Esté donde esté, más que la persecución del Gobierno o la DEA, a Evo Morales lo persigue su conciencia. Esa que —como recordaba Viktor Frankl en «El hombre en busca de sentido»— certifica la verdad de lo vivido, incluso cuando uno decide ignorarla. Y es que la conciencia, más que juez, es testigo.
Morales fue, durante años, presencia absoluta: voz que ordenaba, voz que se cumplía en el acto, símbolo que convocaba adhesiones y odios con la misma intensidad. Hubo un tiempo en que bastaba pronunciar su nombre para que el país contuviera el aliento e hiciera temblar la cordillera. Hoy, en cambio, lo que más resuena es su ausencia, su ocultamiento. Una ausencia sentida, si se quiere, pero también teatral, casi irritante, que intenta flotar como tabla de náufrago en un mar que ya no le pertenece.
Desde su desaparición, hace más de dos semanas, el entorno ha tejido explicaciones tan variadas como chistosas: dengue, mosquitos, baja médica, buen recaudo, firme en algún recodo difuso de «la Patria grande». Todo menos una verdad. Y cuando un ‘líder’ necesita esconderse para sobrevivir, deja de serlo: empieza a convertirse en desertor. Por eso el ocultamiento, la huida, la evasión, el escape. La desaparición. La evaporación.
Lo revelador no es que Evo no esté, sino lo que provoca su no estar. Se ha convertido en un caudillo escondido entre la maleza, entre los cocales y los palosantos del trópico, reducido a su fortín cocalero, protegido por fanáticos sindicales como un señor feudal fuera de época.
O quizás ya esté fuera de la Patria que decía amar, esa que hacía gritar a otros «¡Patria o muerte!», pero él huía a México. O quizás sea cierto de que ya echó vuelo de nuevo y ahora mismo se encuentra en algún territorio sombrío donde subiste el socialismo del Siglo XXI.
Como sea y dondequiera que esté, tal vez esté cumpliendo su destino. «Quien gobierna al margen de la ley, termina escondiéndose de ella», expresaba un editorial de El Día. Evo no solo menospreció la Ley. La pisoteó. Esa actitud es lo que hoy lo encadena, lo persigue.
Cómo olvidar su propia frase emblemática: «Quien huye es un delincuente confeso». Quizá ahí se sintetiza toda su tragedia, no precisamente como tragedia griega, sino al mejor estilo boliviano, donde todo vuelve, todo gira, todo se torna un ciclo. Peor en política. Vuelve en forma de karma, destino, estrella, designio, suerte, castigo. Llámele como quiera. Vuelve.
El miedo ha hecho presa de Evo. Anda agazapado, como huyendo de su propia sombra. Atrapado en la paradoja de quien buscó seguridad en otros porque ya no pudo consigo mismo. Pero, como advertía Nietzsche, alguien que confía su seguridad en otros, la pierde. Ayer nomás su otrora escudero, Andrónico Rodríguez, denunciaba que dirigentes de la Seis Federaciones del Trópico han comenzado a cobrar 500 bolivianos de multa a los que se resistina a cuidar a Evo en Lauca Ñ. Es señal de que no hay lugar seguro en el mundo, más aún para quien le teme incluso a la imagen de su propio espejo. Como Maduro, que jugaba a estar seguro, y hoy su resguardo es más poderoso de lo que él nunca imaginaba. Queda entonces para Evo una nostalgia amarga: la de quien pudo ser y no fue, la de un caudillo que terminó escondiéndose incluso de sus propios gestos.
Es cierto que tiene aún satélites políticos que giran a su alrededor, creyéndolo un dios, pero un dios frágil, de goma, que se doblega ante las circunstancias. Evo tiene miedo. Ya no sonríe. Ya no habla en RKC. Ya no juega al fútbol.
Queda el eco de una voz que ya no manda, solo clama. Ni siquiera a través de su propio acento, sino de otros. Es triste observar cómo un símbolo que alguna vez fue esperanza de miles se evapora. Alguien que pudo ser historia, pero eligió ser escondite.
Duele admitir que el destino que hoy cumple es el que él mismo labró. Lo certifica la historia misma: el camino del poder absoluto suele desembocar en la soledad absoluta.
El poder es una marea que, así como se eleva, se retira dejando al desnudo las piedras del fondo. Hoy, la figura de Evo Morales no navega: flota como la tabla de un náufrago, asida desesperadamente para no hundirse en el olvido.
Su destino, al parecer, ya no es gobernar ni influir. Es ocultarse. O huir, correr errante, como Caín. Y eso, tristemente, también es una forma de justicia.
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