Mayo 04, 2026 -HC-

¿Y si la ética profesional dejara de ser utopía para hacerse realidad?


Lunes 4 de Mayo de 2026, 7:30am




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Si cerramos los ojos y viajamos por un instante a nuestros años de colegio, es muy probable que rescatemos del olvido aquellas mañanas frente a la pizarra donde palabras como Ética y Utopía aparecían escritas con tiza blanca. En aquel entonces, nos resultaban conceptos densos, lejanos, casi etéreos; eran lecciones que debíamos memorizar para un examen, pero que poco tenían que ver con el recreo o la vida misma. Resultaba difícil entender que esas abstracciones terminarían siendo los cimientos de nuestra integridad adulta y/o profesional.

Sin embargo, al transitar la vida y habitar la profesión, nos damos cuenta de que no son términos de diccionario, sino el pulso mismo de nuestra convivencia. Para que podamos caminar juntos, necesitamos bajarlas a la tierra con sencillez: la ética, en su raíz más humana, es simplemente esa brújula interna que nos indica qué es lo correcto, incluso cuando no hay cámaras, ni jefes, ni aplausos frente a nosotras o nosotros. Es el compromiso innegociable de no dañar al otro y de reconocer su dignidad como un espejo de la nuestra. La utopía, por su parte, no es un "no-lugar" inalcanzable, sino ese horizonte que —como bien decía Galeano— nos sirve para caminar. Es la visión necesaria de lo que podemos llegar a ser si nos atrevemos a transformar la realidad.

Para que una sociedad alcance un desarrollo equilibrado, no basta con la acumulación de leyes o el crecimiento económico, el ejercicio ético en el cotidiano es imprescindible. Necesitamos una coherencia profunda en la modelación de valores. El desarrollo humano no ocurre de forma aislada; se nutre de lo que observamos en nuestros referentes en todos los niveles: desde el Estado y el aparato gubernamental, hasta el tejido social, las comunidades y, fundamentalmente, las familias.

Pero hoy, mi mayor preocupación se centra en el ejercicio profesional, en tanto, profesionales y autoridades en ejercicio, nos constituimos en los "arquitectos" de la confianza social. Lamentablemente, las últimas discusiones públicas sobre las leyes de protección para la sociedad y las acciones de resguardo a la niñez han puesto de manifiesto una herida abierta: la gran desconfianza de la población en el ejercicio profesional.

Existe un sentimiento de sospecha legítima. La gente se pregunta: ¿Estará este profesional actuando por justicia o por conveniencia? Cuando un psicólogo manipula un informe, cuando un abogado utiliza la ley como una trampa, cuando un médico se niega a atender a un enfermo, cuando un trabajador social humilla a una familia, cuando un educador corrompe la mente de un estudiante, cuando un ingeniero avala una construcción en zona de riesgo, cuando un contador manipula un informe, cuando un comunicador hace de la información una farándula amarillista o, cuando una autoridad adecúa su discurso según el color partidario del momento, la ética se retira al exilio y la utopía parece, efectivamente, un sueño de locos.

La ética se vuelve utopía —en el sentido negativo de lo imposible— cuando nos dejamos arrastrar por el inmediatismo. Vivimos en una sociedad que premia el "éxito" rápido, la ganancia fácil y el acomodo de las normas según el beneficio personal. Esta cultura de la conveniencia ha permeado incluso los espacios de protección más sagrados.

En los últimos tiempos, vimos con dolor cómo se maneja el discurso para quedar bien en la superficie, mientras que en el fondo se vulnerabiliza a las personas. Cuando la conveniencia sustituye a la conciencia, la persona profesional deja de ser un/a servidor/a de la vida para convertirse en un/a mercader de la ley o del bienestar ajeno.

¿Estamos condenados a este camino sin vuelta? Mi respuesta es un "no" rotundo. Siempre existe la posibilidad de poner un freno a esta inercia deshumanizante, y ese freno nace en la esencia misma de la persona.

En psicología, hablamos de la tendencia actualizante: ese impulso biológico y espiritual intrínseco a todo ser vivo que nos empuja hacia el crecimiento, la salud y la armonía. Es la semilla que, a pesar del cemento, busca la luz. Este cambio no vendrá únicamente de grandes decretos, sino del despertar de esa esencia positiva en cada hogar, en cada vecindario y, sobre todo, en cada asociación de profesionales.

La ética profesional deja de ser una utopía para encarnarse en la realidad cotidiana cuando quien ejerce la abogacía prioriza la verdad sobre el rédito económico, comprendiendo que su firma es un acto de poder que decide el destino de una niñez; cuando en la psicología se trascienden los sesgos personales para abordar el trauma con el rigor de la ciencia y la calidez de la empatía; y cuando desde la ingeniería se antepone la seguridad estructural y la preservación de la vida al beneficio comercial, garantizando que cada cimiento sea un refugio seguro para la comunidad. Este compromiso se fortalece cuando en la contaduría se abraza la transparencia absoluta y la honestidad financiera como un escudo contra la corrupción, protegiendo la fe pública; cuando la medicina restaura el equilibrio vital honrando la profundidad del juramento hipocrático; cuando desde el trabajo social se acompaña con ternura la sanación de las grietas familiares y en la educación se despierta el pensamiento crítico con responsabilidad ética; cuando desde el periodismo se buscan las fuentes para encontrar la verdad; etc. y, finalmente, cuando quien se encuentra en ejercicio de autoridad legisla con la mirada puesta en el porvenir de las próximas generaciones y no en el cálculo mezquino de las próximas elecciones.

La utopía se hace realidad cada vez que una persona decide actuar con coherencia, rompiendo la cadena del "siempre se hizo así". La ética se encarna cuando nuestras palabras y nuestras acciones vibran en la misma frecuencia.

Hacer que la ética profesional sea una realidad tangible es nuestra mayor tarea humana, y, por ende, política. No es un imposible; es una construcción diaria que comienza con la valentía de ser íntegros en un mundo que permanentemente nos invita a lo contrario. Que nuestra práctica sea el puente para que las hijas y los hijos de la patria crezcan en un mundo donde la palabra empeñada y la protección del desarrollo vital sean la norma, y no la excepción. No es una tarea fácil, no es mágica, no depende de una persona, pues implica esfuerzo cotidiano de todas y cada una de las personas que dice amar a este país o a la humanidad.

La utopía es posible porque la ética es, finalmente, nuestra forma humana más elevada de amar a la comunidad.

Marynés Salazar Gutiérrez Ph. D. (Investigadora, educadora, filósofa, política, forense, sexóloga y psicóloga / Directora de Psinergia / Docente UCB, UMSA, UPEA / Consultas al 69786000)

 

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