Mayo 31, 2026 -HC-

Acabó el buffet y comienza la pelea por los cubiertos


Domingo 31 de Mayo de 2026, 8:15am




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Durante años 20 años, Bolivia creyó haber descubierto una fórmula casi alquímica del desarrollo: gastar como país gasífero del Golfo Pérsico teniendo reservas modestas, sin invertir en exploración  y administrar conflictos sociales y políticos con una herramienta extraordinariamente sofisticada llamada: chequera extractiva. No era exactamente socialismo, capitalismo ni economía creativa; era algo más doméstico y profundamente nacional: un modelo donde casi todos podían sentirse incluidos… siempre que hubiera suficiente renta para repartir. Era el extractivismo con causas justas.

La actual crisis boliviana no es simplemente inflación, falta de dólares o una mala racha administrativa. Estamos frente al agotamiento de un modelo completo: el viejo Estado nacional-popular rentista, esa compleja arquitectura política donde la estabilidad no descansaba tanto en instituciones robustas, productividad creciente o consensos republicanos, sino en una delicada distribución de beneficios, privilegios, subsidios, cuotas de poder y reconocimientos simbólicos financiados, en gran medida, por el gas natural pero también por los recursos de la minería.

La pobreza, la desigualdad, la exclusión política, la precariedad económica y otras demandas profundamente legítimas no fueron realmente resueltas; fueron cuidadosamente reempaquetadas dentro de una poderosa narrativa nacionalista y administradas mediante una tecnología política bastante antigua: el viejo populismo distributivo.

La fórmula, aunque envuelta en lenguaje emancipador, era sorprendentemente clásica: yo administro la piñata estatal, te asigno una porción del excedente, una cuota de poder, un subsidio, una exención, un cargo o un privilegio; tú, a cambio, me devuelves votos, movilización y lealtad política. La ciudadanía no era plenamente incorporada como sujeto autónomo de derechos, productividad o innovación, sino como participante de un gran sistema de reciprocidades rentistas donde la inclusión frecuentemente adoptaba la forma de acceso regulado al botín.

Mientras hubo gas, dólares y recursos extraordinarios, el mecanismo funcionó con notable eficacia. El inconveniente, pequeño detalle macroeconómico, apareció cuando la piñata comenzó a vaciarse y los invitados descubrieron, con visible desconcierto, que las promesas ideológicas también tenían restricción presupuestaria.

Dicho de manera menos académica: el país funcionaba como una gran cena familiar donde nadie preguntaba demasiado quién cocinaba, cuánto costaba la comida o si quedaba algo en la refrigeradora, mientras el buffet estuviera lleno.

El problema es que el buffet comenzó a vaciarse. Bajo grandes discursos sobre soberanía, dignidad y modelo propio, fue emergiendo algo parecido a una federación de intereses corporativos. Cooperativistas, gremiales, sindicatos, sectores cocaleros, transportistas, empresarios subsidiados, burocracias públicas y diversas especies de fauna política aprendieron a convivir alrededor de un mismo ecosistema distributivo: capturar alguna parcela del Estado rentista.

Cada grupo tenía su pequeño jardín rentista cuidadosamente irrigado. Los comerciantes disfrutaban de un tipo de cambio fijo y apreciado que convirtió a las importaciones, legales, ilegales y creativamente ambiguas, en uno de los grandes motores económicos del país. El combustible subsidiado funcionaba como un abrazo estatal indiscriminado: recibía cariño fiscal desde el minibusero de la esquina hasta la agroindustria exportadora. Las cooperativas mineras operaban con una presión tributaria tan amable que el sistema impositivo parecía haber sido redactado por un primo afectuoso del sector. Y en ciertas geografías tropicales, la republiqueta del Chapare, la ausencia selectiva del Estado terminó siendo, paradójicamente, una de las formas más rentables de política pública. Todo esto era sostenible mientras existiera una vaca suficientemente generosa llamada Clarabella gas natural.

Pero la vaca rentista fue ordeñada con entusiasmo extractivo, disciplina corporativa y escasa visión veterinaria. Se la exprimió sin medida ni clemencia, bajo la cómoda presunción de que produciría gas, dólares y estabilidad política por generación espontánea. Nadie se preocupó demasiado por alimentarla, invertir en su reproducción o renovar el establo productivo. El resultado era previsible: la antigua vaca gorda del excedente terminó adelgazando lentamente hasta convertirse en un animal exhausto, casi metafísico, reducido a piel, huesos y nostalgias hidrocarburíferas.

Y aquí aparece el verdadero drama histórico. Cuando desaparece la renta gasífera, desaparece también la capacidad de mantener unido al bloque de poder. Lo que antes parecía una épica “confederación de movimientos sociales” que enarbolaba causas justas comienza a revelar una faceta menos romántica: una coalición de intereses intentando salvar su cuota en un barco que ya no reparte camarotes.

Entramos así en lo que Antonio Gramsci describía magistralmente como el interregno: ese incómodo momento en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo todavía no sabe llenar formularios para nacer. Bolivia vive hoy exactamente ese tiempo viscoso, gelatinoso, incierto y ligeramente delirante.

Es como una sala de emergencias donde el paciente sufre una hemorragia severa mientras los familiares discuten quién heredará la farmacia. Hay paros para protestar contra otros paros, bloqueos para liberar al país de los bloqueos, conspiraciones de república bananera y debates públicos donde abundan las consignas, pero escasean peligrosamente los modelos económicos alternativos.

En medio del caos, la dirigencia política, notese que no solo hablo del Presidente,  ofrece un espectáculo digno de un documental sobre depredadores jubilados: leones sin dientes rugiendo con admirable entusiasmo, aunque ya sin las condiciones materiales, fiscales ni sociales para imponer una nueva hegemonía o pactar una salida estable.

Y mientras la vieja vaca rentista agoniza en el establo, muchos de los líderes a quienes el electorado encargó la reconstrucción de la granja nacional parecen atrapados en una admirable especialización: sólo distinguen su pequeña parcela.

Conjugan el verbo de la omisión de manera peculiar: yo te he dicho, tú me advertiste, él no escuchó. Practican, además, con notable consistencia la filosofía política de Solís: hazte al sonsito y serás feliz. Incapaces de levantar la mirada hacia el tablero completo, confunden táctica con estrategia, cálculo electoral con proyecto histórico. No alcanzan a comprender que el verdadero desafío no consiste en administrar los restos de la piñata, sino en construir un nuevo bloque de poder, capaz de articular intereses diversos bajo un pacto político mínimo. Porque antes de discutir el modelo productivo, la estabilización o las reformas, hay una tarea previa y brutalmente simple: reconstruir las condiciones del poder para hacerlas posibles.

La política nacional se ha vuelto, en muchos casos, un campeonato de corto plazo administrado por una élite “matacambio”: expertos en sacrificar el futuro para proteger la siguiente semana. Mientras tanto, la pregunta verdaderamente importante sigue esperando respuesta: ¿qué viene después del rentismo?

Porque el país necesita algo más complejo que nostalgia del pasado o promesas recicladas o unos lideres omisos. Requiere una transición hacia un modelo nacional productivo y regional capaz de generar riqueza antes de repartirla; exportaciones distintas al recuerdo gasífero; inversión, seguridad jurídica, inclusión económica, productividad local y, sobre todo, un nuevo pacto político que reemplace la lógica del botín por una ética de la producción.

Naturalmente, esto exige decisiones incómodas: estabilización financiera, restauración de confianza y acuerdos políticos sostenibles. Ninguna de estas actividades goza de gran popularidad en una cultura política acostumbrada a creer que los problemas estructurales pueden resolverse con discursos patrióticos, controles administrativos o reuniones de emergencia acompañadas.

La ironía final es amarga: Bolivia no enfrenta únicamente una crisis económica. Enfrenta una crisis de imaginación estratégica. Y mientras la dirigencia corporativa continúa discutiendo cómo repartirse una torta cada vez más pequeña, millones de ciudadanos permanecen atrapados entre bloqueos de carreteras criminales, la incertidumbre, la inflación y la sensación incómoda de que el viejo modelo ya terminó… aunque nadie haya tenido todavía la cortesía de anunciar oficialmente el funeral.

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