Abril 22, 2026 -HC-

PGE 2026: lo bueno, lo malo, lo factible, lo riesgoso y lo necesario para que el mismo tenga futuro


Miércoles 22 de Abril de 2026, 11:00am




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1. Breve evaluación económica y financiera del PGE 2026 (reformulado)

El PGE 2026 reformulado refleja un intento de corrección de desequilibrios heredados, más que un presupuesto de expansión. El dato más crítico es el reconocimiento de un desfase de Bs. 24.000 millones en el presupuesto anterior, lo que evidencia una fuerte inconsistencia entre ingresos y gastos públicos. En ese contexto, el nuevo presupuesto asciende a aproximadamente Bs. 390.000 millones (mayor al 2025), con recortes en gasto corriente (viáticos, viajes, etc.), lo que apunta a una política de ajuste “moderado”.

Desde el punto de vista fiscal, el objetivo de reducir el déficit a cerca del 9% (igual que el PGE 2025) del PIB es una señal de consolidación, pero aún se mantiene en niveles muy elevados para estándares internacionales y para una economía con restricciones externas como Bolivia. Además, el hecho de que el presupuesto anterior dependiera hasta en 40% de deuda muestra que el problema estructural sigue siendo la falta de ingresos genuinos. En síntesis, el PGE reformulado corrige parcialmente el rumbo, pero no resuelve el problema de fondo: el desequilibrio fiscal crónico.

2. Aspectos positivos y negativos del PGE 2026

 Aspectos positivos

Primero, hay un esfuerzo claro de ajuste fiscal, con reducción del déficit respecto al presupuesto original (que superaba el 10% del PIB). Esto mejora la señal hacia acreedores y organismos internacionales.

Segundo, se prioriza la inversión social (más de Bs 5.000 millones) y el mantenimiento de bonos, lo que protege la demanda interna y sectores vulnerables en un contexto recesivo.

Tercero, el recorte de gastos innecesarios (viáticos, viajes, burocracia) introduce una señal de eficiencia del gasto público, algo imprescindible en una economía con restricciones de liquidez.

Aspectos negativos

Primero, el déficit sigue siendo muy alto (9,2%), lo que implica necesidad de financiamiento vía mayor deuda pública o emisión monetaria, presionando inflación y reservas.

Segundo, persiste una estructura rígida del gasto: históricamente cerca del 64% es gasto corriente, lo que limita el impacto productivo del presupuesto.

Tercero, el punto más preocupante es la credibilidad de los supuestos macroeconómicos, ya que el presupuesto anterior ya fue cuestionado por falta de sustento técnico y optimismo excesivo.

4. ¿Cuán factibles son las metas macroeconómicas del PGE 2026?

Las metas planteadas (crecimiento -1,28%, inflación 14,9%, déficit -9,2%) son parcialmente realistas, pero optimistas en conjunto. La inflación proyectada sí es coherente con una desaceleración desde 20,4% en 2025, y está alineada con lo anticipado por el propio gobierno (mayor al 10%). Sin embargo, el crecimiento parece optimista: la economía ya cayó en 1,58% en 2025 y organismos internacionales proyectan cerca de -3%, lo que sugiere que el escenario base podría ser peor.

El mayor problema está en la consistencia interna: reducir déficit, bajar inflación y reactivar crecimiento al mismo tiempo, en un contexto de restricción externa (dólares, reservas, combustibles), es extremadamente difícil. La evidencia reciente muestra que Bolivia enfrenta una crisis de divisas y subsidios que presiona las cuentas fiscales y externas. Por tanto, las metas son más aspiracionales que plenamente sostenibles. Y si es que el escenario externo se tornase más complejo el logro de estas sería casi una utopía.

5. Análisis comparativo PGE 2026 vs PGE 2025 (metas macroeconómicas)

El contraste entre 2025 y 2026 es contundente: el PGE 2025 proyectaba un escenario claramente optimista y expansivo (crecimiento de 3,51%, inflación de 7,5% y mayor inversión pública de $us. 4.024 millones), mientras que el PGE 2026 reformulado reconoce una economía en fase de ajuste y contracción (decrecimiento de 1,28%, inflación de 14,94% y menor inversión de $us. 2.965

millones).

En términos simples, el presupuesto 2025 estaba construido sobre supuestos que no se cumplieron (de hecho, la economía cayó -1,58% y la inflación llegó a 20,4%), mientras que el de 2026 parte de una base más cercana a la realidad observada.

Desde un enfoque técnico, el PGE 2026 no es “mejor” en términos de resultados esperados, pero sí es más realista y sincero frente al deterioro macroeconómico interno (déficit alto, escasez de divisas, caída de ingresos) y el contexto externo adverso (menores precios y demanda). El hecho de mantener el mismo déficit fiscal proyectado (-9,2%) en ambos años evidencia que el problema estructural persiste, pero al menos en 2026 se corrige el sesgo de sobreestimación del crecimiento y subestimación de la inflación. En síntesis: el PGE 2025 fue técnicamente débil y poco creíble; el de 2026 es más prudente, aunque aún insuficiente.

6. ¿Es suficiente el PGE para evitar una mayor recesión económica?  

No del todo. El PGE reformulado es un paso necesario, pero no suficiente. Es un presupuesto de contención, no de reactivación. El ajuste fiscal ayuda a estabilizar, pero también puede profundizar la recesión en el corto plazo si no está acompañado de inversión privada, crédito externo y reformas estructurales.

Además, la economía boliviana enfrenta problemas estructurales: caída de exportaciones de gas, baja inversión, presión de subsidios y falta de divisas. Incluso análisis externos señalan que el país necesita cambios más profundos en el gasto público y en el modelo económico para evitar una contracción mayor.

Si el Banco Mundial y el FMI proyectan una caída cercana al -3%, el presupuesto actual difícilmente revertirá esa tendencia por sí solo.  

7. Medidas económicas necesarias para la sostenibilidad del PGE 2026

Primero, es imprescindible una reforma fiscal estructural, centrada en la reducción progresiva de subsidios (especialmente a combustibles) y una mejor focalización del gasto social. Esto permitiría reducir el déficit sin afectar de manera desproporcionada a los sectores más vulnerables.

Segundo, el gobierno debe reconstruir el acceso a financiamiento externo en condiciones sostenibles, mediante acuerdos con organismos multilaterales y mejora de la credibilidad macroeconómica; sin esto, el financiamiento del déficit seguirá presionando las reservas y la inflación.

Tercero, se requiere una estrategia clara de reactivación productiva y generación de divisas, que incluya incentivos a exportaciones (hidrocarburos, minería, agroindustria) y atracción de inversión privada. Sin dólares, no hay estabilidad cambiaria ni control inflacionario posible. Complementariamente, se debería avanzar en una mayor coordinación entre política fiscal y monetaria, evitando la monetización del déficit. En conjunto, estas medidas no garantizan resultados inmediatos, pero sí aumentan significativamente la probabilidad de que el PGE 2026 sea sostenible y que sus metas, aunque exigentes, sean alcanzables.

8. Principales riesgos para la factibilidad y sostenibilidad del PGE 2026

Un primer riesgo crítico es el bloqueo político e institucional, ya que los problemas de gobernabilidad y la fragmentación en la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP) dificultan la aprobación de créditos externos y leyes clave. Sin financiamiento oportuno, el déficit fiscal del 9% del PIB no tendría una  fuente clara de cobertura, generando presión sobre las reservas internacionales  y el tipo de cambio. Un segundo riesgo es la persistente escasez de divisas, que limita la capacidad de importar combustibles, sostener subsidios y estabilizar precios; esto puede traducirse en mayor inflación y desabastecimiento. Un  tercer factor es la debilidad estructural de los ingresos fiscales, altamente dependientes de hidrocarburos en declive, lo que reduce el margen del Estado para sostener el gasto público.

Un cuarto riesgo importante es la falta de credibilidad en las proyecciones macroeconómicas, dado que en años anteriores se sobreestimó el crecimiento y se subestimó la inflación. Esto afecta la confianza de inversionistas, organismos internacionales y mercados financieros. A esto se suma el riesgo de conflictividad social, especialmente si se aplican ajustes como reducción de subsidios o contención del gasto, lo que puede frenar reformas necesarias.

Finalmente, el contexto externo adverso (precios internacionales moderados, condiciones financieras más estrictas) limita el acceso a financiamiento y exportaciones, haciendo que el cumplimiento de metas dependa de variables que el país no controla directamente.

Conclusión

En síntesis, el PGE 2026 reformulado refleja un giro hacia un enfoque más realista y prudente frente a la compleja situación económica de Bolivia, corrigiendo el exceso de optimismo del presupuesto 2025, pero sin resolver los problemas estructurales de fondo. Si bien incorpora señales positivas como la reducción del déficit, el recorte de gastos innecesarios y la protección del gasto social, mantiene desequilibrios importantes, especialmente un déficit fiscal elevado y una fuerte dependencia de financiamiento. Las metas macroeconómicas son más coherentes con la realidad reciente, pero aún enfrentan riesgos significativos de incumplimiento debido a la recesión, la inflación persistente y la escasez de divisas.

En este contexto, el presupuesto actúa más como un instrumento de contención que de reactivación, lo que limita su capacidad para revertir la caída económica proyectada por organismos internacionales. Para que sea sostenible, se requieren reformas más profundas en subsidios, ingresos fiscales y generación de divisas, además de recuperar la confianza de inversionistas y acreedores.  En definitiva, el PGE 2026 es un avance en términos de sinceramiento macroeconómico, pero todavía insuficiente para garantizar estabilidad y crecimiento sostenido.

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