Los últimos días estuve recopilando información sobre aspectos culturales de distintos países que se destacan por tener una ética sólida, y encontré uno de los referentes más utilizados: el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC), elaborado por Transparencia Internacional.
En su versión más reciente (2025), evaluó a 182 países utilizando una escala de 0 a 100, donde 0 indica alta corrupción y 100, altos niveles de integridad en el sector público.
Los países que encabezan este ranking —con bajos niveles de corrupción— son Dinamarca, Finlandia, Singapur, Nueva Zelanda y Noruega. En el extremo opuesto se encuentran países como Somalia, Sudán del Sur, Siria y Venezuela. Bolivia ocupa el puesto 28, es decir, presenta altos niveles de corrupción.
Este índice se enfoca en cómo se percibe la corrupción en el sector público: políticos, gobiernos e instituciones del Estado. Es decir, mide el funcionamiento del sistema, no necesariamente el comportamiento cotidiano de los ciudadanos.
Y es precisamente ahí donde surgió mi inquietud. Si lo que buscaba es conocer la ética en su dimensión más profunda —la que se vive día a día—, entonces no basta con mirar indicadores institucionales. Necesitamos observar las prácticas cotidianas, esos pequeños gestos que, repetidos miles de veces, terminan configurando una cultura.
En esa búsqueda, volví la mirada hacia Japón, un país en el que tuve la oportunidad de vivir durante seis meses. Un tiempo breve, pero suficiente para contrastar lo que uno lee con lo que efectivamente ocurre en la vida diaria. Y ahí es donde la ética deja de ser un concepto abstracto y se vuelve visible, concreta, casi inevitable.
Lo que uno ve en Japón es el resultado de siglos de formación ética, instituciones consistentes y hábitos repetidos desde la infancia. En definitiva, la cultura japonesa es el resultado de una educación: familias que priorizan, desde temprana edad, virtudes como el respeto, la responsabilidad y la disciplina.
Escuelas que no solo enseñan contenidos, sino también cómo comportarse en sociedad. En sus prácticas cotidianas se ve a niños que limpian sus escuelas, trabajan en grupo y respetan turnos. Se refuerza la idea de que la conducta de cada uno afecta a los demás; por lo tanto, es necesario pensar constantemente si lo que se hace puede molestar al otro.
Muchos recordarán ejemplos que resultan admirables. Después del terremoto de Fukushima, el orden de los ciudadanos al enfrentar una situación extrema impactó al mundo. No hubo saqueos; la gente, de manera ordenada y respetuosa, hacía filas para recibir raciones de alimentos. A diferencia del terremoto en Chile el 2010 donde se produjeron saqueos en varias ciudades del país, especialmente en las horas y días posteriores al sismo.
También se recordará el comportamiento ejemplar de los japoneses en el Mundial de 2018, realizado en Rusia. Después del partido de Japón contra Bélgica, los hinchas japoneses se quedaron limpiando las gradas, recogiendo basura en bolsas que ellos mismos llevaban. Lo mismo ocurrió en el Mundial de Brasil, donde ya había llamado la atención este comportamiento: al finalizar el encuentro en el que jugó su selección, se quedaron para limpiar el estadio.
Hace poco, además, se difundió una noticia que contaba que el conductor de un tren bala, tras un retraso, salió a pedir disculpas a los pasajeros e incluso ofreció devolver el costo del viaje.
De los muchos ejemplos de comportamiento positivos que recuerdo, es que en días de lluvia uno dejaba su paraguas en contenedores dispuestos en supermercados y malls, con plena confianza de que al salir uno encontraría su paraguas. Situación impensable en muchos otros países.
Todos estos ejemplos no son hechos aislados: son hábitos que vale la pena imitar. De ahí mi afirmación de que, en algunos casos, copiar se convierte en algo positivo y hasta deseable.
Demás está decir que no ignoro los grandes desafíos que tiene Japón, sin embargo, ahora me enfoco en la cultura del respeto, orden, responsabilidad, disciplina, honestidad y otras virtudes del ciudadano de a pie.
Para cerrar, decir que no cabe duda de que cuando la virtud se vuelve un hábito da vida a una cultura elevada que muestra que los indicadores (corrupción, confianza, bienestar) mejoran naturalmente. Esto no es una teoría, es una realidad comprobable. La evidencia está a la vista.
La pregunta que debemos hacernos es ¿estamos dispuestos a copiar esta forma de ser y hacer con un real convencimiento, esfuerzo, constancia o seguiremos mirando desde lejos sin incorporarlo en nuestra vida cotidiana?
La respuesta depende de nosotros: padres, educadores y también de quienes toman decisiones públicas. Todos con la meta de educar en virtudes a niños desde una temprana edad. Claro está: si es que queremos un sólido bienestar.
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