La crisis de la Asamblea Legislativa no ha sido superada con el cambio político reciente. Solo ha sufrido algunos matices que reafirman los problemas que arrastra desde la crispación del sistema político. Las organizaciones partidarias nunca asimilaron el terremoto político de diciembre de 2006 y tampoco se prepararon para un nuevo periodo político, a pesar de que diferentes dirigentes lo anhelaban, y fueron sorprendidas con los resultados electorales de los comicios de agosto y octubre de 2025.
Así, en los 100 días de gestión, el nuevo Parlamento ha llamado la atención por los problemas internos de las diferentes organizaciones políticas representadas, por las réplicas de la crisis entre los primeros mandatarios, ausencia de iniciativa legislativa, salvo algunas que cuestionan precisamente la falta de trabajo y eficiencia de los diputados y senadores.
El crítico estado de la Asamblea Legislativa tiene dos facetas: una es la expresión de la crisis de los liderazgos y proyectos políticos que, en más de 20 años, no pudieron aterrizar en una propuesta política, que tenga visión de país, estructura orgánica, democracia interna, presencia territorial y, principalmente, líderes sin complejo de Adán.
Y en esta columna casi muy poco se puede pedir a diputados y senadores que llegaron al Legislativo bajo la sombra del caudillo, afectados por las prácticas corroídas para lograr un escaño. sometidos a discrepancias internas y con un escaso margen para un desempeño personal particular. Las escasas excepciones confirman el estado de las cosas en la llamada Asamblea.
Sin embargo, los actuales legisladores sí pueden contribuir a una reestructuración del desempeño de este órgano del estado plurinacional, algo que podría ser bien visto por la ciudadanía y la opinión pública. El presidente nato de la Asamblea, el titular del Senado y el de Diputados tienen las facultades para mejorar la deteriorada imagen del Legislativo. Y basta con voluntad política para empezar a tomar cartas en el Asunto.
Veamos: La transparencia puede ser cultivada con la incorporación de tecnología para que la población conozca en línea quiénes son los senadores y diputados que asisten a las sesiones, al trabajo de comisiones y otras tareas. Es decir, así se podrá saber quiénes se burlan del país.
Otra medida para acentuar la transparencia sería aplicar el voto nominal en línea, de tal forma que se reducen las posibilidades de los tan comentados maletines negros.
La iniciativa legislativa debería ser reconocida por el Estado y por el país. Aquellos proyectos de ley que contribuyan a un mejor país, desde la economía, la justicia, la democracia, la institucionalidad, la educación o para la naturaleza, podrían llevar el nombre de su proponente. Por ejemplo, si hubiera un proyecto que contribuya a aliviar la crisis judicial o haga expeditos algunos trámites, la ciudadanía estaría agradecida con su proyectista.
Desde la Asamblea también se puede contribuir a la recuperación de la institucionalidad y a la lucha contra la corrupción. Sin embargo, esos cambios sólo serán posibles si los legisladores asumen que, si no impulsan la reestructuración de la Asamblea, el descrédito los terminará por consumir.
Dichas y otras medidas que empiezan a discutirse podrían tener lugar en un nuevo Reglamento de Debates. Solo depende de los parlamentarios.
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