El terror asociado a las guerras ha evolucionado drásticamente en los últimos siglos.
Hasta el siglo XX, los ejércitos se enfrentaban en los campos de batallas y el terror contra los civiles se limitaba a saqueos de los vencedores en los territorios ocupados.
La Gran Guerra (1914-1918) se combatió en las trincheras. Sin embargo, el famoso “Pariskanone”, disparando desde 120 km de distancia, sembró el pánico en Paris entre marzo y julio de 1918. Pese al impacto psicológico, el saldo fue de apenas 250 muertes civiles, debido a la escasa precisión balística de esa arma.
En la Segunda Guerra Mundial, el terror llegó desde el aire. Los bombarderos, que inicialmente atacaban instalaciones militares o infraestructura estratégica (puentes, ferrocarriles, industrias), terminaron por aterrorizar deliberadamente a la población civil, con el fin de socavar su moral y acelerar la rendición. Hacia el final del conflicto, los misiles alemanes de largo alcance V2 - pioneros de la carrera espacial - castigaron aleatoriamente a los barrios londinenses, mientras la aviación aliada arrasaba enteras ciudades, provocando miles de víctimas y destruyendo tesoros artísticos milenarios.
En las guerras actuales, el uso de drones y misiles de gran alcance y alta precisión permite elegir blancos específicos: un líder enemigo, una instalación militar o infraestructura civil de alto impacto en la población. En particular, tras la invasión rusa a Ucrania, mientras el frente terrestre se mantiene estancado desde hace cuatro años, el sector energético se ha convertido en el blanco predilecto de ambos bandos.
Rusia ha ejecutado campañas sistemáticas para destruir la red eléctrica de Ucrania bajo una estrategia de “terror energético”. Según datos del Organismo Internacional de Energía Atómica, más de 60.000 instalaciones energéticas han sido destruidas o dañadas desde el comienzo de la invasión, con intensidad creciente entre 2024 y 2026. Entre las plantas puestas fuera de servicio destacan la central nuclear de Zaporiyia (la mayor de Europa), así como la mayoría de las centrales térmicas e hidroeléctricas. El objetivo de Putin es doblegar a la población civil, privándola de luz, calefacción, agua y energía para sus industrias durante los crudos inviernos, cuando la temperatura baja hasta -20 °C. Actualmente en Ucrania los apagones son pan cotidiano, con la consiguiente crisis humanitaria que golpea principalmente a niños y ancianos, escuelas y hospitales.
La respuesta de Ucrania ha sido igualmente contundente, pero enfocada a la asfixia económica. Mediante oleadas de drones de largo alcance, Kiev ha golpeado la infraestructura petrolera que financia la maquinaria bélica rusa y los centros de abastecimiento del ejército ruso: refinerías, terminales de gas y petróleo, infraestructura eléctrica de las regiones fronterizas e incluso barcos y plataformas petroleras en el Mar Negro. Esta ofensiva ha logrado reducir la producción petrolera rusa en un 30%, siendo el factor principal tras el astronómico déficit de 72.000 millones de dólares en 2025, agravado por la inflación y las sanciones impuestas por Occidente.
En nuestro vecindario, vemos hoy como la población cubana, principalmente la más indefensa, sufre otra forma de terror energético, resultado del embargo impuesto por los EEUU y del fracaso de su régimen.
Después de la Gran Guerra se proscribió el uso de gases letales en los conflictos bélicos. Frente a las crisis humanitarias que provoca el terror energético, me pregunto si no se debería criminalizar también la privación a los civiles de luz y calor, tan esenciales para la vida como el aire que se respira.
De ese modo, tal vez, las guerras no tendrían razón de existir.
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