A esta altura del partido, cuando todos los liderazgos, tanto a nivel mundial como en nuestro país, parecen desmoronarse vertiginosamente, arrastrando consigo las esperanzas de los ciudadanos y sus posibilidades de desarrollo, me surgió una pregunta instintiva: ¿y ahora quién podrá salvarnos?
Esperé que apareciera el Chapulín Colorado y me dijera: “Yo”. Pero, para mi tristeza, nunca llegó a ofrecerse para cambiar nuestro presente y nuestro futuro.
Entonces comencé a pensar que tal vez los extraterrestres podrían estar interesados en darnos algunas lecciones magistrales sobre cómo conducir los asuntos humanos de una manera moralmente elevada. Después de todo, el gobierno de los Estados Unidos está desclasificando una batería de antecedentes que, según se ha informado, apuntan a la posibilidad de que exista vida fuera de nuestro planeta.
Pensé que, si los extraterrestres llegaran desde un lugar lejano del espacio con una tecnología indudablemente superior a la nuestra, sería razonable suponer que sus capacidades también podrían ser superiores en distintos aspectos a las nuestras.
Pero, después de un tiempo imaginando soluciones mágicas en mi cabeza, decidí dejar de esperar salvadores provenientes del espacio y apostar por otra posibilidad: pensar en un liderazgo moral, desarrollado fuera del inmundo terreno de una política que suele desenvolverse bajo intereses, egos personales y miradas partidarias.
Es lamentable, pero bajo el esquema actual de la política partidaria, pareciera que la prioridad de muchos líderes es servirse del pueblo y no servir al pueblo. En sus discursos vacíos aseguran que su principal preocupación es mejorar la vida de todos; sin embargo, la realidad parece mostrar otra cosa: son sus propias vidas y sus cuentas bancarias las que experimentan un vuelco significativo.
Recuerdo una conversación con mi amigo y vecino Diego Ayo, en un minibús rumbo a Achumani —apretados, como se suele ir en los asientos delanteros—, en la que hablábamos de política partidaria. Yo le decía que ojalá existiera una forma de hacer política sin candidatos ambiciosos de poder, que despliegan campañas llenas de grandes promesas y muchas mentiras, cuidadosamente diseñadas por estrategas políticos. (Tipo Cerimedo).
Imaginaba un sistema político sin partidos que buscarán hacerse del poder de la mano de candidatos interesados en “servir”. Ante estas ideas, Diego - con esa su risa tan característica- me dijo: “Eso es imposible”.
Años después de aquella conversación, las ideas que compartía con Diego siguen dando vueltas en mi cabeza. La realidad nos golpea. El sistema político actual, cuyo fin debería ser impulsar nuestra civilización, no está funcionando.
Siento que uno de los mayores problemas del sistema político actual es que la catadura moral de sus líderes es pobre. Como señalan Eloy Anello y Juanita de Hernández:
“El mundo necesita un nuevo estilo de liderazgo dedicado a la transformación personal y colectiva, totalmente comprometido con los valores y principios morales, basado en la libre búsqueda de la verdad, inspirado por un sentido de trascendencia y guiado en el ejercicio de las capacidades por el ideal del servicio al bien común”.
El liderazgo que necesitamos no busca ocupar espacios de poder ni se autoproclama como el salvador. Siento que necesitamos despertar en cada uno de nosotros un liderazgo moral que nos inspire a no estar solamente preocupados y ocupados en nuestras propias vidas, sino también involucrados y comprometidos en transformar nuestro entorno.
Esto implica participar en actividades comunitarias y formativas que promuevan el desarrollo de nuestras comunidades en distintas áreas.
Lo que señalo puede parecer poco realista e incluso delirante. Pero siento que necesitamos pensar fuera de la caja y mirar hacia aquellos movimientos sociales que están empoderando a las comunidades y avanzando sin la necesidad de líderes políticos que representen intereses partidarios.
Por ello, pienso que el verdadero liderazgo no se postula, sino que se ejerce de manera silenciosa. El verdadero liderazgo aparece cuando nadie está mirando. No busca cámaras ni reconocimiento. No se autoproclama como el salvador. Busca servir a la comunidad sin esperar nada a cambio.
Ahora bien, muchos pensarán que todo sistema social requiere de una cabeza, de alguien que conduzca y tome las decisiones. Pero ¿qué pasaría si fuera la propia comunidad, con una visión elevada y moral, la que se convirtiera en el espacio donde pudiera surgir un nuevo liderazgo?
Quizás no se trata de eliminar a los líderes, sino de cambiar nuestra idea de lo que significa liderar.
Cierro preguntándome: ¿Y si los líderes que estamos buscando no están en los palacios de gobierno, en los parlamentos ni en los comandos de los partidos políticos, sino en nuestras propias comunidades?
Quizás necesitamos dejar de buscar quién nos gobierne y empezar a preguntarnos quiénes estamos dispuestos a ser para transformar aquello que tenemos alrededor.
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