por la distorsión que provocó el voto nulo. Creer que estas aportan alguna legitimidad suficiente para intentar algún ensayo refundador es ingenuo y medio suicida.

Tampoco hay un rechazo por el cambio, se lo entiende como necesario para solucionar los problemas, ni hay una aspiración por alguna utopía progresista. Son otros tiempos, ante la falta de un proyecto político transformador y la desconfianza en una izquierda que se volvió burocrática y parte de la elite abusiva, estamos aún lejos de una renovación por ese lado. Por eso, la defensa de algunos legados de los veinte años del masismo es práctica, es poco ideológica, es sobre derechos, espacios y beneficios concretos.

Todos los anteriores son datos que no se pueden eludir. Así pues, aunque vapuleado, el gobierno está en pie y no debería olvidar que su sostenibilidad futura no depende tanto de satisfacer a cualquier costo los sueños húmedos de las elites liberales, sino de la aceptación y tolerancia de las mayorías sociales a una reforma necesaria pero que tendrá que ser cuidadosa, paulatina y heterodoxa. Tendrá que asumirse en su rol de puente en medio de la tormenta y de facilitador de una mutación hacia un escenario aún indefinido. Por supuesto, para ello habrá que afinar la secuencia, mejorar el método, fortalecer el elenco y entender y hablarle mejor a unos y otros.

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