Cien días no cambian un país. Pero sí revelan si quien lo conduce entiende el tamaño del problema… o solo disfruta del aplauso inicial.
Rodrigo Paz cumplió este18 de febrero sus primeros 100 días en medio de una Bolivia cansada de promesas y experta en sobrevivir a decepciones. Hay señales alentadoras, muy cierto. Pero también sombras persistentes. Gobernar no es inaugurar bacheos; es desmontar todo lo que ha provocado la incertidumbre actual.
Pero hay algo curioso en estos primeros cien días de Rodrigo Paz: el 65% lo aprueba, según la encuesta de Ipsos-Ciesmori publicada el 3 de febrero. Lo insólito es que, quienes más lo defienden son precisamente quienes no votaron por él contra aquellos que sí lo hicieron. Solo en Bolivia estas paradojas tienen sentido. O quizás no tienen ninguno, pero las aceptamos con ese estoicismo que nos caracteriza, el mismo con el que aceptamos pagar tres bolivianos por el pasaje mientras los viáticos del Vice de Bs 20 mil siguen corriendo como si nada.
Y sí, hay cosas que han mejorado. El dólar se estabilizó, la polarización venenosa que el MAS construyó se ha ido diluyendo, y Rodrigo tiene más amigos que enemigos en un escenario donde prácticamente no hay oposición, salvo el perpetuo factor Lara: 100 días haciendo TikTok —que no creando—, porque, para crear, se necesita algo más que la boca. Por lo demás, nadie sabe qué más ha hecho en 100 días. Coincido con quien dice que el silencio de Rodrigo Paz ha sido el mejor antídoto contra los escupitajos venenosos de su Vice. Incluso es una actitud caballeresca.
En el plano internacional, ha demostrado presencia y capacidad. Sin polera de la selección, cosa que ya es digna de aplauso.
Sin embargo, aquí viene lo complicado: quitó el subsidio a los combustibles, pero enturbió la gasolina. Y esa turbiedad no es solo líquida, es estructural. Lo que acontece en YPFB y la ANH es el botón de muestra de que la corrupción sigue campante adentro, no solo sustrayendo lo ajeno, sino saboteando desde el intestino. Lo propio ocurre con la CNS, la Aduana, Migración, Policía. Es verdad que cuesta ‘ordenar’ o limpia la casa, más si la sala y los rincones apestan… o bajo la alfombra se oculta la podredumbre. Por eso, pretender limpiarla con servilleta cuando lo que necesita es bombril, Baygón, creolina, ácido, raticida, es demasiada ingenuidad. Cualquier ciudadano de a pie se pregunta: ¿quién los protege? YPFB sigue siendo la caja chica del sindicalismo, de los bonos insustanciales, de los desembolsos millonarios en cuentas personales, de las pegas compradas.
Recuperar lo robado. La maña del enriquecimiento ilícito de anotar los bienes a nombre de terceros hay que extirparla de raíz. Ahí debe entrar con todo el rigor de la ley y la verdad la Procuraduría General del Estado, para recuperar lo que es de todos. En China no solo se recupera lo hurtado, tiene pena capital. Bien ahí que se prolongue el tiempo de no salida del país de autoridades o funcionarios de alto rango, hasta que demuestren que no se han apropiado delictivamente de recursos públicos. Ojalá la Comisión de la Verdad investigue de verdad.
Rodrigo denuncia sabotajes, pero críticos señalan que el verdadero sabotaje es mantener intacto el aparato que prometió desmontar. Es complicado controlar un entorno traicionero.
¿Cómo descomponer una estructura corrupta hasta la médula si se mantiene en los cargos estratégicos a los mismos corruptos de siempre que drenaron el Estado como les dio la gana durante décadas? Un claro ejemplo es el caso de la directora de la ANH: diez años callada, viendo lo que se robaban sin estupor alguno. Según ella, no podía decir nada. Según ella, su silencio es una virtud.
El Estado tranca sigue tranco. El gasto público sigue siendo el mismo que desangra las arcas del Estado. No hubo eliminación de funcionarios supernumerarios e incluso así siguen las colas eternas, sigue la burocracia. Ese aparato estatal que devora todo permanece casi intacto.
Mientras tanto, urge la Ley Antibloqueo, porque vivimos en modo alerta, con el Jesús en la boca, temiendo que en cualquier momento algún sindicatero anuncie el corte de calles o carreteras. Y así no se puede vivir.
Aún hay tiempo. Cien días no definen un destino, pero sí exigen coherencia. Si Rodrigo Paz quiere pasar de la promesa a la transformación, deberá animarse a tocar intereses que nadie quiso tocar. Gobernar no es agradar; es corregir.
Bolivia no necesita un hada madrina que le solucione sus problemas. Necesita liderazgo, carácter, firmeza con ética y decisiones que develen a quienes viven del desorden y del delito.
Si logra desmontar la corrupción enquistada y modernizar el Estado sin titubeos, estos primeros 100 días serán recordados no como un ensayo general, sino como el prólogo de una nueva etapa.
El país ya dio una señal de confianza. Ahora le toca al Gobierno demostrar que la esperanza no fue un salto al vacío, sino una decisión acertada.
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