Galindo vuelve a hacer lo mismo en Santa Cruz: provocar donde sabe que puede hacerlo sin que la saquen a empujones como en la Universidad Pública de El Alto. Aquí hay micrófono, hay palestra y hay una sociedad que responde. Fuerte, sí. Pero sin violencia. Y justamente de eso se aprovecha.
Después intenta vender que la magnitud de la reacción prueba la “fuerza de su voz”. Pero esa lectura es tramposa. La viralidad no habla de ella, habla de nosotros: del apego real que hay con nuestras costumbres, del rechazo natural cuando alguien viene a agredir lo que se siente propio. Eso no es validación de su discurso, es defensa identitaria. Y ella lo resignifica a su favor.
Pero hay algo que le salió mal, y se nota. No le respondieron los intelectuales que ella quería. No hubo ese debate académico donde podía posar frente a “las élites intelectuales cruceñas” y caricaturizarlas como coloniales. No le dieron ese espacio. Y eso no fue cobardía, fue inteligencia: no entrar en su juego.
Quienes sí le respondieron fueron precisamente las mujeres que ella paternalmente dice representar. Mujeres indígenas, mujeres que se reconocen como tacanas, mujeres de eso que ella llama “clase popular”. Y le respondieron no para seguirle el libreto, sino para marcarle un límite: que se sienten orgullosas, que se sintieron agredidas y que no necesitan que nadie venga a tutelarlas ni a explicarles su identidad.
Ahí se le cae el discurso. Porque no son “élites” defendiéndose: son las propias mujeres a las que intenta reducir a objeto de su narrativa las que le dicen que no. Las mismas “colonizadas” defendiendo un proceso de apropiación cultural que no es pasivo ni impuesto, sino construido, asumido y transmitido por generaciones.
Y aun así insiste en que todo esto demuestra su potencia. No. Eso encaja mejor con lo que explicaba Lacan: la necesidad del Otro para sostenerse. Sin reacción, no hay escena. Sin escena, no hay personaje.
Por eso elige este lugar y nuestras costumbres, y no El Alto y sus polleras. Porque aquí la respuesta es verbal, es social, es simbólica. No es física. Y esa diferencia es la que hace posible su performance.
Romper un tipoy no le quita identidad a nadie. Las identidades no son tan frágiles. El problema es seguir alimentando el mecanismo: sobrerreaccionar, amplificar, indignarse en masa… y terminar dándole exactamente lo que busca: atención. Que la reflexión valga para nosotros mismos: no hay que darle el gusto.
Aunque, como nota tangencial, da gusto verla tan contrariada a ella —que pretendía contrariarnos a nosotros—, al punto de equivocarse en algo tan básico: afirmar que la mita fue una imposición colonial, cuando en realidad es una institución prehispánica del mundo andino que la colonia tomó y profundizó; ya que el sistema propiamente colonial fue la encomienda.
Porque ¡sí! En ese mismo mundo andino del que ella proviene —y que tanto reivindica en nombre de lo “ancestral”— también otrora hubo imposición, dominio, trabajo obligatorio y jerarquías de poder. No eran sociedades idílicas ni ajenas a la coerción.
Pero esas son cosas que ella omite en sus relatos.
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